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Thomas Gomart, director del Ifri: “Estados Unidos ya no quiere ser el gendarme del mundo”

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Thomas Gomart, director del Ifri, analiza la política exterior de Francia y la configuración actual del orden internacional. Fuente: Esteve Alonso

Thomas Gomart, director del Instituto Francés de Relaciones Internacionales (Ifri), analiza en Descifrando la Guerra el giro cada vez más unilateral de Estados Unidos, las dudas estratégicas que atraviesan a Europa en materia de seguridad y defensa, la posición francesa y europea ante la guerra de la Franja de Gaza y el papel del derecho internacional en un orden global cada vez más fragmentado y marcado por la competencia entre grandes potencias.

[Esteve Alonso] La primera pregunta puede estar más orientada a un público joven. Francia sigue atrayendo estudiantes extranjeros, pero está perdiendo centralidad en la competencia global. En un informe de marzo de 2025, el Tribunal de Cuentas recuerda que Francia era el segundo país de acogida del mundo en 1980, el cuarto en 2017 y el séptimo en 2022.

Así que, ¿cree que existe una contradicción estratégica entre la política nacional y la ambición internacional de Francia? En los últimos años, las condiciones de acceso para los estudiantes extraeuropeos se han endurecido e incluso han estado sujetas al control del Consejo Constitucional.

¿Puede Francia aspirar a seguir siendo una potencia de influencia global mientras se vuelve menos accesible en una de las formas tradicionales de soft power de los Estados?

[Thomas Gomart] Este es, obviamente, un tema muy importante: acoger a estudiantes extranjeros en Francia. Es una prioridad y debe seguir siendo una prioridad para el país.

Después, seguimos viendo una evolución de la educación superior global, que se ha convertido en un mercado con estrategias muy activas, quizá más de universidades que de países. Eso también explica que el gran problema ahora sea el coste de estos estudios en un mercado internacionalizado.

Desde este punto de vista, la oferta universitaria francesa sigue siendo muy atractiva porque no tiene, en absoluto, los mismos costes que pueden encontrarse no ya en Estados Unidos, sino en países como el Reino Unido o los Países Bajos, por ejemplo.

Así que es una cuestión importante. Tiene razón al recordar estos informes, pero creo que conviene subrayar que Francia sigue siendo un país que quiere atraer estudiantes de calidad.

[E.A] Si existe esta tensión entre la política nacional y la política exterior de Francia, ¿puede hablarse de una oposición entre ideas o estrategias? En las últimas décadas hemos asistido a una creciente polarización. ¿Cree que esto podría generar problemas para las relaciones internacionales de Francia en este ámbito e incluso en otros?

[T.G] El vínculo entre la política exterior y la política interior, sea cual sea el régimen y sea cual sea la configuración política, es decisivo. Si tomamos el ejemplo de Estados Unidos, el presidente Donald Trump fue elegido y reelegido a pesar de todos los juicios a los que se ha enfrentado. Lo que quiero decir con eso es que primero debemos partir de los resultados políticos y luego ver qué es permanente en un posicionamiento internacional y qué es coyuntural.

En el caso de Francia, todavía existe cierto consenso entre las fuerzas políticas sobre algunos aspectos de su posición internacional. Pienso, en particular, en el hecho de que Francia sea miembro permanente del Consejo de Seguridad y una potencia nuclear, dos elementos compartidos por todas las formaciones políticas.

Luego hay aspectos más coyunturales. En la actualidad, existen dos fuerzas políticas especialmente dinámicas: una en torno a La Francia Insumisa, en la extrema izquierda, y otra en torno al Reagrupamiento Nacional, en la extrema derecha. Estos dos partidos tienen visiones bastante opuestas sobre el país.

En el caso de La Francia Insumisa, hablamos de “criollización”: una visión del mundo basada en el mestizaje y en un concepto cada vez más utilizado por sus representantes electos, el de la “nueva Francia”; básicamente, una Francia mestiza.

Por otro lado, tenemos, simplificando, al Reagrupamiento Nacional, con la visión del “gran reemplazo”: la idea de que los franceses nativos estarían siendo desbordados por las oleadas migratorias.

Estas dos fuerzas, que en la actualidad forman parte de la oposición –aunque el Reagrupamiento Nacional sea numéricamente el primer partido en número absoluto de diputados–, plantean la cuestión de qué transformación implicaría su llegada a la presidencia de la República.

Y luego hay también un bloque central que sigue siendo muy importante, muy vinculado a la integración europea y fundamentalmente favorable a la continuidad de la globalización, entendida como un fenómeno tanto beneficioso como inexorable.

