Va deprisa. En segundos sube la reja eléctrica del almacén, abre la puerta, deja una caja en el suelo y vuelve a cerrar todo. “Hoy hemos decidido no abrir”, decía la joven dependienta de una tienda de objetos en el centro de Teherán.
“No es seguro, han pedido evacuar los alrededores de la estación de tren y esta mañana se oían los cazas y los misiles pasar muy bajo por este sector”, añadía. No era la única tienda cerrada, muchos locales de la capital cerrados.
El ultimátum de Trump, con la amenaza de destruir los puentes y centrales eléctricas si Irán no aceptaba abrir el estrecho de Ormuz, vencía la madrugada de este miércoles, pero el presidente estadounidense decidió echarse atrás in extremis. En cualquier caso, se impuso la cautela. “Es mejor prevenir, pero yo no tengo miedo del infierno. El infierno ya lo vivimos en enero”, afirmaba esta mujer de 24 años en referencia a la represión con la que las fuerzas de seguridad iraníes respondieron a las protestas surgidas al principio por problemas económicos. “Mataron a 40.000”, sentenciaba: es la cifra que manejan algunos canales de la oposición. La oenegé Hnara, que ha investigado los asesinatos, confirma unos siete mil casos y trabaja en al menos diez mil más.
Su prisa contrastaba con otras realidades a su alrededor. En un café vecino, todas las mesas ubicadas sobre la acera de la calle estaban llenas de gente joven conversando con calma.
Y el número de coches que transitaban por el centro era mayor que otros días de esta guerra, aunque nunca comparable con un día laboral en tiempos de paz. Todo en una situación era enormemente confusa. La noche del lunes había sido dura, especialmente alrededor del aeropuerto de Mehrabad, del que operan los vuelos internos, que es atacado casi a diario. También, paradójicamente, habían alcanzado una sinagoga sitada en el centro de la ciudad construida en tiempos del derrocado sha Reza Pahlavi. Las autoridades iraníes condenaron con fuerza el ataque a la sinagoga, mientras que Israel aseguró que servía de escondite para los cuerpos de seguridad.
Y la mañana del martes fue todavía peor. El silbido de los misiles que volaban hacia el este era tan nítido que parecía que iban a caer allí mismo. Irónicamente, muchos ya no parecían tener miedo, nadie intentaba buscar refugio, solo miraban al cielo e intentaban captar el proyectil con su móvil. Lo mismo pasaba cuando se escuchaban explosiones, algunas tan fuertes que por momentos hacían temblar las edificaciones.
Casi seis semanas después de comenzada la guerra, aún no se han habilitado alarmas en los móviles ni la población ha recibido instrucciones de cómo proceder cuando sus ciudades son atacadas. “Cada uno vive la tensión a su manera, pero creo que todos estamos carcomidos por la incertidumbre de lo que vaya a hacer Trump”, dice Amin, de 44 años. Para muchos, como señala Amin, lo que Irá vivió el martes no será muy diferente a lo que podría pasar si Trump cumple su apocalíptica promesa.
Desde la mañana del martes, Estados Unidos e Israel atacaron al menos ocho puentes por todo el país; vías y estaciones ferroviarias, como lo advirtió Israel al comienzo del día; un complejo petroquímico en Shiraz y también la isla de Jarg, en el golfo Pérsico, desde donde Irán exporta el 90% de su petróleo. Según algunas informaciones, en esta isla se alcanzaron 50 objetivos militares.
En los días previos también habían atacado diferentes aeropuertos del país para destruir aeronaves, otras fábricas del sector de la petroquímica, las tres plantas más importantes de acero, la única central de energía nuclear del país, en la ciudad de Busher, y diferentes universidades especializadas en el sector tecnológico.
