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Cuando Kant escribió en 1795 su satírico ensayo filosófico ‘Hacia la paz perpetua’, parodiando los tratados de paz, a los que considera meros armisticios cuya misión era prepararse para el siguiente conflicto bélico, su conclusión era nítida. La ética solo puede proclamar un indiscutible “No a la guerra”. Remedando el estilo de los cuerpos diplomáticos, Kant señala cosas tales como que los ejércitos permanentes deben desaparecer con el tiempo, aunque solo países como Costa Rica hayan abolido su armada. De igual forma, temía que se formasen Estados gigantescos cuyo tamaño y poderío militar les hiciera romper las reglas del juego, despreciando unas normas jurídicas que habría de custodiar una federación internacional para dirimir pacíficamente cualquier conflicto entre naciones.
Las guerras de religión parecían cosa del pasado. Algo tan remoto como las cruzadas o la Guerra de los Cien Años
Pese a ser muy pesimista con respecto a la naturaleza humana, Kant procuró ser optimista en lo tocante a nuestro progreso moral, que dicho sea de paso consideraba casi antitético a los avances tecnológicos, puesto que con ellos aumentaría la tentación de instrumentalizar a las personas y comercializarlo absolutamente todo. Su esperanza era el respeto que se mostraba hacia el derecho, ese invento que impone coercitivamente los dictados de la moralidad, los cuales para merecer ese nombre han de ser autónomos. Kant no vio cómo su Kònigsberg natal fue borrada del mapa durante la Segunda Guerra Mundial y, aunque hubiese aplaudido que se le invocara como inspiración de la ONU, ahora quedaría desolado por el absoluto desprecio que algunos mandatarios profesan al derecho internacional.
La ética y la guerra son algo incompatible, por mucho que mi colega Enrique Bonete pretenda hacer incidir a la primera en los conflictos bélicos. En cambio, las religiones monoteístas parecen no rehuirlos, aun cuando sus principios los aborrezcan. Yahvé manifiesta un carácter iracundo que destruye Sodoma y Gomorra o lanza terribles plagas contra Egipto, tras expulsar del Edén a sus primeros moradores por intentar tener un acceso a la sabiduría, castigando ese pecado con todo tipo de sufrimientos. Por no hablar del castigo infligido a Lucifer por querer parecérsele demasiado. Además, tiene a un pueblo elegido que reclama su tierra prometida con la incontestable fuerza de las armas y coloniza los territorios vecinos por derecho divino. Netanyahu no deja de ser un teócrata cuyo poder político se basa en mandatos divinos.
Estados Unidos además de tener su propia guerra civil, exterminó a los pueblos autóctonos, ha tutelado cambios de régimen por doquier y es el único país que ha lanzado un par de bombas atómicas
Todo esto lo hace desde sus orígenes la República islámica de los ayatolás instaurada en Irán. En este caso es Alá quien decreta la guerra santa y el exterminio de los infieles. Imponiendo un régimen autoritario y carente de libertades a quienes habitan en sus dominios, al margen de cualquier pueda ser su ideario político. Si el cristianismo institucionalizado heredó el Imperio Romano de Occidente, otro tanto hicieron los otomanos con el mundo bizantino, partiendo en dos el mundo que llegaron a regentar los Césares de Roma. Obviamente, luego se han dado configuraciones establecidas por el poder de turno y así por ejemplo Persia se convirtió en Irán hace medio siglo. El mejor aliado de Israel en la zona pasó a ser su mayor enemigo, dando pie a la terrible guerra que ha iniciado Israel con el decisivo respaldo de los Estados Unidos.
Se diría que Trump no pinta nada en este planteamiento, si no fuera por las escenas que se dan en el Despacho Oval, donde unos fanáticos evangelistas le adoran como si fuera un Mesías. Les une su acendrado culto al dinero, que a decir verdad parece ser su mayor divinidad. Trump juega con la guerra muy atento a las variaciones bursátiles, mientas que a Netanyahu le interesa más bien reponer en el trono al hijo del derrocado Sha de Persia. Han iniciado un terrible conflicto bélico sin tan siquiera compartir los mismos objetos. Es lamentable que lo predicado por la figura de Jesús en el Nuevo Testamento se malverse con tanta maldad. Hace cinco años Norteamérica decidió abandonar a su fatídica suerte al pueblo afgano, porque no les interesaba continuar allí, pese a tratarse de un régimen totalitario que también es misógino y considera que la mujer está muy por debajo del hombre. Aunque bien pensado, esto tampoco podría preocuparle demasiado a Trump.
Las guerras de religión parecían cosa del pasado. Algo tan remoto como las cruzadas o la Guerra de los Cien Años. Porque para colmo dentro de las propias religiones monoteístas ha habido escisiones cruentas, que han generado violencias como la Matanza de San Bartolomé o los autos de fe organizados por la Santa Inquisición, por ceñirnos al cristianismo y no mencionar a las variantes mahometanas o judías.
Dada su desgraciada experiencia en estas lides bélicas, Europa debería oponerse contundentemente a esta guerra, sin aceptar las cortadas de guerra defensiva o ajusticiamiento de tenebrosos autócratas totalitarios. Con esta vara de medir, cualquier que pueda imponer su criterio por la fuerza se verá habilitado para hacerlo, dando pie a un carrusel de violenta barbarie sin límites, aniquilándose con ello las metas conquistadas muy trabajosamente por la ética y la filosofía del derecho. Estados Unidos cumple un cuarto de milenio con un palmarés asombroso. Además de tener su propia guerra civil, exterminó a los pueblos autóctonos, ha tutelado cambios de régimen por doquier y es el único país que ha lanzado un par de bombas atómicas, como si no hubiese bastado con la primera.
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