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Existen periódicos que siguen manteniendo suplementos literarios, esas “hojas inútiles” que Cebrián no quería para El País, según confesó Rafael Conte. En ocasiones, en las vacaciones de verano, de Semana Santa o de Navidad, algunos periódicos siguen recomendando un pilón de títulos de libros con sus correspondientes “reseñas”.
En tiempos, consideré que leer estas reseñas era una actividad inocua e inútil, pero, después de que alguien me dijera que ese era el mejor escaparate donde se podía aquilatar, no sólo la cultura de un país, sino, también, el nivel crítico de la clase intelectual, empecé a leerlas desde otra perspectiva.
En cuanto a los expertos, no puedo evitar la sensación de estar, no ante unos pensadores críticos de lo literario, sino ante unos influencers al uso
Y ya no digo, cuando, tras escribir algún artículo comentándolas, recibí “avisos “de distintos críticos de la academia poniéndome a caldo. Con el tiempo, ese trabajo analítico formó parte de un libro titulado “De brumas y de veras. La crítica literaria en los periódicos” (1994), que no sentó nada bien en los predios de la crítica, pero muy bien en escritores que habían sentido el ninguneo de esos mismos críticos. Uno intentaba ingenuamente que, poniéndolos ante el espejo de sus críticas, mejorarían, pero no se entendió el gesto.
Supongo que este artículo tendrá el mismo destino, pero no por ello renuncio expresar lo que pienso.
¿Guía cultural? ¿Y de expertos?
En esta ocasión he utilizado una denominada “Guía cultural formada por libros para resistir las olas de calor, discos, festivales, exposiciones, series para ver junto al ventilador, con un manual de instrucciones, redactado, esta vez, por cuarenta expertos” y publicada en el suplemento “literario” de un periódico.
El fragmento dedicado a los libros decía lo siguiente: “Las rutinas cambian, los relojes se ablandan y pasan cosas que no ocurren durante el resto del año. Un equipo formado por más de 20 expertos selecciona las mejores lecturas para los momentos excepcionales del verano”.
Lo más grato del fragmento era saber que existían 20 expertos en libros. Ya se sabe que el mundo de los libros es muy complejo y el de los lectores y la lectura mucho más. Disponer de una veintena de expertos dando su opinión sobre un libro no está al alcance de cualquier periódico.
Aunque no sé si es un buen reclamo publicitario dar por hecho que la gente que va a la playa debe de aburrirse de lo lindo y que, si no lee alguno de esos libros recomendados por dichos expertos, no saldrá de ese marasmo. Ya tiene su retranca sospechosa el hecho de que la mayoría de esos libros estén editados en 2026.
¿Significa eso que los clásicos dejaron de leerse durante el verano y que la palabra clásicos y aburrimiento forman ya una unidad indisoluble e indistinta en lo universal?
Me resulta altamente llamativo calificar de “momentos excepcionales” esas tres semanas del año en que el ciudadano se dedica a no hacer nada. Seguro que el cáustico escritor austríaco Karl Kraus formaría con ello un aforismo o euforismo y que, más o menos, diría que “la mayor tragedia de la cultura moderna es que el hombre libre solo sabe qué hacer con su libertad si un folleto de recomendaciones se lo indica”.
Eso si quien lee el folleto aludido es capaz de entender sus intrucciones y no sale de él como entró, sin entender ni jota. En este sentido, las reseñas a las que aludo, veinte en total, son ejemplo de lo que digo. Reproduzco una, porque como muestra es más que representativa del resto.

Seguro que es como dice el reseñista referido, es decir, que «es un libro que plantea una premisa fascinante y la lleva hasta el final de una manera muy sorprendente». Pero nos quedamos sin saber de qué premisa se trata y por qué razón se califica de fascinante. La de veces que habré leído la palabra fascinante aplicada a una novela. ¿Significará lo mismo dicha palabra si se aplica a una novela de Elvira Lindo o a Muñoz Molina? ¿A Javier Marías o a Paul Auster?
Todo ese comienzo pueden aplicarse sin ningún problema a una novela de tesis cualquiera. Usar la metáfora de “castillo de naipes” utilizada para expresar la tensión del texto es lo mismo que decir que un futbolista lo dio todo en el campo, pero su ambición se derrumbó como… etcétera. O sea, nada. La adjetivación suena ya a panceta revenida, cuando se le atribuye “maestría y elegancia maravillosa”. ¿Qué significan? Cero. ¿Dónde está esa elegancia, en la sintaxis, en el uso de las perífrasis verbales o en la descripción de los personajes?
