Lo que parecía una excavación rutinaria en un antiguo pozo de letrina ha terminado convirtiéndose en una de las investigaciones más llamativas sobre la cría de animales en la Europa moderna. Bajo los restos de desperdicios domésticos, huesos de cocina y residuos acumulados durante siglos, un equipo de arqueólogos localizó cuatro cráneos de ganso con una característica tan extraña como reveladora: grandes aberturas en la parte superior del cráneo que, lejos de ser consecuencia de enfermedades o daños posteriores, respondían a una singular mutación genética.
El hallazgo procede de Flecken Zechlin, en el estado alemán de Brandeburgo, un enclave situado a unos cien kilómetros al noroeste de Berlín cuya historia estuvo ligada durante siglos a obispos, nobles y propietarios aristocráticos. Allí, las excavaciones realizadas entre 2021 y 2023 sacaron a la luz cientos de restos animales, pero fueron cuatro cráneos de ganso los que despertaron inmediatamente la atención de los especialistas.
Tal y como indica el estudio publicado en International Journal of Paleopathology, aquellas anomalías óseas no eran fruto de la casualidad. Tras comparar los restos con ejemplares modernos y revisar la bibliografía veterinaria y paleopatológica disponible, los investigadores concluyeron que pertenecían a gansos crestados, una variedad doméstica caracterizada por un llamativo penacho de plumas sobre la cabeza.
La importancia del descubrimiento va mucho más allá de la simple identificación de una raza antigua. Se trata de la primera evidencia arqueológica conocida de gansos crestados, un hallazgo que abre una nueva ventana para comprender cómo las sociedades europeas seleccionaban y criaban animales no solo por su utilidad, sino también por motivos estéticos y de prestigio social.
Un hallazgo inesperado bajo siglos de desperdicios
El antiguo edificio de Flecken Zechlin conserva una larga historia que arranca en la Edad Media. A lo largo de los siglos pasó por distintas fases constructivas, desde un asentamiento vinculado a un monasterio cisterciense hasta convertirse en residencia de obispos y posteriormente de la nobleza de Brandeburgo. Durante la Guerra de los Treinta Años sufrió importantes daños, y a finales del siglo XVII se añadieron varias letrinas cuyos rellenos arqueológicos han llegado prácticamente intactos hasta nuestros días.
Fue precisamente en uno de esos pozos donde aparecieron los cuatro cráneos. Compartían espacio con huesos de gallinas, patos y otros restos de consumo cotidiano, lo que inicialmente hacía pensar en simples residuos domésticos.
Sin embargo, al limpiar cuidadosamente las piezas, los arqueólogos observaron algo inusual. Todos los cráneos presentaban perforaciones en la región parietal, es decir, en la parte superior posterior del cráneo. Uno de ellos conservaba incluso una abertura de unos 15 milímetros de diámetro, mientras que los otros mostraban varias perforaciones de menor tamaño.
En una primera inspección, esas lesiones podrían interpretarse como daños producidos tras el enterramiento o incluso como consecuencia de enfermedades. No obstante, el excelente estado de conservación permitió descartar rápidamente esas hipótesis.
Los huesos no presentaban marcas de cuchillos, mordeduras de animales, fracturas recientes ni alteraciones provocadas por procesos químicos del suelo. Tampoco existían indicios compatibles con infecciones, deficiencias nutricionales o enfermedades metabólicas que justificaran una destrucción tan localizada.

La pista estaba en unos patos muy peculiares
La respuesta apareció al comparar estos cráneos con investigaciones realizadas sobre patos crestados actuales.
Tal y como revela el trabajo científico, las similitudes eran extraordinarias. En ambas especies las perforaciones aparecen exactamente en la misma región del cráneo y muestran una gran variabilidad, desde pequeños orificios hasta amplias zonas sin osificar.
Los investigadores también descartaron que se tratara de la misma alteración conocida en las gallinas crestadas. Aunque estas aves también desarrollan penachos de plumas, las modificaciones anatómicas afectan principalmente a la región frontal del cráneo y presentan una morfología diferente.
En los patos crestados modernos se sabe que la característica cresta de plumas está asociada a una mutación genética que altera el desarrollo del cráneo. Sobre la cabeza se forma una almohadilla de tejido adiposo y conjuntivo que sostiene el penacho, mientras parte del hueso no llega a cerrarse completamente durante el crecimiento.
Todo indica que el mismo mecanismo afectó a estos gansos de finales del siglo XVII.
