Cuenta Joana Vasconcelos –hoy, una de las creadoras portuguesas de su generación más reconocidas internacionalmente–, que ella se hizo artista en buena parte gracias a Pablo Picasso. Fue con 17 años y cuando el Interrail la llevó a Madrid y allí pudo conocer … de primera mano el ‘Guernica’ del malagueño, todavía en el Casón del Buen Retiro.
Entonces se dio cuenta de que «la guerra podía experimentarse no como relato o representación histórica, sino como vivencia física y emocional. Mirando el cuadro podía sentirla».
En base a esta anécdota –en absoluto anecdótica, a tenor de lo que supuso para la creadora después– se construye la retrospectiva con la que entra Vasconcelos en el Museo Picasso-Málaga, donde la artista se siente, pues, como en casa, ella que ha expuesto su trabajo en escenarios de tanto ringorrango como el Palacio de Versalles o el de Liria, en Madrid. Buen placebo, que a la portuguesa le sienta como anillo al dedo, a la espera del diálogo que pudiera entablar su producción con la obra picassiana de sus entretelas en el Museo Reina Sofía.
La muestra, tal vez reducida en número de obras, pero en absoluto en escala o impacto de las mismas, traslada así la experiencia vivida en su día por Vasconcelos a su filosofía. De ahí su título: ‘Tranfiguración’. Es decir, esa habilidad y maestría de la portuguesa para desplazar el significado de los objetos cotidianos que son las piezas de lego de sus esculturas, con las que alcanza en ocasiones estructuras monumentales, sin anular con ello su memoria.
Me explica su comisario, el mismo director del museo malagueño que la organiza, Miguel López-Remiro, que el concepto de ‘transfiguración’ aparece por primera vez en el ‘Evangelio’ de San Mateo (Mateo 17:1-8) para describir la aparición de Jesucristo en el Monte Tabor ante alguno de sus discípulos, cuando «allí se transfiguró delante de ellos»: «Entonces, su rostro brilló como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz».
Que ni pintado
En una semana como esta de resaca papal, la metáfora nos viene que ni pintada. Porque, de igual manera, y sin dejar de serlo, lo textil se convierte en Vasconcelos en arquitectura (son sus inmensas instalaciones, como ‘Loft’, que a la manera de Lara Almarcegui, pero más seductora, traduce un edifico a sus materiales); lo ornamental asume un papel estructural; el objeto cotidiano se convierte en dispositivo crítico; lo doméstico se vuelve público y el museo se eleva como ámbito verdaderamente experiencial y sensorial, donde las cosas se tocan, se escuchan y se huelen.
Y esto la vincularía directamente con el propio Picasso, que encontró en lo vernáculo y la tradición un vehículo no para huir del presente sino para interpretarlo con libertad y sin jerarquías. Tampoco Vasconcelos recurre a lo popular con un fin nostálgico, sino para hacer más transitable y accesible su mensaje desde unos asideros que el espectador pronto reconoce y asume como del día a día, pero también como contenedores de una pátina artística.
Así, esta revisión del trabajo de la escultora portuguesa no será cronológica, pero incluirá piezas de los inicios como ‘Flores de mi deseo’ (guiño almodovariano), con esos plumeros transitables que se abren al visitante como gigantescos claveles (me dicen que son más partidarios a atravesarlos ellas que ellos) y que no podría haber realizado en su día sin el ‘mecenazgo’ de su padre. Era 1996. Hasta ‘Bosque encantado’ (2024), uno de sus laberintos monumentales de crochet, donde luz y música embriagan los sentidos. En una cita para la que no se ha producido nada nuevo, el ‘paso más’ lo marca el haber incluido por primera vez sensores de movimiento en esta pieza, de forma que esta se ilumina en base a los pasos del visitante.
En las imágenes, las obras ‘Loft’, ‘Carmen’ y ‘Corazón independiente negro’, de Joana Vasconcelos.
(M. Picasso-Málaga)
Entre medias y repartidas entre dos plantas y uno de los patios del museo (allí el zapato ‘Betty Boop’ de 2020, a base de tapas y cacerolas, cobra nueva viva al incidir el sol sobre su superficie de acero inoxidable), hallamos esculturas menos conocidas de la autora (la caja del tiempo con productos del día a día del Portugal del cambio de siglo de ‘Vista interior’; o ‘Menú del día’, que juega con la tradición de las mujeres del país vecino de meter los abrigos de piel en el refrigerador para conservarlos.
También el vídeo y la furgoneta de ‘Fatimashop’, metáfora perfecta de la fe indivisible convertida en souvenir banal y réplica), junto a otras, ya auténticos ‘highlights’ de Vasconcelos, como ‘Carmen’, el ‘chandelier’ con pendientes de flamenca de plástico –algo que maravilló a la autora en su día cuando los descubrió, que no podía entender que la filigrana en España pudiera traducirse a este material–; o ‘Spot me’, una garita auténtica de tiempos de Salazar ahora repleta en su interior de espejos para continuar la vigilancia, aunque es imposible verse reflejado en ninguno de ellos.
Hasta las vistas recientemente en la Casa de los Alba (el lazo con botellas de Dior de ‘J’Adore Miss Dior’ y el corazón de cubiertos de plástico de ‘Corazón independiente negro’) cobran autonomía en el museo en ausencia del ruido estético que generaba el palacio. Para ellas se crea sendos ‘cofres’ instalativos que las contienen.
Joana Vasconcelos

‘Transfiguración’
Lugar:
Museo Picasso-Málaga (Málaga)
Dirección:
Palacio de Buenavista. C/ San Agustín, 8
Comisario:
Miguel López-Remiro
Clausura:
Hasta el 27 de septiembre
Valoración:
****
El mismo museo que Vasconcelos transforma en caja de resonancia de lo cotidiano, en reserva de la tradición, en ámbito para el desarrollo de la mujer y lo femenino. Ahí está su lectura política y la verdadera transfiguración del arte en algo útil.
Fuente:
www.abc.es