Y la afirmación final: este libro «te lleva a preguntarte quién eres…» y «te lleva al debate y a juzgarte». Como si uno ya no supiera de qué pie cojea a todas las horas del día, del mes y del año.
Entiendo que, la crítica literaria, aunque reducida a una reseña de diez líneas, debería valorar el libro por sus cualidades estéticas o formales, y no por las hipotéticas consecuencias que pueda tener su lectura en un lector, cuando, en el colmo de los colmos, el mundo de los lectores no tiene nada de uniforme y homogéneo.
La literatura como un flotador o ventilador
No se sabe bien si la finalidad de este periodismo cultural está a punto de conseguir el milagro de convertir el verano en un producto de consumo pasivo y de paso crear una confusión enorme, pues uno acaba sin saber si la gente se pilla las vacaciones para ir a tomar el sol sea en playa o en montaña o se viaja para habitar un cliché recomendado por un comité de expertos.
La verdad es que me cuesta aceptar la paradoja que esta Guía cultural manifiesta, a saber, la idea de que para vivir un momento excepcional, ese que el fragmento denomina “libre de rutinas”, haya que leer necesariamente un libro, eso, sí, recomendado por un experto. No sé, pero me da que quien no lee durante el año, tampoco lo hará en verano ni en primavera.
Los expertos ofrecen dichos “libros para resistir las olas de calor» o «series para ver junto al ventilador». Triste perspectiva. La cultura ya no agita el espíritu, sino que actúa como un sedante contra el cambio climático. Se supone que, si el marco temporal fuese el invierno, recomendarían libros cuya naturaleza narrativa serviría para afrontar el frío, abrigados para leer junto al fogón y acompañados por un copón de güisqui.
La literatura ha sido comparada con muchas cosas. Con una farmacopea que cura cantidad de enfermedades y locuras, que no las alivia ninguna medicina al uso, ni ningún psiquiatra.
Recuerden que, a principios del siglo XX, los socialistas vizcaínos decían que el nacionalismo se curaba viajando, a lo que los sabinianos respondían que el socialismo se curaba leyendo. Así que no extrañará que haya gente experta que pretenda convertir la literatura en un flotador para el verano, en un abrigo polar en invierno y en una chaqueta de entretiempo en semana santa.
Asfixiante cultura
Se olvida que leer es un acto libre que se ejerce tanto en enero como en agosto o en diciembre, sin necesidad de que un comité de expertos le otorgue el sello de aprobación vacacional. Y menos con ese tono directivo con el que se acompaña.
Lamentablemente, los libros, los discos y las películas adquieren, en esta guía cultura aludida el mismo tratamiento publicitario que cualquier crema solar o toalla playera y que, obviamente, tienen su derecho a ser vendidos, utilizando para ello, incluso metáforas surrealistas, lindezas literarias pero que, en su mayoría, han sido sustituidas por rutilantes cuerpos masculinos y femeninos. En cuanto a los expertos, no puedo evitar la sensación de estar, no ante unos pensadores críticos de lo literario, sino ante unos influencers al uso.

Como puede apreciarse, leer reseñas no resulta tan anodino como pudiera parecer. Eso sí, la conclusión que uno obtiene, tras años de leer este tipo de crítica menor, de es la misma que señalaba Jean Dubufett en su libro Asfixiante cultura.
La cultura ya no es, entre otras dimensiones, un revulsivo contra el anquilosamiento mental, menos aún lo será cuando hasta los expertos de los grandes medios la convierten en una especie de analgésico o placebo veraniego. Así que, si eso ocurre entre personas calificadas como expertos en lectura, libros y crítica literaria, estamos apañados. Y esto ya no hay quien lo arregle. Lo decía Baroja con su tono fatalista: en “el mundo es ansí”: “La vida es esto, crueldad, ingratitud, inconsciencia, desdén de la fuerza por la debilidad. Y así son los hombres y las mujeres, y así somos todos”.
Y si la literatura puede aliviarnos en verano o en invierno de este ansí, pues bien venida sea… pero mucho tendrá que cambiar, no la literatura ni su crítica, sino el ser humano. Y la parte que pueda corresponder en ese cambio a los libros no parece que sea muy halagüeña… a pesar de lo que auguran ciertos reseñistas.
Fuente:
www.nuevatribuna.es



