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Vicente I. Sánchez | @Snchez1Godotx
Tinieblas es una de esas obras que nos recuerdan la grandeza del teatro y sus enormes posibilidades. La nueva propuesta de la autora y directora Edurne Rubio, que puede verse en la sala Francisco Nieva del Centro Dramático Nacional hasta el 31 de mayo, nos invita, literalmente, a perdernos y a abrir nuestros sentidos y emociones.
La pieza envuelve al espectador en una neblina que impide ver y comprender del todo, pero no sentir. Es una obra que incluso podría experimentarse con los ojos cerrados
Valiéndose del efecto del humo durante gran parte del espectáculo, la obra construye una experiencia a medio camino entre el ASMR y la hipnosis, en la que resulta inevitable evocar las atmósferas densas y mágicas que creaba Andréi Tarkovski en películas como Stalker. En este sentido, parece materializarse aquella máxima del director ruso sobre “esculpir en el tiempo”, algo que aquí se percibe con especial intensidad.
Así, Edurne Rubio llena de humo el teatro para construir un espectáculo que nos habla de mundos extraños, donde emergen personajes perdidos que tratan de encontrarse y que evocan múltiples sentimientos. Gracias a la iluminación y escenografía de Leticia Skrycky, se genera una atmósfera en la que los espacios desaparecen y apenas se intuyen, mientras que el sonido y la luz modelan una propuesta poderosamente hipnótica y, por momentos, incluso relajante. No se trata simplemente de humo sobre el escenario, sino de toda una poética escénica basada en su uso: oculta espacios, hace desaparecer cuerpos y crea un mundo en el que todo parece posible.
Tinieblas comienza con una mujer sentada en un escenario completamente vacío, que relata cómo, estando en el campo, de pronto se ve envuelta en la niebla y desaparece. A partir de ahí se despliega un espectáculo abierto a múltiples interpretaciones, que nace como una experiencia sensorial construida desde la pérdida, la escucha y la imaginación. De algún modo, la obra aborda temas como el dolor de la guerra, la inmigración o la pérdida, pero siempre desde la sutileza, convirtiendo esta última en un elemento casi mágico.
La pieza envuelve al espectador en una neblina que impide ver y comprender del todo, pero no sentir. Es una obra que incluso podría experimentarse con los ojos cerrados o en un estado cercano a la ensoñación: todo es tan difuso y bello que basta con estar presente. Con un reparto formado por Tania Arias Winogradow y Somaya Taoufiki, y con la presencia de Eva Shirlee García Schulman y Hafida Tisrou, la obra se presenta como una sorprendente colección de historias sobre personas que se pierden. El teatro como un lugar donde perderse juntos.
En definitiva, una propuesta tan sensorial que describirla con palabras resulta, casi, un contrasentido.

Fuente:
www.nuevatribuna.es



