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Dos naufragios españoles del siglo XVII revelan un capítulo desconocido del comercio entre Asia y América

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Durante más de dos siglos, decenas de galeones surcaron el océano más vasto del planeta cargados de plata, seda y porcelana. Pocos saben que, en su ruta entre Manila y Acapulco, estos barcos rozaban un archipiélago diminuto y decisivo: las Islas Marianas del Norte. Allí, el oro, el hierro y la fe cristiana chocaron con una cultura indígena que llevaba miles de años dominando el mar.

Dos naufragios, ocurridos con cuatro décadas de diferencia, concentran buena parte de lo que sabemos sobre aquel cruce de caminos entre dos mundos. La Santa Margarita, en 1601, y la Nuestra Señora de la Concepción, en 1638, se hundieron frente a las costas de Rota y Saipán respectivamente, dejando tras de sí un reguero de objetos, testimonios y leyendas que aún hoy perduran en la memoria oral chamorra.

Una reciente investigación publicada en el Journal of Maritime Archaeology recupera este capítulo desconocido de la historia colonial. El estudio, firmado por Jennifer McKinnon, Aleck Tan y Jason Raupp, explora el potencial arqueológico de un patrimonio que, pese a su riqueza, apenas se ha excavado de forma sistemática.

En la ruta marítima que conectaba Manila con Acapulco, los galeones rozaban un archipiélago diminuto, pero decisivo en el comercio: las Islas Marianas del Norte.

Ruta comercial de los galeones españoles
Ruta comercial de los galeones españoles. Fuente: Aleck Tan

Un puente comercial entre Asia y América

En 1565, España estableció una ruta comercial entre Manila y Acapulco que duraría 250 años. Manila ofrecía mano de obra barata y acceso directo a las redes asiáticas de comercio, algo que México nunca pudo igualar. Desde allí partían sedas, especias y porcelanas chinas hacia los mercados americanos y europeos.

Situadas a medio camino, Las Marianas se convirtieron en una estación de aprovisionamiento estratégica. Los galeones que cruzaban el Pacífico necesitaban agua, alimentos frescos e incluso reparar las naves. El pueblo chamorro proporcionaba todos estos recursos siguiendo sus propias costumbres de intercambio, conocidas como chenchule’.

Aquel primer contacto, sin embargo, pronto derivó en una serie de malentendidos. Los españoles interpretaron las prácticas chamorras de reciprocidad como una suerte de hurto, lo que dio origen al infame nombre de «Islas de los Ladrones» para referirse a Las Marianas. La desconfianza mutua se convirtió así en un factor que marcó las décadas siguientes de la relación colonial.

Los galeones que cruzaban el Pacífico necesitaban agua, alimentos frescos e incluso reparar las naves. Todo ello lo encontraban en las poblaciones que habitaban las islas.

Galeones de la Armada Española
Galeones de la Armada Española. Fuente: Wikimedia

El hierro, el objeto más codiciado del Pacífico

Para la comunidad chamorra, el hierro tenía un valor casi sagrado. Según los testimonios de los supervivientes de los naufragios, relataron cómo los isleños se lanzaban al mar para recuperar piezas metálicas arrojadas desde los barcos, incluso a más de 200 brazas de profundidad. Este metal se utilizaba posteriormente para fabricar anzuelos, cuchillos y azuelas para las embarcaciones.

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La llegada de los misioneros jesuitas, en 1668, transformó radicalmente las dinámicas insulares. El padre Diego Luis de San Vitores impulsó la «reducción», un proceso de reasentamiento forzoso que concentró a la población chamorra en núcleos urbanos controlados por la Iglesia. Este desplazamiento rompió los vínculos ancestrales que mantenían con la tierra y con los antepasados enterrados bajo las viviendas tradicionales. La resistencia armada no tardó en estallar: fue el comienzo de las llamadas Guerras Hispano-Chamorras, tres décadas de conflicto intermitente que costaron la vida a más de un centenar de isleños.

Las relaciones entre los españoles y los nativos no fueron fáciles. . Los españoles interpretaron las prácticas chamorras de reciprocidad como una suerte de hurto, lo que dio origen al infame nombre de «Islas de los Ladrones».

Cerámica de uno de los pecios
Cerámica de uno de los pecios. Fuente: Jim Pruitt, CNMI HPO, 2019

Dos naufragios, dos historias de supervivencia

La nave de Santa Margarita zarpó de Cavite en julio de 1600 con 300 personas a bordo. Tras meses de tormentas, llegó a Rota con apenas 40 supervivientes a bordo. El barco, sin timón ni velas funcionales, terminó hundiéndose pocos días después de fondear.

Casi cuarenta años después, la Concepción, uno de los galeones más grandes de la ruta, con un desplazamiento de 2.000 toneladas, naufragó frente a Saipán tras perder sus mástiles en una tormenta. Llevaba una carga valorada en cuatro millones de pesos: duplicaba el valor habitual para una embarcación de su tamaño.

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Ambos pecios se explotaron comercialmente durante el siglo XX. La empresa Pacific Sea Resources recuperó de la Concepción más de 1.300 piezas de joyería de oro y 150 tinajas intactas, mientras que la firma IOTA Partners se ocupó del pecio Santa Margarita hasta que las infracciones ambientales cometidas le valieron la suspensión del permiso en 2006.

Un nuevo estudio de la revista Journal of Maritime Archaeology propone una exploración más rigurosa de los pecios y el patrimonio español en las Marianas para corregir narrativas incompletas o capciosas.

Lo que el mar todavía guarda

De los aproximadamente 59 naufragios de galeones de Manila que se conocen, solo siete se han identificado y estudiado en profundidad. De ellos, tres se localizan en las Marianas, lo que convierte a este archipiélago en un laboratorio arqueológico de enorme interés científico.

Los investigadores señalan que la prioridad comercial de los intentos de recuperación anteriores dejó sin resolver algunas preguntas fundamentales sobre la economía local, el comercio interisleño y la construcción naval colonial. Apenas se ha explorado el papel de las comunidades carolinas, filipinas y chamorras en la circulación de bienes dentro del propio archipiélago.

Por suerte, la memoria oral conserva fragmentos valiosísimos de esta historia. En Rota, por ejemplo, existe un punto de la costa noroeste llamado I Batku («el barco») que sigue evocando entre los habitantes locales el naufragio de antaño. Algunas leyendas sobre el reparto de objetos recuperados del mar, por su parte, continúan transmitiéndose de generación en generación.

Las Islas Marianas del Norte
Las Islas Marianas del Norte. Fuente: Aleck Tan

Una historia compartida pendiente de ser contada

El equipo de investigación defiende que una exploración más rigurosa del patrimonio español en las Marianas podría servir no para glorificar la conquista, sino para corregir narrativas incompletas. Durante siglos, los relatos sobre este periodo se construyeron casi exclusivamente desde la perspectiva europea mientras se dejando en segundo plano las voces chamorra y carolina.

Recuperar este patrimonio submarino y terrestre permitiría comprender mejor cómo las comunidades indígenas resistieron, negociaron y se transformaron durante más de dos siglos de presencia colonial. De este modo, la arqueología, lejos de ser un mero ejercicio académico, ofrece una vía para reconciliar la memoria con la evidencia material en un territorio donde aún queda mucho por hacer.

Referencias

McKinnon, J. F., Tan, A., & Raupp, J. 2026. «Potential for Ibero-Pacific Archaeology and the Manila Galleon Trade in the Northern Mariana Islands». Journal of Maritime Archaeology, 21:26. DOI: https://doi.org/10.1007/s11457-026-09519-0


Fuente:

muyinteresante.okdiario.com

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