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El arte descalzo y arrebatado de Morante se niega a salir a hombros

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Tragó Morante lo que no está escrito con Madrugador, un toro de Santiago Domecq nada claro, que se vencía especialmente por el izquierdo, con soniquetes de exigencia e incluso de enfermería. Tremendo el esfuerzo de José Antonio, un hombre cercano al medio siglo que expuso como si de Madrugador dependiera su temporada. Bien de verdad el maestro desde su lidia inicial hasta las cuatro verónicas entre las rayas, toreando con todo. Nada al lado del quite por chicuelinas, levitando con un compás que enamoraba. Había empujado con un solo pitón este castaño en un larguísimo puyazo y fue lidiado eficazmente en banderillas por Fernando del Toro, el hombre de plata al que el sevillano se agarraba cuando enterró un espadazo de libro mientras aguardaba la muerte del toro. Aquella estocada valía ya la oreja: por mucho menos se han cortado dos en esta amabilísima feria. Pero es que, además, el de La Puebla toreó. Maravilló ya en la apertura por ayudados, exponiendo en esa firma zurda por el pitón que se dirigía directo al cuerpo; lo cosió en redondo, con un trincherazo monumental, y se jugó la femoral en el cambio a otra mano. Su perfección técnica se superó con esa última tanda de toque y zapatillazo, y perdón por el ‘azo’, que todo reunió armonía y firmeza ante un Madrugador que se violentaba en cuanto tocaba los engaños. Rácano se antojó el premio en comparación con lo visto otros días.


Fuente:

www.abc.es

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