Ayer domingo se cumplieron setenta y cinco años de una de esas tardes que terminaron cambiando la historia del toreo. El 28 de junio de 1951, un joven rondeño de apenas diecinueve años cruzaba el patio de cuadrillas de Las Ventas para recibir la … alternativa de manos de Julio Aparicio y con Litri como testigo. Hasta entonces, la ceremonia de la alternativa quedaba reservada únicamente al padrino, pero la enorme expectación que había despertado el doctorado de Antonio Ordóñez hizo que todos quisieran estar presentes en aquella fotografía histórica. Desde aquel día comenzó a consolidarse la figura del testigo en el ceremonial de la alternativa, tal y como hoy se conoce. Aquel día nacía oficialmente matador de toros Antonio Ordóñez. Con el paso de los años nacería también el maestro, el hombre que acabaría convirtiendo su apellido en una manera de entender el toreo.
Porque Antonio Ordóñez no pertenece únicamente a la historia del toreo. Pertenece a la memoria sentimental de la Fiesta. A esa reducida nómina de toreros que dejaron de ser figuras para convertirse en referencia. Han pasado tres cuartos de siglo de aquella tarde madrileña y todavía hoy su nombre sigue pronunciándose con el respeto que se reserva a quienes marcaron una época.
Ronda fue siempre su principio y también su destino. Hijo de Cayetano Ordóñez ‘Niño de la Palma’, Antonio nació prácticamente entre capotes y leyendas. En la ciudad de Pedro Romero, donde el toreo forma parte del paisaje, creció escuchando hablar de toros y aprendiendo que el apellido podía abrir puertas, pero también exigir responsabilidades. Debutó vestido de luces en 1948 y muy pronto dejó de ser el hijo de una figura para convertirse en una promesa del toreo.
Madrid terminó confirmándolo. Las novilladas de San Isidro de 1951 despertaron la expectación suficiente para acelerar su alternativa. El 28 de junio de aquel año, en la plaza de Las Ventas, comenzaba una trayectoria que terminaría convirtiéndolo en uno de los grandes toreros del siglo XX.
Pero la dimensión de Antonio Ordóñez va mucho más allá de las estadísticas. Su importancia reside en la huella que dejó entre los propios toreros. Pocas veces una figura ha sido tan admirada por quienes compartieron cartel con ella. Toreaba con naturalidad, con profundidad y con una serenidad que convertía cada faena en una lección de temple. Nunca necesitó el ruido para emocionar. Su concepto se apoyaba en la colocación, el gobierno de la embestida y la búsqueda constante de la perfección.
Antonio Ordóñez tomó la alternativa en la plaza de toros de Las Ventas.
(ABC)
Con el paso de los años terminó convirtiéndose en maestro de maestros. Su influencia alcanzó a varias generaciones y muchos toreros encontraron en él un espejo donde mirarse. Antonio representó una forma clásica de entender el toreo, una tauromaquia basada en la verdad y en la naturalidad.
Su rivalidad con Luis Miguel Dominguín forma parte de la historia. Aquella competencia entre ambos trascendió las plazas y se convirtió en un fenómeno social y cultural. Ernest Hemingway encontró en aquellos duelos el argumento perfecto para escribir ‘El verano peligroso’, inmortalizando a dos toreros llamados a representar dos maneras distintas de entender la Fiesta.
Antonio también vivió muy cerca del arte y la cultura. Fue amigo de Orson Welles, de escritores, pintores y cineastas. Su personalidad, elegante y serena, traspasó el mundo taurino hasta convertirlo en un personaje admirado dentro y fuera de España.
Y siempre estuvo Ronda. Porque si existe una obra que explica la dimensión de Antonio Ordóñez más allá de los ruedos es la Corrida Goyesca. La idea nació en 1954 de la mano de su padre, y del rondeño Fernando Urruti para conmemorar el segundo centenario del nacimiento de Pedro Romero, pero fue Antonio quien la impulsó definitivamente y la convirtió, a partir de 1957, en una cita fija y universal. Gracias a su empeño, la plaza de Ronda recuperó su protagonismo y septiembre se transformó en una peregrinación anual para aficionados, artistas, escritores e intelectuales, haciendo de la Goyesca uno de los acontecimientos más singulares y reconocidos de la tauromaquia.
Su vida también estuvo unida a Sevilla. Antonio Ordóñez fue hermano mayor de la Esperanza de Triana de 1973 a 1979, una responsabilidad que asumió desde la devoción y el compromiso. La elegancia que transmitía delante del toro encontraba también reflejo en su manera de vivir la religiosidad popular.
La saga continuó a través de sus descendientes. Sus nietos, Francisco Rivera Ordóñez y Cayetano Rivera Ordóñez, hijos de su hija Carmen y del maestro Paquirri, volvieron a llevar el apellido a los carteles, prolongando una de las dinastías más importantes de la historia del toreo.
Antonio Ordóñez falleció en Sevilla en diciembre de 1998, pero su magisterio continúa intacto. Setenta y cinco años después de aquella alternativa, su nombre sigue apareciendo cada vez que se habla del toreo puro, del temple o de la naturalidad.
Porque algunos toreros triunfan, otros mandan y unos pocos terminan convirtiéndose en una medida del tiempo. Antonio Ordóñez pertenece a esa estirpe. La de los maestros que nunca se marchan del todo. La de los toreros que siguen toreando mucho después de haber abandonado los ruedos.
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