Lo más interesante es que cada uno de los cuatro ejemplares mostraba un grado distinto de desarrollo de la anomalía. Algunos apenas tenían pequeños orificios, mientras que otro había perdido una parte considerable de la bóveda craneal. Esa variabilidad coincide con la observada actualmente en otras aves crestadas.
Una moda que podía tener consecuencias para los animales
El hallazgo también invita a reflexionar sobre una práctica muy antigua: la selección artificial de animales por motivos puramente estéticos.
Hoy resulta habitual encontrar razas domésticas desarrolladas para presentar determinados colores, formas corporales o características llamativas. Sin embargo, este descubrimiento demuestra que esa búsqueda de ejemplares singulares ya estaba plenamente consolidada hace más de tres siglos.
Los autores del estudio consideran que estas aves probablemente eran apreciadas por su aspecto poco común. Flecken Zechlin no era una explotación campesina cualquiera, sino un lugar frecuentado por élites políticas y religiosas, donde la posesión de animales exóticos o poco habituales podía convertirse en un símbolo de distinción.
No obstante, esa belleza tenía un coste.
Las investigaciones realizadas sobre patos crestados muestran que esta mutación puede asociarse con una elevada mortalidad durante el desarrollo embrionario y con diversos problemas neurológicos en algunos individuos adultos, como alteraciones del equilibrio o trastornos sensoriales.
En el caso de los gansos crestados todavía no existen estudios tan detallados, pero los investigadores consideran razonable pensar que, al tratarse de especies estrechamente emparentadas, pudieran sufrir consecuencias similares.
Eso convierte estos restos en un ejemplo muy temprano de cómo determinadas preferencias humanas podían perpetuar rasgos biológicos potencialmente perjudiciales para los propios animales.
Las pinturas del siglo XVII ayudan a completar el rompecabezas
La arqueología rara vez trabaja sola. En muchas ocasiones necesita apoyarse en documentos escritos, ilustraciones o pinturas para interpretar correctamente los hallazgos.
En este caso, los investigadores encontraron un apoyo inesperado en la pintura barroca neerlandesa.
Tal y como señala el estudio, varias obras del pintor Melchior d’Hondecoeter, realizadas aproximadamente en la misma época en la que vivieron estos gansos, representan claramente ejemplares con grandes penachos de plumas sobre la cabeza.
Estas imágenes constituyen una valiosa confirmación visual de que los gansos crestados ya estaban presentes en distintas regiones del norte de Europa durante la segunda mitad del siglo XVII.
La combinación entre las representaciones artísticas y las nuevas pruebas arqueológicas permite reconstruir con mayor precisión la distribución histórica de esta curiosa variedad doméstica.
Hasta ahora existían numerosas evidencias arqueológicas de gallinas crestadas desde época romana y medieval, pero ningún hallazgo confirmado de gansos crestados había llegado hasta nuestros días.

Mucho más que unos huesos curiosos
Aunque pueda parecer un descubrimiento menor, estos cuatro cráneos ayudan a comprender mejor la relación entre las personas y los animales domésticos en la Europa moderna.
Los restos encontrados en una simple letrina revelan aspectos que difícilmente aparecerían en documentos oficiales: qué especies convivían con las élites, qué animales se consumían, cuáles eran criados por su apariencia y hasta qué punto la selección artificial modificó su anatomía.
Además, el trabajo ofrece una nueva herramienta para los zooarqueólogos. A partir de ahora, otros especialistas podrán reconocer este tipo de alteraciones en restos recuperados en futuras excavaciones, ampliando el mapa de distribución de los gansos crestados a lo largo del tiempo.
Los autores esperan que nuevas investigaciones, combinadas con análisis genéticos, estudios isotópicos y el examen de otras colecciones arqueológicas, permitan averiguar cuándo apareció realmente esta mutación, cómo se difundió por Europa y qué importancia tuvo dentro de la ganadería de la Edad Moderna.
A veces, los descubrimientos más reveladores no aparecen en grandes palacios ni en espectaculares tumbas reales. En ocasiones basta con excavar el contenido olvidado de una antigua letrina para descubrir cómo la búsqueda de animales cada vez más llamativos ya formaba parte de la vida cotidiana hace más de trescientos años. Y esos pequeños detalles, aparentemente insignificantes, ayudan a reconstruir una historia mucho más amplia: la de la estrecha relación entre la estética, la selección animal y las decisiones humanas que, incluso entonces, podían anteponer la belleza al bienestar de los propios animales.
Referencias
Maaike Groot et al, Cranial defects in remains of 17th-century geese from Brandenburg, Germany, International Journal of Paleopathology (2026). DOI: 10.1016/j.ijpp.2026.06.001
Fuente:
muyinteresante.okdiario.com



