Tragó Morante lo que no está escrito con Madrugador, un toro de Santiago Domecq nada claro, que se vencía especialmente por el izquierdo, con soniquetes de exigencia e incluso de enfermería. Tremendo el esfuerzo de José Antonio, un hombre cercano al medio siglo que expuso … como si de Madrugador dependiera su temporada. Bien de verdad el maestro desde su lidia inicial hasta las cuatro verónicas entre las rayas, toreando con todo. Nada al lado del quite por chicuelinas, levitando con un compás que enamoraba. Había empujado con un solo pitón este castaño en un larguísimo puyazo y fue lidiado eficazmente en banderillas por Fernando del Toro, el hombre de plata al que el sevillano se agarraba cuando enterró un espadazo de libro mientras aguardaba la muerte del toro. Aquella estocada valía ya la oreja: por mucho menos se han cortado dos en esta amabilísima feria. Pero es que, además, el de La Puebla toreó. Maravilló ya en la apertura por ayudados, exponiendo en esa firma zurda por el pitón que se dirigía directo al cuerpo; lo cosió en redondo, con un trincherazo monumental, y se jugó la femoral en el cambio a otra mano. Su perfección técnica se superó con esa última tanda de toque y zapatillazo, y perdón por el ‘azo’, que todo reunió armonía y firmeza ante un Madrugador que se violentaba en cuanto tocaba los engaños. Rácano se antojó el premio en comparación con lo visto otros días.
Hora y media después del paseíllo, Juan José Domínguez indicaba al de la manguera dónde regar. Se pasó el hombre en terreno de capotes y salió el propio Morante a dar instrucciones. Peinaban el redondel los areneros con el rastrillo mientras el público se cepillaba las bandejas de la merendola. Casi se atraganta mi vecino de atrás en los delantales: qué cerca se pasó a Duermevela. Ni el aire cabía. Subieron de decibelios los oles, a boca llena aún. Hasta el Concorde llegaban. A punto estuvo de perder pie Domínguez en la misma zona que Jiménez el día anterior. A lo Luis Miguel, en las tablas, arrancó el de La Puebla su obra. Majestuoso y reunido. Sonreía Morante, que se asentó entre las rayas al natural y con naturalidad, que no siempre van de la mano. Se descalzó en aquella playa para ofrecer el pecho, para ofrecer el mundo entero. Rendida Alicante mientras el genio se arrebataba y esculpía dos molinetes rodilla en tierra. Siguió el ayudado por alto, siguió la torería… Y encadenó unas manoletinas arreboladísimas, con un encaje bestial. Pura genialidad su faena, en la que sacó a pasear su arte. Único e inimitable. A punto estuvo de caerse en la hora final y pinchó antes de la estocada. Una explosión de pañuelos pidió las dos orejas, con fuerza atronadora, pero el palco se puso más serio que nunca y lo dejó solo en una. La puerta grande, una puerta grande de verdad, ya era suya, aunque luego se marchase a pie… Calló Morante los gritos contra Pedro Sánchez y allí el único nombre que se coreaba era uno solo: «¡Jo-sé-An-to-nio!»
Con qué entrega respondió Comunero, un toro fino y con cuello, cuando Talavante lo apretó por abajo en la serie más maciza de un conjunto liviano, con cositas bellas, como un cambio de mano de cartel. Se desmonteró Ambel en el gran quinto, bien lidiado por Montes. Prometía el bravo animal y Talavante caldeó el ambiente de rodillas mientras Revolucionario repetía y repetía con profundidad. Se creció Alejandro en unos naturales, engarzados a la derecha sin ayuda, y cosió por ese lado una emocionante serie mientras el de Domecq planeaba. Cuando los aficionados soñaban con ver otra vez la zocata, el extremeño recurrió a las bernadinas, con una santacrucina, y se quedaron sin ver otra serie con su muñeca dorada. Escarbó Revolucionario cuando lo cuadraba para matar: hizo guardia la espada y tuvo que descabellar. Pero esta vez el mismo presidente que negó el pan y la sal a Morante, sí concedió dos generosas orejas a Talavante, pese a no cuajar del todo al excepcional ejemplar. Con una rácana ovación se arrastró Revolucionario, merecedor de una vuelta al ruedo.
Plaza de toros de Alicante
Martes, 23 de junio de 2026. Quinto festejo. Tres cuartos de entrada. Toros de Santiago Domecq, de aparente presencia y bravo juego en general, la corrida de la feria.
Morante de la Puebla,
de azul pavo y oro: estoconazo (oreja); pinchazo y estocada desprendida (oreja con fortísima petición de otra).
Alejandro Talavante,
de noche y oro: media tendida y descabello (saludos); estocada que hace guardia y descabello (dos orejas tras aviso).
Juan Ortega,
de visón y oro: pinchazo y estocada caída (saludos); pinchazo y estocada (oreja).
Puro arrebato el saludo de Juan Ortega al agradable (de presencia) y bravo tercero, que como todos los toros bravos no fue facilón. Embestía con casta y nunca perdió su bendita fijeza, pero al de Triana le costó trabajo encontrar el acople con Sindicalista, sin terminar de soltar el muletazo, pese a dejar detalles de su torerísima estética. Apasionada la bienvenida al sexto, por verónicas y tafalleras. Menudo toro era Malduerme, al que abrió los caminos por abajo, con torería. Mira que torea fenomenalmente Ortega, con ese concepto que cabalga sobre la pureza, pero hubo muchos altibajos y la faena careció de limpieza. Malduerme pedía más espacio. Y sin él nos quedamos en la crónica, la de la gloria de Santiago Domecq y Morante, aunque solo cruzase la puerta grande Talavante tras mosquearse el de La Puebla, como comentaban en el callejón, por la doble vara de medir del caprichoso palco. Claro que los aficionados (ni Alejandro) tenían la culpa y se quedaron con las ganas de aupar por la puerta grande al genio.
Fuente:
www.abc.es