[E.A] Usted ha hablado de Donald Trump. Esta es una cuestión que nos interesa mucho, porque en Europa sus dos presidencias han sido tratadas a menudo como una especie de paréntesis: limitar los daños y esperar que, al final del mandato, Washington vuelva a ser, en cierta medida, el aliado que era antes.

Por ejemplo, recientemente, en Radio Classique, usted dijo que Donald Trump se había dejado torcer el brazo por Benjamin Netanyahu. Ahora, la política estadounidense parece más inestable que en décadas anteriores.

¿Considera que las élites europeas y francesas están dispuestas a admitir que quizá no nos encontramos ante un accidente, sino ante una transformación más profunda de Estados Unidos y del bloque occidental?

[T.G] Hay varios niveles de respuesta a su pregunta. El primer nivel es si consideramos que hay un cambio en la trayectoria de Estados Unidos más allá de la elección y reelección de Donald Trump. Es decir, si consideramos que Estados Unidos ha tomado otra trayectoria distinta a la adoptada desde 1945.

Yo comparto ese análisis. Creo que Estados Unidos está en un momento no aislacionista, sino unilateral, con la idea de que ser el gendarme del mundo es demasiado costoso. Al mismo tiempo, quieren seguir siendo el “primero entre iguales” en la escena internacional.

Creo que esto tiene consecuencias muy profundas, en particular para los europeos, algunos de los cuales siguen vinculados a la relación transatlántica de antaño: una relación cómoda, que consistía en lograr avances económicos y no gastar en defensa y seguridad. Ese es el primer nivel de respuesta.

El segundo nivel tiene que ver con los rasgos específicos de la segunda administración Trump. En el plano ideológico, en su voluntad de criticar e incluso culpar a los europeos, aparece la idea de que habría que salvar a Europa de sí misma, porque estaría amenazada, si usamos los términos de la Estrategia de Seguridad Nacional publicada el pasado otoño, por un borrado de su civilización.

Aquí estamos en un momento de cisma transatlántico que es paradójico: existe una escisión transatlántica en el plano de los valores, pero una convergencia transatlántica en el campo mediático. Lo que ocurre en Estados Unidos con Donald Trump se comenta constantemente en Europa. Nuestro ritmo político está marcado, en cierta medida, por las declaraciones diarias del presidente estadounidense.

Esto es algo nuevo: una escisión transatlántica en términos de valores, pero también una convergencia mediática. Fíjese, por ejemplo, en lo que el caso Epstein muestra sobre la evolución del espacio mediático transatlántico. Creo que es un ejemplo muy característico.

El tercer nivel a tener en cuenta es la relación específica que existe entre estos dos animales políticos: el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Recuerdo que, durante su primer mandato, Donald Trump se negó a atacar Irán. Había autorizado el asesinato en territorio iraquí del general Qasem Soleimani, pero no deseaba atacar Irán, a pesar de que Benjamin Netanyahu ha hecho de la destrucción del programa nuclear iraní el alfa y omega de su política desde hace más de 17 años. Es su obsesión.

Desde este punto de vista, sí, esto es exactamente lo que indiqué en esa entrevista para Radio Classique: Benjamin Netanyahu, el pasado junio, logró convencer a Donald Trump de bombardear Irán.

A principios de 2026, The New York Times explicó este episodio: Benjamin Netanyahu convenció a Donald Trump para intervenir haciéndole creer en la posibilidad de un cambio de régimen muy rápido. A pesar de las reacciones de su entorno, que era muy escéptico respecto a esta lectura israelí, el presidente estadounidense decidió seguir al primer ministro israelí.

Eso da lugar hoy a una integración militar sin precedentes entre Israel y Estados Unidos frente a Irán, con un teatro de operaciones dividido en dos: Estados Unidos se encarga del sur e Israel del norte.

La cuestión que esto plantea, con el estancamiento actual y en particular la situación en el estrecho de Ormuz, es la siguiente: del lado israelí vemos claramente el propósito perseguido, es decir, usar este momento para intentar debilitar a Irán tanto como sea posible y destruir a sus proxies, en particular Hezbolá en Líbano.

Pero, ¿son estos realmente los objetivos que persigue ahora una administración Trump que busca desconectarse? Los efectos de esta situación en Ormuz ya son muy graves para el sistema político y económico estadounidense, con el retorno de la inflación y la perspectiva de las elecciones de mitad de mandato.

De hecho, lo que habría que intentar anticipar también es la evolución de la relación entre Estados Unidos e Israel, porque dentro de la base MAGA encontramos críticas cada vez más fuertes a la decisión de Donald Trump de seguir a Netanyahu.

[E.A] ¿Cree que las élites europeas se están preparando para afrontar esta situación? Existen diferentes posiciones sobre cómo reaccionar ante escenarios como el de Irán.

