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Ni fue solo la mitocondria ni ocurrió de repente: así nació la primera célula compleja

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Hay una pregunta que la biología lleva décadas respondiendo de forma demasiado elegante. ¿Cómo pasamos de las bacterias, criaturas simples sin núcleo ni orgánulos, a las células complejas que forman nuestros tejidos, nuestros órganos y, en definitiva, todo lo que somos? La respuesta escolar era limpia: una arquea engulló una bacteria, la bacteria sobrevivió dentro y acabó convirtiéndose en la mitocondria. Dos actores, un momento, un salto. Lo que un equipo del IRB Barcelona y el Barcelona Supercomputing Center (BSC-CNS) acaba de publicar en Nature sugiere que esa historia, por elegante que sea, omite la mayor parte del reparto.

El análisis, liderado por el investigador ICREA Toni Gabaldón, ha rastreado las huellas genéticas de miles de genomas para reconstruir quién donó qué en el origen del ancestro común de todas las células eucariotas actuales, el LECA (del inglés Last Eukaryotic Common Ancestor). El resultado no es una corrección menor: es una reescritura del mapa de donantes que incluye a linajes bacterianos poco sospechosos y, hecho sorprendente, a virus gigantes cuya contribución nadie había cuantificado a esta escala.

La versión «de siempre» tenía un problema

La teoría de la endosimbiosis, propuesta por Lynn Margulis en los años sesenta, explicó con elegancia el origen de la mitocondria y el cloroplasto. Una bacteria fue engullida por una arquea, sobrevivió dentro de ella y acabó convirtiéndose en el orgánulo que hoy produce energía en cada una de nuestras células. La teoría resistió décadas de escrutinio y es, en lo esencial, correcta.

Pero la endosimbiosis clásica se limitaba a explicar dos orgánulos. El núcleo, el citoesqueleto, los mecanismos de división celular, el sistema de endomembranas: todos esos componentes también tienen una historia evolutiva, y durante mucho tiempo esa historia era un punto ciego. ¿De dónde venían los genes que los codifican? La respuesta estándar apuntaba a las arqueas del grupo Asgard como donante principal, con la alfaproteobacteria mitocondrial como segundo socio. Limpio, elegante y, al parecer, incompleto.

«Lo que el estudio revela es que el origen de la célula eucariota no fue un evento bilateral sino un proceso de mosaico, donde múltiples linajes bacterianos y virales dejaron su huella genética en el ancestro común», señala el equipo de Gabaldón en el trabajo.

Los albañiles que nadie esperaba

Aquí es donde el análisis introduce los actores que cambian el relato. Junto a la contribución ya conocida de las arqueas Asgard y de las alfaproteobacterias, los modelos filogenómicos detectan señales estadísticamente robustas de transferencia génica procedente de bacterias de otros grupos y de virus gigantes del filo Nucleocytoviricota. Los mismos virus que asociamos habitualmente con infección y destrucción aparecen aquí en un papel radicalmente distinto: como donantes de genes que quedaron integrados en el genoma del ancestro eucariota y que hoy forman parte de funciones celulares básicas.

No lo hicieron con intención, claro. La evolución no negocia contratos. Pero en los tapetes microbianos del océano primitivo, hace entre 1.500 y 2.000 millones de años, se producían contactos e intercambios de material genético entre organismos de linajes muy distintos. Algunos de esos genes transferidos resultaron útiles, se fijaron en la población y acabaron viajando hasta nosotros. La imagen que emerge no es la de una fusión entre dos socios, sino la de una obra de albañilería comunal donde el plano se fue dibujando a medida que llegaban los materiales.

Representación visual abstracta de la convergencia matemática de rastros genéticos en el ancestro común eucariota (LECA). Imagen generada con IA. Foto: Nano Banana / Scruzcampillo.
Representación visual abstracta de la convergencia matemática de rastros genéticos en el ancestro común eucariota (LECA). Imagen generada con IA. Foto: Nano Banana / Scruzcampillo.

Y es que el mosaicismo génico que describe el estudio no implica que todos los donantes vivieran juntos en el mismo momento ni que hubiera un «instante fundacional» de la célula eucariota. El proceso fue gradual, acumulativo y, en buena medida, oportunista: la célula ancestral incorporó lo que encontró útil en su entorno, de donde lo encontrara.

Cinco años en el MareNostrum

El trabajo no es una hipótesis especulativa. Es el resultado de más de cinco años de cómputo intensivo en el superordenador MareNostrum del BSC-CNS, uno de los más potentes de Europa. El equipo analizó miles de genomas de bacterias, arqueas y virus aplicando filogenómica comparativa: reconstruir árboles evolutivos de genes individuales para detectar cuáles comparten historia común con los genes eucariotas y cuáles llegaron por transferencia horizontal.

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La potencia de cómputo importa porque la señal evolutiva de hace 2.000 millones de años es débil y está enterrada bajo millones de generaciones de cambio genético. Extraerla con rigor estadístico requiere procesar cantidades de datos que hace una década eran inabordables (una filogenómica comparativa a escala de reino, vamos). El equipo retuvo solo las señales con respaldo estadístico robusto, descartando asociaciones débiles que podrían reflejar convergencia o contaminación de los datos. La prudencia metodológica es parte del argumento.

El estudio no suma donantes hasta que la historia suene compleja. Identifica los que dejan una huella verificable. Son cosas distintas.

Ecos efímeros de un tiempo remoto

El análisis es computacional: arqueología molecular sobre genomas modernos. No hay fósiles de la primera célula eucariota porque los organismos unicelulares de hace dos mil millones de años no dejan restos mineralizados interpretables con facilidad. Lo que los modelos reconstruyen son ecos matemáticos de interacciones antiguas, no registros directos de lo que ocurrió. La datación precisa de cuándo se produjeron las transferencias genéticas, en qué entorno físico y bajo qué condiciones ambientales, sigue siendo en gran medida una incógnita. El estudio responde quiénes donaron genes; no puede responder cuándo exactamente ni cómo fue el contacto físico entre esos organismos. Declarar esa incertidumbre no resta valor al hallazgo: lo sitúa honestamente en la cadena de conocimiento.

Lynn Margulis

Lynn Margulis y la Teoría Endosimbiótica | Grandes Bioinvestigadoras

La siguiente frontera

Si la célula eucariota se construyó con piezas de múltiples donantes a lo largo de millones de años, la siguiente pregunta lógica es cuál fue el orden del ensamblaje. ¿Llegaron primero los genes de arquea y después los virales? ¿Hubo un período de mayor permeabilidad genética en el que la tasa de transferencia horizontal se disparó? ¿Qué condiciones del océano primitivo favorecieron ese intercambio constante?

El estudio de Gabaldón no cierra el debate sobre la eukaryogénesis: lo replantea con datos que obligan a buscar respuestas más complejas. La filogenómica ha demostrado que el mapa de donantes es más amplio de lo que pensábamos. La siguiente frontera es reconstruir la secuencia temporal de ese ensamblaje, y para eso harán falta métodos que todavía estamos desarrollando. La célula con la que leemos este artículo tardó cientos de millones de años en ensamblarse con piezas de orígenes sorprendentes. Comprenderla del todo puede llevarnos otro tanto.

Referencias

Gabaldón, T. (2026). Gene ancestries reveal diverse microbial associations during eukaryogenesis. Nature. DOI: 10.1038/s41586-026-10639-9


Fuente:

muyinteresante.okdiario.com

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