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Un estudio con más de 1.400 niños revela que jugar a ser astronauta, médico o pirata podría beneficiar la salud mental años después

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A simple vista, no parece una actividad especialmente trascendente. Un niño convierte una caja de cartón en una nave espacial; una niña transforma una cuchara en una varita mágica; un peluche pasa a ser un paciente, un dragón o un compañero de aventuras. Para los adultos, suelen ser escenas cotidianas. Para la ciencia, cada vez resultan más intrigantes.

Un trabajo liderado por la Universidad de Sídney y difundido a través de Early Childhood Education Journal acaba de aportar una de las pruebas más sólidas hasta la fecha sobre el posible valor de estas actividades. El equipo australiano descubrió que los menores con mayores habilidades de juego de ficción entre los dos y los tres años tendían a presentar menos dificultades psicológicas varios años después, incluso cuando se tenían en cuenta otros factores capaces de influir en su desarrollo.

La conclusión resulta llamativa porque afecta a una conducta universal que rara vez se considera una herramienta de salud mental. Sin embargo, las observaciones apuntan a que la facultad para levantar realidades ficticias podría estar vinculada al equilibrio emocional en etapas posteriores de una forma mucho más profunda de lo que parecía. Lo extraordinario, entonces, no es que los niños inventen mundos inexistentes, sino que esas narraciones imaginarias sigan dejando huella años después.

Recreación artística de dos niños corriendo en un parque urbano al atardecer, evocando el juego libre en la etapa preescolar. Imagen generada con IA. Fuente: Nano Banana / Scruzcampillo.

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Cuando un zapato se convierte en un coche

Los psicólogos definen el juego de ficción como una modalidad de comportamiento simbólico en la que algo se trata como si fuera otra cosa. Un muñeco puede convertirse en un bebé al que alimentar; una toalla puede representar una manta; una caja puede transformarse en una casa, una fortaleza o una nave interplanetaria. Incluso pueden aparecer objetos invisibles o compañeros imaginarios. Y la clave no está en el objeto, sino en la transformación mental que realiza el menor.

A diferencia de otras formas de entretenimiento infantil, aquí no se siguen reglas externas ni objetivos prefijados. El participante construye una realidad paralela y actúa dentro de ella como si fuera auténtica.

La literatura científica indica que estas competencias emergen precisamente durante los primeros años de vida. Las manifestaciones más sencillas aparecen alrededor de los dos o tres años, mientras que las expresiones más sofisticadas suelen alcanzar su máximo desarrollo entre los cinco y los seis. Por eso, los expertos decidieron averiguar si esas destrezas tempranas podían anticipar diferencias observables en el bienestar psicológico ulterior.

Las manifestaciones más sencillas de estos juegos imaginativos aparecen alrededor de los dos o tres años, mientras que las más sofisticadas suelen alcanzar su máximo desarrollo entre los cinco y los seis.

Más de 1.400 niños seguidos durante años

Para responder a esa pregunta, los autores recurrieron al Longitudinal Study of Australian Children, uno de los mayores seguimientos infantiles realizados en Australia. El análisis incluyó a 1.426 participantes observados durante varias etapas de su desarrollo, permitiendo contrastar las habilidades de juego de ficción observadas entre los dos y tres años con indicadores psicológicos obtenidos más adelante.

Los educadores evaluaron tres comportamientos muy concretos: fingir acciones sencillas, como alimentar un muñeco, utilizar objetos como sustitutos de otros y participar en juegos de rol junto a otros niños. Posteriormente, tanto docentes como cuidadores completaron cuestionarios estandarizados destinados a detectar fortalezas y dificultades emocionales y conductuales.

La principal fortaleza del estudio no reside solo en el tamaño de la muestra. También destaca por la cantidad de variables incorporadas al análisis para evitar interpretaciones simplistas. El equipo australiano incorporó al análisis factores como el nivel socioeconómico, la salud mental materna, las competencias lingüísticas, el idioma hablado en casa y la calidad del apego con el cuidador principal. Eso permitió comprobar si el vínculo seguía existiendo incluso después de descontar parte de la influencia de estos condicionantes.

Recreación artística de una niña y su juego de ficción social. ChatGPT, César Noragueda.

El hallazgo que nadie había medido así

Los resultados fueron consistentes. Los participantes con mayor dominio del juego simbólico presentaban menos dificultades emocionales y conductuales en etapas posteriores. La asociación apareció tanto en problemas internalizantes como externalizantes. Los primeros incluyen fenómenos como la ansiedad, la preocupación excesiva y el retraimiento social. Los segundos abarcan la impulsividad, la agresividad y las conductas disruptivas.

Lo interesante es que el efecto permaneció visible incluso después de introducir todas las variables de control. Y la publicación científica pone de manifiesto que, hasta donde alcanza su conocimiento, este es el primer trabajo que cuantifica la relación entre juego de ficción y salud mental en una cohorte amplia representativa de población general.