La última en sufrir daños fue la Universidad Sharif de Teherán, la más importante en el área de tecnología del país. Allí fue alcanzado un edificio que, según las autoridades, estaba dedicado a los datos y comunicaciones. Al visitarla este martes pudimos comprobar que había quedado destruida y también había quedado dañada la mezquita de la universidad. “EE.UU. siempre ha sido nuestro enemigo, pero uno esperaría que fuera un enemigo más razonable y no atacará centros universitarios que no están relacionados con el campo militar”, aseguraba este martes un profesor de la universidad que ha vivido varios años en Canadá.
Muchos parecían no tener miedo, solo miraban al cielo e intentaban captar el proyectil con su móvil
De vuelta a Amin, el ingeniero, reconoce que no tiene miedo, que le parece un absurdo la amenaza de mandar a Irán a los tiempos de la “edad de piedra”, como dijo Trump días atrás. O de destruir “toda una civilización”, como sentenció el martes. “No quiero que pase, pero tal vez va suceder”, escribió el presidente de EE.UU.
“¿Cómo va a destruir un país tan grande como Irán, con 90 millones de habitantes?”, se preguntaba este hombre. “Es absurdo, ¿qué más puede hacer?”, insistía.
Hablaba de un caso especial ocurrido en el bazar de Teherán el martes por la mañana, donde cayeron dos misiles que no llegaron a explotar. “No sé qué mensaje querían enviar, pero lo que hace con estas acciones es que cada día más personas sientan la necesidad de cerrar filas alrededor de las autoridades que defienden el país”, dice Amin, añadiendo que si lo que Trump y Netanyahu buscan es que la gente salga a las calles a derrocar al régimen, ahora están logrando lo contrario.
Para empezar, los partidarios del sistema de gobierno han tomado las calles del país con sus banderas y eslóganes de no ceder, y venganza. Y cada vez son más los que se oponen a una guerra que lo único que ha traído es la destrucción del país. El martes, el presidente Massoud Peseshkian mandaba un mensaje en las redes sociales en que aseguraba que más de 14 millones de “valientes” iraníes habían declarado su disposición a sacrificar sus vidas para defender Irán. “Yo también he sacrificado mi vida por Irán, lo hago y seguiré haciéndolo”, decía. La cifra no deja de ser interesante porque coincide más o menos con la votación máxima que desde el 2013 obtiene el sector conservador y radical en las elecciones presidenciales.
Muchos de los que están listos para sacrificar su vida respondieron a la convocatoria de varias autoridades, que los animaron a hacer escudos humanos alrededor de las centrales de energía y de los puentes. Al caer la tarde, circulaban algunas fotos de centrales rodeadas por gente de todas las edades, incluidos niños y muchas mujeres vestidas con el chador negro.
También al caer la tarde, el portavoz de Khatam Al Anbiya, que agrupa a las fuerzas armadas del sistema, amenazaba con que Irán responderá también en acciones fuera de la región si Estados Unidos cruza la “línea roja”.
“EE.UU. siempre ha sido nuestro enemigo, pero uno esperaría que fuera un enemigo más razonable”
“Yo no sé cómo va acabar esta guerra, pero todavía tengo esperanzas de que algo positivo pase en nuestras vidas”, explicaba Maryam, dueña de otro almacén en el centro de Teherán, a quien le parecía absolutamente ridículo el mensaje de Trump de “matar una civilización”.
Una apocalíptica amenaza que llegó poco después de que el embajador iraní en Islamabad, Reza Amiri Moghadani, destacara los esfuerzos de Pakistán y asegurara que la guerra se acerca a una “etapa crítica y sensitiva”, pidiendo a la población estar atenta.
Todo esto ocurrió después de que Teherán rechazara el lunes la propuesta de alto el fuego temporal; en su contrapropuesta, de diez puntos, pedía, entre otras cosas, el fin definitivo de la guerra.
Trump, por su parte, reconoció que había un cierto progreso, pero calificó esta contrapropuesta de “insuficiente”.
Al caer la noche volvían a sentirse los cazas volando muy bajo sobre Teherán, y fuertes explosiones. Más allá del miedo, que muchos tenían, lo que más imperaba era la expectativa. Nadie duda que son horas definitivas.
Fuente:
www.lavanguardia.com



