«Gracias por tanto miedo acumulado», le dijo Luis Francisco Esplá a Victorino Martín durante su reciente homenaje en Las Ventas con motivo de su cincuenta aniversario de alternativa. Y en torno a esa efeméride ha girado la Feria de Hogueras, con el maestro como … protagonista de la cartelería. Por fin un torero tuvo el detalle de brindarle: El Cid. De especialista a especialista en los cárdenos de las Tiesas. Aquella jindama de la que hablaba Esplá la sintió en banderillas Caricol, al que Medianejo tomó las medidas mientras cogía el olivo. En los medios planteó su faena Manuel Jesús: a izquierdas, dejó media muleta muerta, a rastras, y se abandonó en unos derechazos para deletrear después unos naturales. Cosió otra serie en redondo, trazó un dibujo rodilla en tierra y cinceló un pase de pecho de cabo a rabo. Muy a gusto se le vio al de Salteras con este buen y entipado toro de una victorinada de extraordinario juego: los seis bravos embistieron, cinco de ellos con enorme fijeza, nobleza y entrega.
Tras la merienda, El Cid, con su más de medio siglo a cuestas, enseñó a sus compañeros el arte de torear a un victorino, una lección de distancias, de terrenos y de alturas. En el espacio largo citó a este Orador, con trapío para este escenario y a más en sus manos, que tan fenomenalmente entienden este encaste, perfecto técnicamente, con ese sabor añejo que tanto cala en la afición. Al ralentí bendijo la embestida zurda, con los naturales de mayor poso. Crecido, desempolvó el adorno del manillar y se entretuvo luego en unos derechazos con el ritmo de lo clásico. «¡Es el Cid Campeador, es el Cid Campeador!», gritaban. Por la tizona temían sus partidarios, pero sorprendió con un espadazo a cámara lenta, que ya valía un trofeo. Dos cortó con todo merecimiento.
A una corrida de Victorino se apuntó por primera vez la figura de la tierra, Manzanares. Una dura prueba para el alicantino: no es lo mismo un victorino que, pongamos, uno del Puerto, ganadería a la que pertenecían los sobreros. La mente recordó entonces la reflexión de Esplá: «Cuando te asomas al David de Miguel Ángel, la gente ve lo bonito, pero no tiene en consideración que está hecho en mármol. No es lo mismo una terracota, que puede moldearse de forma casi infantil, que el mármol, que no permite errores. Eso pasa con el toro». Y más aún con los de la A coronada. Se perdieron en la fila 9 los inicios del segundo por la dejadez de los acomodadores: tres sentados y otro a verlas venir mientras en la fila 8 discutían por un sitio u otro. Cuando se bajó la pantalla que tapaba la visión, las retinas se toparon con unos bonitos naturales de Manzanares al guapo Bolsico. No hubo el mismo entendimiento por el otro pitón, con más pausas que templanza. Cómo sería de profundo el izquierdo que regresó a una muñeca que estila menos, pero por donde dibujó lo más notable. Meritísima la estocada recibiendo, algo contraria, pasaporte a la oreja.
Buena su imagen en el quinto, un animal con fijeza y obediencia pero exigente, con esa manera de revolverse en el de pecho. Con raza de figura, hizo un esfuerzo José Mari en una entonada y centrada labor, con momentos muy loables. El acero le privó de salir a hombros tras su gesto.
Plaza de toros de Alicante
Miércoles, 24 de junio de 2026. Sexto festejo. Alrededor de tres cuartos de entrada. Toros de Victorino Martín, desiguales y de estupendo juego, bravos, con casta, clase, nobleza y fijeza; más duro y difícil el cinqueño 6º.
El Cid,
de verde hoja y oro: pinchazo sin soltar y media (saludos tras aviso); gran estocada (dos orejas).
José María Manzanares,
de burdeos y azabache: gran estocada recibiendo contraria (oreja); pinchazo, media tendida y dos descabellos (saludos tras aviso).
Manuel Escribano,
de lila y oro: cuatro pinchazos y se echa (saludos tras dos avisos); estocada defectuosa (dos orejas).
Otra vez un hoyo del redondel puso en apuros a un torero. Providencial la intervención de El Cid, no solo por el quite, sino por su manera de lidiarlo por abajo y enseñar la grandeza de este victorino, un zapato. Escribano, que lo había saludado con una larga cambiada, dedicó a Esplá su espectáculo rehiletero, con un colosal par al quiebro por dentro en la puerta de chiqueros. Una cariñosa segunda dedicatoria hubo para Manzanares. Qué humillación, fijeza y nobleza la de este tercero, con tanta clase y entrega que hasta se dormía en los despaciosos naturales del torero de Gerena, sin terminar de cuajar al bravo Matalunas. La espada estropeó todo después de un ligero runrún de indulto. Pinchó y cayeron dos avisos a la par que estallaba una traca. Con la vuelta al ruedo en el arrastre fue distinguido el victorino.
Con el orgullo herido, buscó el triunfo en el serio sexto, por encima del trapío de esta plaza. Lo recibió a portagayola y encadenó arrebatadas verónicas en medio de la locura de los tendidos, puestos en pie con los palos. Medía y sabía lo que se dejaba detrás Plazuelo, al que se le notaba su edad. Entregado Escribano, que, pese a su firmeza, tenía que andar ágil de piernas con el toro más complicado, un victorino de pasar ese miedo del que hablaba Esplá. Se tragó la muerte el cinqueño, al que cortó las dos orejas que lo aupaban en volandas con El Cid en una tarde de bravura y felicidad.
Fuente:
www.abc.es