Eso no significa que se haya demostrado una causalidad directa, pero sí convierte esta observación en una de las evidencias longitudinales más sólidas disponibles hasta ahora. Por todo ello, una caja convertida en nave espacial parece una trivialidad; en los datos, sin embargo, aparece asociada a diferencias psicológicas detectables varios años después.

Los participantes con mayor dominio del juego simbólico presentaban menos dificultades emocionales y conductuales en etapas posteriores.

La explicación más intuitiva fracasó

Cuando comenzaron su labor, los investigadores manejaban una hipótesis bastante razonable: pensaban que el juego imaginativo mejoraría la regulación emocional y que ese avance justificaría la asociación con la salud mental posterior. La idea parecía lógica. Al interpretar personajes y representar situaciones ficticias, los menores podrían aprender a reconocer emociones, gestionar frustraciones y afrontar conflictos de forma simbólica.

Pero las evidencias obtenidas no respaldaron esa lectura. La regulación emocional no actuó como mecanismo mediador entre el juego de ficción temprano y bienestar psíquico futuro. En otras palabras, el nexo existía, pero no por el camino que los responsables del paper esperaban encontrar. Lejos de ser una decepción, esta conclusión convierte el análisis en algo aún más interesante. La asociación aparece con nitidez. Lo que sigue sin conocerse es el proceso exacto que la origina.

Una pista escondida en el cerebro

La sección de discusión del estudio apunta hacia otro escenario. Los expertos apelan a la teoría de la cognición corporizada, según la cual pensar no consiste únicamente en procesar información de manera abstracta. El cuerpo también participa de un modo activo en la construcción de la mente. Incluso cuando las acciones son imaginarias, el cerebro continúa simulando movimientos y escenarios.

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Durante el juego de ficción, los niños improvisan, planifican, buscan soluciones y representan acciones inexistentes. Estudios citados por los autores indican que estas simulaciones activan regiones motoras cerebrales relacionadas con la ejecución de movimientos reales. Además, investigaciones de neuroimagen han observado actividad en el surco temporal superior posterior durante el juego de ficción tanto individual como compartido. Esta región cerebral participa en procesos relacionados con la empatía y la comprensión de otras personas.

Los autores indican que todavía no existe una demostración definitiva de que este mecanismo explique los resultados observados. No obstante, consideran que constituye una de las propuestas explicativas más prometedoras.

¿Y si los amigos imaginarios estuvieran ayudando?

Entre las ideas más sugerentes del estudio aparece una opción interpretativa que rara vez ocupa titulares. Algunos menores con mayores dificultades para interactuar con sus iguales podrían hallar en la fantasía una vía alternativa para practicar habilidades sociales.

Los investigadores proponen que los compañeros imaginarios podrían actuar como una forma de compensación cuando las interacciones con iguales resultan más complejas. No se trata de una conclusión demostrada por la investigación, sino de una hipótesis. Pero resulta fascinante porque transforma la manera habitual de interpretar estos comportamientos.

Lo que a veces parece aislamiento podría constituir, en determinados casos, una estrategia de adaptación. La imaginación dejaría entonces de ser una simple evasión para convertirse en un espacio de entrenamiento psicológico.

La imaginación dejaría entonces de ser una simple evasión para convertirse en un espacio de entrenamiento psicológico.

Lo que este estudio no demuestra

A pesar de la fuerza de los resultados, los autores son prudentes. Las evidencias muestran asociaciones estadísticas, no relaciones causales demostradas. Todavía es posible que existan factores no medidos que expliquen parte del vínculo observado.

Además, esta competencia vinculada al juego de ficción se evaluó mediante tres preguntas respondidas por educadores, algo que inevitablemente simplifica una habilidad mucho más compleja.

El grupo australiano propone que futuras investigaciones incorporen observaciones directas, tareas específicas y ensayos controlados que permitan comprender mejor los mecanismos implicados.

Quizá no importe cuánto juegan los niños, sino cómo juegan

La reflexión más sugerente del trabajo surge precisamente en la discusión final. Durante años, numerosos análisis han intentado determinar cuánto tiempo deberían dedicar los niños al juego libre. Esta investigación apunta hacia una cuestión diferente; a que, tal vez, la variable decisiva no sea la cantidad de juego, sino la facultad para edificar universos ficticios dentro de ese tiempo lúdico.

Recreación artística de un niño y su juego de ficción casero. ChatGPT, César Noragueda.

Los autores recuerdan que una revisión sistemática reciente identificó el juego de ficción como la modalidad lúdica con mayor potencial para favorecer el bienestar psicológico. Si futuras investigaciones confirman esa pista, el debate podría cambiar de forma radical. La pregunta dejará de ser cuánto juegan los niños y pasará a ser cuántas oportunidades tienen para tejer historias, asumir identidades imposibles, conversar con personajes inexistentes y explorar durante unos minutos realidades que solo habitan en su mente.

Y quizá entonces descubramos que aquellas naves espaciales hechas con cojines nunca fueron un simple juego. Fueron, desde el principio, algo mucho más complejo.


Fuente:

muyinteresante.okdiario.com

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