¿Quién le parará los pies a Donald Trump?

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Caos, contradicciones, amenazas apocalípticas y un poco de Jeffrey Epstein. La Casa Blanca es hoy el teatro en el que actúa un narcisista desbocado que, con sus errores, acelera la decadencia del imperio estadounidense.

Trump saluda en su llegada a Charlottesville con el Air Force One 

Matt Rourke / Ap-LaPresse

Donald Trump fue a la guerra de Irán para tapar el caso Epstein. Y ahora el caso Epstein vuelve a escena para tapar el fracaso de la guerra. Es una interpretación conspirativa. Pero no inverosímil. Bill Clinton puso nervioso al presidente cuando declaró en el Congreso por el caso Epstein: yo ya he dicho lo que sé; ahora le toca al presidente. Tres meses después, Melania Trump improvisa en la Casa Blanca una declaración para negar cosas de las que nadie le acusa y arrogarse el papel de víctima de Epstein.

Es la realidad paralela por la que transita el hombre que controla el destino del mundo, el mismo que el Domingo de Pascua anunció a los iraníes que “El martes será el Día de [la destrucción de] la Central Eléctrica y el Día del Puente, todo en uno, en Irán. ¡No habrá nada igual! ¡Abran el maldito estrecho [de Ormuz], jodidos locos, o vivirán en el infierno!”. El día después amenazó con borrar la civilización persa de la faz de la tierra en una noche.

En las cortes del pasado, la vida y hechos de príncipes y gobernantes pasaba por el filtro de nobles, juristas y eclesiásticos; sus hazañas eran magnificadas y embellecidas por bardos, trovadores y, más tarde, escritores y periodistas.

Con las redes sociales eso es más difícil. La información aparenta llegar en tiempo real y desde ángulos imprevistos. El presidente puede estar amenazando a Irán con la bomba atómica y al mismo tiempo calificar a Tucker Carlson de estúpido y perdedor por decir que Israel le está chantajeando o recordar que Melania está en su derecho de hablar de lo que quiera.

Los periodistas Jonathan Swan y Maggie Haberman han reconstruido en The New York Times las horas en las que Trump decidió atacar Teherán después de reunirse en la Casa Blanca con Beniamin Netanyahu. Todos los presentes, salvo Pete Hegseth, objetaron problemas a los planes del israelí (John Ratcliffe, Marco Rubio, J.D. Vance, el general Dan Caine, Susie Wiles, Jared Kushner y Steve Witkoff). Pero ninguno de ellos se desgañitó para contrariar a un Trump que ya estaba convencido. Solo el director de la CIA, Ratcliffe, habló de “farsa” para referirse a algunos aspectos del plan.

Estos días circulan explicaciones sobre el comportamiento temerario de Trump. Una de ellas habla de sus vulnerabilidades hacia lo que los servicios secretos de sus amigos (Netanyahu, Putin) saben de él.

También ha reaparecido la Madman Theory , el político que quiere hacer ver al adversario con el que negocia que se ha vuelto loco y está dispuesto a todo. La utilizó Richard Nixon cuando negociaba con Vietnam del Norte hasta que su asesor, Henry Kissinger, le dijo que había ido demasiado lejos con la broma.

¿Qué viene ahora? Según algunos observadores, un golpe de estado antes de las ‘midterm’ de noviembre

La cuestión con Trump es que no tiene que convencer a nadie de su capacidad para apretar el botón nuclear (o así lo pensó mucha gente en las horas previas al ultimátum dado a Irán). Es la interpretación mayoritaria entre los psiquiatras. Trump no hace teatro, o no más que el que haría un narcisista extremo rodeado de unos antisociales incapaces de detenerlo.

¿Quién le parará entonces los pies a Trump? ¿Qué es lo que viene ahora? Unos piensan que un golpe de estado. Trump ya intentó el 6 de enero de 2021 convertir una derrota electoral en una revolución para evitar que Joe Biden fuera presidente. Lo intentará en los próximos siete meses. Antes de las elecciones al Congreso (las midterm ), en las que los demócratas podrían ganar en las dos cámaras.

Quien más difunde esta hipótesis es el historiador Timothy Snyder. ¿Hay indicios de que Trump avance en esa dirección? Algunos lo perciben en la depuración de la cúpula militar, en la petición de aumentar el presupuesto de defensa hasta los 1,5 billones de dólares, y así asegurar la lealtad de los mandos; en la proximidad con el lobby de la guerra y en la naturalidad con la que se expresa: “Palantir está aquí (…) para asustar a enemigos y, a veces, matarlos” dice Alex Karp, su fundador.

También inquieta la retórica providencialista de la Casa Blanca. Hegseth comparó el rescate del piloto del avión derribado en Irán con la resurrección de cristo.

La historia indica que los imperios caen por varias razones, una de ellas porque se hacen tan grandes que son caros de mantener. Solo en contadas ocasiones el cambio de hegemonía se hace sin violencia. Gran Bretaña le cedió el testigo a Estados Unidos sin hacer ruido, pero fue una excepción. También lo fue que la Unión Soviética desapareciera sin disparar un tiro .

Estados Unidos dominó el mundo en solitario desde finales de los años ochenta, pero en los 2000 su elite detectó a China como el imperio emergente que iba a sucederles si no reaccionaban.

Con Trump esa ansiedad se manifiesta en forma de estruendo y no hace más que acentuar la sensación de decadencia del imperio. Expresa el mismo instinto de preservación y de lucha por los recursos que comparte con la elite de su país. Pero rechaza su colaboración. Su única guía es su propia moral, la fuerza y el poder. “Las leyes de hierro del mundo que existen desde el principio de los tiempos”, según su asesor más influyente, Stephen Miller.

Trump no hace teatro, no más que el que haría un narcisista extremo al que nadie sabe cómo detener

Quizás si esos expertos que tanto desprecia hubieran estado ahí no se habrían cometido tantos errores en esta guerra. No se habría entrado en un conflicto que solo interesa al primer ministro de Israel y que está dejando a EE.UU. sin aliados. No se habría subestimado a Irán. Y no se le habría dado la oportunidad de convertirlo en potencia en unas negociaciones que pueden convertir Ormuz en un peaje permanente para la economía global.


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Fuente:

www.lavanguardia.com

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