Hay un pasaje en el discurso que León XIV dirigió a los obispos españoles que corre el peligro de quedar archivada en la casilla de «los por supuestos». Dijo el Papa que «incluso cuando ofrece ayuda material, educación, asistencia o promoción humana, la Iglesia … no deja nunca de ofrecer lo que le es propio: el amor de Dios revelado en Cristo…; así, cada gesto de caridad que nace del Evangelio lleva en sí una promesa más grande, restituir a la persona el convencimiento de ser amada». ¡Por supuesto!, dirán muchos, ¿dónde está la sorpresa?
Para mí, fue el discurso a las realidades que trabajan en la integración de los migrantes, en La Laguna, el que consiguió sacar esa frase del archivo y desvelar todo su contenido. Tras haber explicado la dinámica de la integración con palabras tan hermosas como precisas, y haber mostrado las responsabilidades de unos y otros en ese delicado proceso, el Papa se dirigió especialmente a los católicos para «pedirles algo más: que la integración no quede reducida a una tarea social, por necesaria que sea».
León XIV dijo entonces que quienes llegan a nuestras parroquias necesitan pan, techo, lengua, trabajo y protección… y, evitando el uso de la conjunción «pero», añadió que «también deben encontrar una comunidad capaz de ofrecer, con el testimonio de la vida y de la palabra, caminos para conocer a Jesucristo, respetando siempre la conciencia y la libertad de cada persona». Y es que, como les había dicho a los obispos, la Iglesia no puede dejar de ofrecer nunca lo que le es propio, «el amor de Dios revelado en Jesucristo». Es cierto que al ofrecer pan, techo y trabajo ya está mostrando ese amor, pero ¿acaso esas personas, como cada uno de nosotros, no esperan siempre «algo más»? Ese «algo más» que es la fuente de la que nace la caridad de la Iglesia, una fuente en la que cualquiera debería, si así lo quiere libremente, poder beber.
«Evangelizar es compartir con respeto y humildad el tesoro que sostiene nuestra acción y nuestra esperanza», añadió León XIV, mostrando de esta forma el vínculo indestructible entre cada acción de promoción humana y su fuente, asunto que durante años no ha sido pacífico ni ha estado suficientemente claro en algunos ámbitos eclesiales. «Una Iglesia que acoge es también una Iglesia que anuncia», remachó el Papa precisamente en Canarias, un lugar donde la Iglesia está siendo modélica en la atención a los más pobres y vulnerables. Y concluyó recordando que, por un lado, la Iglesia «recibe el Evangelio de manos de los pobres», y por otro, está llamada a ofrecer a Cristo a todos, sin imponerlo.
Fuente:
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