En el año 507 d.C., el rey franco Clodoveo recibió del emperador Anastasio las insignias del consulado. Podría haberse limitado a lucirlas, pero el soberano optó por organizar una celebración pública. Convocó a su pueblo ante la basílica de San Martín de Tours, se vistió con una túnica púrpura y una diadema, montó su caballo y arrojó monedas de oro entre la multitud. Con aquel grandioso gesto, Clodoveo proclamaba un nuevo tipo de poder.
Esta escena, que recoge Gregorio de Tours en su Historia de los francos, condensa uno de los grandes enigmas del mundo antiguo tardío: ¿cómo consiguieron los pueblos situados más allá de las fronteras romanas tomar el control del Imperio con una rapidez y una facilidad asombrosas? Los palacios e iglesias que levantaron los nuevos reyes en Rávena apenas se distinguían de los construidos por emperadores anteriores. El latín y el griego seguían siendo las lenguas del poder. Incluso los sistemas fiscales y monetarios cambiaron solo de forma gradual.
En un estudio publicado en el Cambridge Archaeological Journal, la arqueóloga Susanne Hakenbeck, de la Universidad de Cambridge, propone una respuesta construida a partir de los objetos. Durante siglos, los emperadores romanos acostumbraron a regalar broches imperiales y medallones de oro a los gobernantes de las regiones fronterizas. Más que simples gestos de cortesía, esos regalos tejían redes de obligación y una comprensión compartida del poder que acabaron por sembrar la semilla de los reinos romanos posteriores.
Una nueva investigación explica, a través de una serie de objetos de lujo, la continuidad político-cultural del poder en los reinos europeos tras la caída del Imperio romano.

Un broche para gobernar el mundo
Entre los objetos más enigmáticos hallados más allá de las fronteras del Imperio figura una serie de broches de oro con un ónice central, conocidos como broches imperiales. Se han encontrado ejemplares en lugares como Ostrovany, Rebrín (Eslovaquia) y Szilágysomlyó (Transilvania, hoy Rumanía).
El significado de estas piezas se revela al analizar dónde aparecen representadas. En el missorium de Teodosio, una bandeja ceremonial de plata del año 388 d.C., el emperador y sus coemperadores, Valentiniano II y Honorio, lucen broches con tres pendilia que sujetan sus mantos. Los mismos objetos reaparecen en los mosaicos de Rávena: Cristo, vestido como general romano, lleva uno en la capilla del arzobispado; el emperador Justiniano exhibe otro en la basílica de San Vitale. Eran, por tanto, insignias de mando.

Un revolucionario estudio reescribe la historia del Imperio romano: se desmonta la teoría del cambio climático como causa del colapso del Imperio romano de Oriente
Los análisis de fabricación de las piezas arqueológicas han revelado que los broches se elaboraron en talleres mediterráneos. Según el estudio de Hakenbeck, dicha procedencia demostraría que los emperadores los enviaban como regalos diplomáticos de alto nivel a las élites extrafronterizas.
Junto a ellos, circulaban medallones de oro (monedas conmemorativas de victorias militares) que sus receptores llevaban como colgantes, con el retrato del emperador mirando hacia el exterior. Se han documentado cerca de 100 de estos medallones más allá de las fronteras septentrionales, concentrados en la Polonia actual, Ucrania y Transilvania.
Los emperadores enviaban medallones con el retrato imperial y broches de oro con un ónice central como regalos diplomáticos de alto nivel a las élites extrafronterizas.

La deuda invisible del regalo
Como argumentó el antropólogo Marcel Mauss, al aceptar un regalo, el receptor entra en una relación de reciprocidad que le obliga a entregar algo de valor comparable. En el caso de los broches y medallones imperiales, las obligaciones podían traducirse en paz, tributo o servicio militar.
Las fuentes escritas iluminan esta mecánica con ejemplos concretos. En 271 d.C., por ejemplo, una partida de jutungos que había llegado hasta Italia negoció la paz con Roma. Según el historiador Dexipo, se esforzaron en no mostrarse demasiado derrotados, pues querían seguir recibiendo pagos del Imperio romano. La asimetría entre ambas partes era evidente, pues la mayor parte del oro en circulación procedía de las minas romanas de Hispania y Dacia. Los artesanos del otro lado de la frontera adoptaron técnicas de orfebrería romanas, como el trabajo con hoja de oro. La relación era profundamente desigual, pero las obligaciones fluían en ambas direcciones.
En otro caso, una moneda acuñada entre 140 y 144 d.C. conmemoraba la entronización de un monarca entre los cuados, un pueblo al norte del Danubio. La inscripción rezaba: REX QVADIS DATVS, «un rey dado a los cuados». El emperador Antonino Pío aparece ofreciendo una diadema al nuevo soberano. Al legitimar su autoridad, el César vinculaba al rey y a su pueblo a una red de obligaciones que podía activar cuando lo necesitara.
Estos regalos servían para establecer relaciones de reciprocidad. En el caso de los broches y medallones imperiales, las obligaciones podían traducirse en paz, tributo o servicio militar.

Copiar al César para destronarle
A partir del siglo V d. C., algo cambió en esta dinámica. Los gobernantes más allá de la frontera dejaron de esperar los regalos imperiales y empezaron a encargar sus propias versiones a orfebres locales. Los broches hallados en Pietroasa (Rumanía), incluido uno en forma de águila, símbolo de Roma, por ejemplo, fueron obra de artesanos locales.
Al reproducir los objetos de poder del Imperio romano, los nuevos gobernantes se apropiaban de su fuerza simbólica sin asumir las obligaciones que implicaba recibirlos como regalo. Así, si los vínculos con el emperador se rompían, no lo hacía la autoridad que los objetos representaban. Hakenbeck recurre al concepto de «mímesis galáctica» del antropólogo Marshall Sahlins para explicar el fenómeno. Así, los gobernantes periféricos habrían asumido la cultura política del poder central para superarlo, no para someterse a él.

¿Eran tan crueles los bárbaros? Los feroces conquistadores germánicos y orientales que atemorizaron a griegos y romanos
La ceremonia de Clodoveo en Tours ilustra el resultado final de ese largo aprendizaje, pues en ella combinó insignias imperiales, ritos consulares y gestos propios en una puesta en escena inédita. El soberano ya no era un rey cliente, sino algo nuevo, una figura que dominaba la gramática del poder imperial y la reescribía a su conveniencia. Siglos de convivencia fronteriza, de guerras, tratados y regalos diplomáticos habían dado origen a entidades políticas que conocían los entresijos mismos del Imperio.
A partir del siglo V d. C., los gobernantes más allá de la frontera empezaron a encargar sus propias versiones a orfebres locales. Habían asumido la cultura política del poder central para superarlo, no para someterse a él.

Fuente:
muyinteresante.okdiario.com



