Parecía, esa caída de muñecas partías, como la caída de un ángel que ha perdido sus alas, y ante la falta de vuelo ya sólo le queda entregarse en cuerpo y alma a su devenir, en ese no saber qué pasará. Era como entregarse a … un abismo, y rezar un callado ‘que sea lo que Dios quiera’, porque para torear así, como para escribir ‘Fausto’ o esculpir ‘El Pensador’, uno debe tener irremediablemente fe, si bien no necesariamente religiosa, sí fe en uno mismo, en su corazón creador. ¿Fe en uno mismo? Naturalmente, fe en el propio arte, pues toda creación exige un sacrificio más allá de lo humano, un sacrificio a lo divino, si es que se consigue.
Yo creo que en su cuerpo de junco, ya en el vestirse y ponerse la taleguilla, él mismo hallaba esa fe, primero en Cristo, al que rezaba con devoción, pero también a su corazón mismo. Por ello, todo lo que acontecía en el ruedo tenía algo de sagrado. Escribí en ‘Galleando y Belmonteando’ que el hombre inventó el arte para que así Dios y el demonio nos hablaran a través del espíritu santo del creador.
Ha sido pues en ese diálogo, cuando la verónica tomaba cáliz de verónica, y cuando el natural con el de pecho tomaban expresión de… se acabó. Porque cuando el arte se revelaba así, de esa manera tan diablesca y enduendada, uno sentía y sabía que aquello se había acabado, cual tragedia griega, que luego vendrán otras cosas, sí, no sé si mejores o peores, pero nunca más ésas, las de las diabluras en su cintura, las del toro que se funde con el chaleco dorado del torero, las de citar andando y toreando, las de aquellos ayudados a dos manos con el compás ungido en sí. Y sentías que se quedaba solo, porque todo arte se es y se hace en la más ceremonial e íntima soledad, que es como se produce el quejío, el de los huesos y el de la carne, para hacerse oír por el eco de los tiempos.
Fuente:
www.abc.es



