«Esta mañana los alrededores de Seo de Urgel han aparecido cubiertos de una ligera capa de nieve, que no ha adquirido consistencia, pero que ofrecía un panorama totalmente inesperado». La noticia parece sacada de una película de ciencia ficción, al más puro … estilo de ‘El día de mañana’ que protagonizaron Jake Gyllenhaal y Dennis Quaid. Porque aquella insólita nevada en Lérida se produjo un 23 de agosto. Sí, aquel verano de 1977 no se comportó como éste que acabamos de estrenar con una sofocante ola de calor en toda España. Al contrario.
Contaba el dibujante y periodista sevillano Manuel Ferrand que «allá por vísperas de julio y en vista no de los pronósticos, sino de la fresca realidad», un amigo suyo decidió retrasar las vacaciones. «No merece la pena plantarse en la playa con este tiempo», dijo a la familia. Pasaron los días y siguió repitiendo casi la misma frase: «Tranquilo, ya llegará el verano». Sin embargo, el estío acabó marchándose ese año «sin haber cumplido sus obligaciones térmicas más de cuatro o cinco días», como señaló José María Pemán. Y en esa espera a que subieran las temperaturas, al amigo de Ferrand se le fue agosto. El hombre acabó varado en Sevilla, aunque tan «ricamente», según el autor del recuadro de ‘Sevilla al día’. Con sitio donde aparcar, ahorrando una fortuna y «gozando de un fresquito maravilloso».
Más que fresco, a este periódico le pareció «un verano demasiado frío». Europa no había conocido, en muchos años, unos meses estivales tan poco calurosos como esos, con temperaturas «más propias de otoño» en la mayoría de las capitales del continente, según destacó en su portada del 31 de julio. La nieve cayó inesperadamente en los Pirineos y en los Picos de Europa en pleno estío y, a pesar de todo, millones de personas iniciaron aquel agosto su veraneo desafiando al mal tiempo.
Otros, como el periodista Lorenzo López Sancho, se quedaron en Madrid. «Todos gruñían ayer por el comportamiento del día. Tres de agosto y más estornudos por metro cuadrado que consejeros por pasillo en Moncloa», contaba el cronista, que confesó haber tendido una manta de refuerzo aquella noche sobre su cama antes de acostarse. «Que no tenemos verano, es evidente -continuaba-. Y no ya por las trombas de ayer. El sol opera desde hace muchos días como las tercianas: su calentura intermitente aparece cada tres días. A veces, ni eso. Luego, vuelta al frío, a las nubes y a los chaparrones. Si hay alguien más desdichado que un pescador de altura en este pobre país nuestro, ese es un propietario de piscina».
Entrado septiembre, el anhelado calor sorprendió con fuerza unos días, aunque llegó demasiado tarde para el amigo de Ferrand a quien, sin embargo, poco le importó quedarse sin veraneo. «Ayer me decía que todos los veranos debieran ser como éste, lo mismo de prudente, sin estridencia, sin subirse a la cucaña de los cuarenta para arriba. Lo califica de verano ejemplar y, en verdad, me ha convencido», escribió con humor el fallecido redactor jefe de ABC. Decía que había sido el más europeo de los veranos y el más civilizado, porque no había asfixiado a nadie ni había impuesto «sus tórridas manías». En cambio, había mantenido sus mejores atributos, con los cines de verano, la buena siesta o los trajes ligeritos.
Ferrand confesó que estaba deseando que alguna vez ocurriera así para ver cómo reaccionaban algunos de sus paisanos que tanto se entusiasmaban cuando el termómetro marcaba hasta diez grados más de lo prudente. «Son los que agobiados por el sofocón creen participar en una competición y presumen cuando la temperatura de Sevilla excede a la de otras ciudades». Quién no conoce a alguno que en estos días tórridos se asombra con indisimulado orgullo de los más de 40 grados que marcan los termómetros, no sólo en Sevilla. Ciertamente hasta la fecha, este verano de 2026 no está siendo nada «civilizado». Ni tanto ni tan calvo.
Fuente:
www.abc.es