Podría existir una postura como la adoptada por España, más defensora del derecho internacional, frente a otra posición europea que prefiere seguir alineada con Estados Unidos. ¿Cuál debe ser nuestro papel como europeos ante estos cambios globales?

[T.G] Como siempre, en Europa, hay diferencias de opiniones, y eso es precisamente lo que hace que el proyecto europeo exista. De lo contrario, solo habría una capital y no 27. Creo que no deberíamos sobreinterpretar estas diferencias, sino intentar entenderlas. A menudo se explican por distintas geografías, historias y culturas políticas.

Ahora creo que la gran cuestión para los europeos es esta transformación tan rápida y no deseada de la relación transatlántica. El hecho de que la Unión Europea como tal sea tan criticada por la administración Trump, y de que esta tenga proyectos sobre Groenlandia, demuestra que hemos cambiado de ambiente en la relación transatlántica. Y eso tiene efectos sobre otros asuntos.

Usted ha mencionado la posición de España y la importancia otorgada al respeto del derecho internacional. Creo que también es una de las líneas rojas de la diplomacia francesa: el derecho internacional público como herramienta reguladora de la escena internacional. Considero que esto es compartido por todos los países europeos; por todos los partidos, quizá no tanto.

Sobre la cuestión de Irán, pienso que debemos distinguir tres cosas. En primer lugar, existe una tradición europea de apoyo tanto a Israel como al pueblo palestino. Esto se ha traducido diplomáticamente en que la mayoría de los países europeos piden la solución de dos Estados, lo que ha dado lugar a un proceso de reconocimiento de Palestina.

Por supuesto, no es necesario recordarlo porque es bien conocido, pero esto siempre va de la mano del apoyo al derecho de Israel a existir y también a su seguridad. Esto es importante porque buena parte de la situación actual, y de las diferencias de matiz a las que me refería, responde obviamente a la reacción ante los ataques del 7 de octubre de 2023 y al apoyo dado a Israel por varios países europeos.

Al mismo tiempo, existe una crítica muy fuerte a la ferocidad de la respuesta israelí en la Franja de Gaza y al comportamiento de Israel en el enclave. A esto se suma, por supuesto, la existencia de un gobierno supremacista en Israel, que apoya a los colonos en Cisjordania en flagrante contradicción con el derecho internacional.

Así que, efectivamente, hay matices en la dureza que debe adoptarse hacia las autoridades israelíes. Al mismo tiempo, existen reproches y críticas muy fuertes realizadas desde el sur global –yo lo llamo el sur transaccional–, que utiliza permanentemente el argumento ruso de los dobles raseros.

Básicamente dicen: “Habéis sido extremadamente críticos, habéis impuesto sanciones contra Rusia tras la anexión de Crimea y tras su agresión a gran escala en 2022. No habéis mostrado la misma dureza hacia las autoridades israelíes”.

Pero partimos de que los casos no son iguales. No estamos ante la misma configuración. Sin embargo, existe una crítica extremadamente fuerte que también está presente en las opiniones públicas de los países europeos. Aquí es donde la posición de España resulta interesante de seguir.

[E.A] Usted ha utilizado la palabra “supremacista” para referirse al gobierno israelí y también ha señalado que en Europa no existe consenso a la hora de hablar de esta cuestión. ¿Por qué cree que todavía resulta tan complicado abordar estos temas en Europa?

[T.G.] Porque, como decía, la construcción europea es también una construcción sobre la memoria de la Shoá. Por tanto, implica asimismo un apoyo al derecho de Israel a existir y a hacerlo en condiciones de seguridad. Este ha sido uno de los principales impulsos de las posturas europeas desde 1947. También existe un impulso del derecho de los palestinos a tener su propio Estado. Creo que eso debe ser recordado.

Al mismo tiempo, el argumento del doble rasero… Sabe, yo hice parte de mis estudios en Rusia, así que escucho ese argumento desde mis años de estudiante. Observo que Rusia justifica su comportamiento apelando al doble rasero que atribuye a los occidentales, pero eso no le impide atacar Ucrania ni querer dominarla.

Así que creo que los europeos deben escuchar este argumento del doble rasero y comprender las críticas muy fuertes que pueden surgir del sur global, pero, al mismo tiempo, distinguir el origen de cada situación. En lo que respecta al conflicto israelí-palestino y a la guerra en Ucrania, no estamos en absoluto ante las mismas configuraciones iniciales.

[E.A] Señor Gomart, no tenemos más tiempo, pero le agradecemos que haya respondido a nuestros micrófonos. Muchas gracias por todo.

[T.G] Gracias por la invitación.


Fuente:

www.descifrandolaguerra.es

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