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Marruecos como potencia regional emergente en plena efervescencia (1999–2026)

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Introducción: Una reconfiguración policéntrica y el ascenso de las potencias medias “inteligentes”

Construcción doctrinal y mejora cualitativa de la política exterior marroquí

Diplomacia económica y mejora cualitativa geoeconómica: Convertir la interdependencia en palanca de poder

África, profundidad estratégica y cooperación Sur-Sur: Poder relacional y legitimidad continental

El Atlántico como horizonte estratégico: Iniciativas, corredores y proyección de influencia

Inteligencia de posición y racionalidad decisional: Leer la transición, estructurar la acción, producir resultados

Mediación para la Paz y contribución al orden internacional: La credibilidad por la acción

Soft power, diplomacia cultural, religiosa y deportiva: La proyección simbólica del poder.

Conclusión: Una potencia regional “inteligente” en plena efervescencia en un mundo inestable

Desde la entronización del rey Mohamed VI (1999), Marruecos se ha afirmado progresivamente como una potencia regional emergente al estructurar su acción exterior en torno a una jerarquización rigurosa de los intereses vitales y a una coherencia estratégica duradera. En la interfaz euro-mediterránea, atlántica y africana, el país norteafricano ha convertido su profundidad histórica, la estabilidad de su centro de legitimidad política y su posición geoestratégica en palancas de afirmación regional. El Sahara marroquí constituye su núcleo doctrinal, articulando soberanía, estrategias activas de asociación e inserción multilateral en una dinámica de consolidación diplomática continua.

<p>El ministro marroquí de Asuntos Exteriores, Cooperación Africana y Marroquíes Expatriados, Nasser Bourita - Pavel Bednyakov vía REUTERS</p>
El ministro marroquí de Asuntos Exteriores, Cooperación Africana y Marroquíes Expatriados, Nasser Bourita – Pavel Bednyakov vía REUTERS

Esta afirmación exterior descansa sobre una transformación interna sostenida y multinivel que atraviesa las esferas institucional, socioeconómica, industrial, tecnológica y climática. La modernización gradual del Estado de derecho, el despliegue de infraestructuras estructurantes, la mejora cualitativa del aparato productivo y la apertura a las inversiones internacionales han reforzado la estabilidad, la previsibilidad y la credibilidad, elementos que se han vuelto centrales en la proyección regional del país. Esta dinámica interna alimenta una diplomacia diversificada, estructurada en torno a la cooperación Sur-Sur en el seno del Sur global, la producción de bienes públicos regionales y una estrategia proactiva de asociaciones.

Este artículo propone así una lectura teórico-empírica integrada, movilizando el realismo (estructural y neorrealismo), el constructivismo, así como modelos de análisis de política exterior con variables múltiples (niveles sistémico, estatal, societal y decisional). Sostiene que Marruecos se ha afirmado como una potencia regional en ascenso, no solamente por acumulación mecánica de capacidades, sino por una inteligencia de posición a través de su capacidad para leer las inflexiones del sistema (multipolaridad competitiva, crisis de seguridad, reconfiguración de las cadenas de valor, fragilización normativa), estabilizar coaliciones y convertir ventajas geoestratégicas e identitarias en ganancias diplomáticas.

El Rey de Marruecos, Mohamed VI - PHOTO/ARCHIVO
El Rey de Marruecos, Mohamed VI – PHOTO/ARCHIVO

El sistema internacional de este inicio de 2026 se caracteriza menos por un “nuevo orden” estabilizado que por una configuración inestable donde se combinan rivalidades de potencias, fragmentación de los alineamientos y una competencia acrecentada por los corredores, las tecnologías y los puntos de apoyo geoestratégicos. Esta dinámica es descrita con frecuencia, en el debate europeo, como la entrada en un mundo “postoccidental” o, cuando menos, como el fin de la ilusión de una primacía normativa y estratégica unívoca. Esta lectura coincide con ciertas ideas que analizan la transición en curso no como un simple declive occidental, sino como una recomposición pluralista del orden internacional, marcada por el aumento de capacidades de actores no occidentales y la fragmentación de los marcos normativos dominantes. En este contexto, la competencia ya no se juega solamente entre polos globales (Estados Unidos/China/Rusia), sino también en el espacio de acción de Estados capaces de convertir su posición y sus redes en ventaja comparativa. En esta etapa, las potencias medias que, según la literatura de las Relaciones Internacionales, “cuentan” porque saben coaligar, mediar y estabilizar arreglos gozan de una capacidad para producir una influencia sistémica que excede los solos recursos materiales, a través de una forma de liderazgo funcional, basado en la mediación, la credibilidad y la producción de estabilidad antes que en la coerción.

El período 2023–2026 ha acentuado esta realidad. La guerra en Ucrania ha consolidado la centralidad de las cuestiones de seguridad y energía; la guerra de Gaza ha polarizado de manera duradera las arenas diplomáticas y ha reavivado las tensiones entre principios proclamados y prácticas de poder; la competencia tecnológica y comercial sino-estadounidense se ha traducido en políticas industriales y restricciones estratégicas de ambas partes; y los debates sobre el Ártico, incluso en torno a Groenlandia, han ilustrado la reemergencia de una geopolítica de los territorios y los recursos en zonas antaño periféricas. Dicho de otro modo, el entorno sistémico confirma una intuición neorrealista: en situación de anarquía, la seguridad y la distribución de capacidades estructuran los comportamientos, mientras que las normas y el derecho internacional – aunque necesarios- son tanto más eficaces cuanto más se apoyan en equilibrios e incentivos creíbles. Esta tensión entre normas proclamadas y relaciones de fuerza efectivas está en el centro de los debates contemporáneos sobre la resiliencia del multilateralismo y sobre los límites funcionales del orden liberal internacional en un contexto de rivalidad estratégica acrecentada.

En este marco, Marruecos ofrece una cuadrícula de análisis y un caso de estudio particularmente heurístico. Estado antiguo, en la intersección de los espacios euroatlántico, mediterráneo y africano, Rabat ha desarrollado desde 1999 una diplomacia a la vez coherente (constantes estratégicas) y adaptativa (diversificación de asociaciones, mejora cualitativa económica, instrumentos de influencia).

La hipótesis rectora de este artículo es que esta trayectoria se explica por una inteligencia estratégica de posición mediante una capacidad estatal para definir una finalidad (seguridad, integridad territorial, desarrollo, entre otros), interpretar finamente las oportunidades y limitaciones sistémicas, y luego organizar el aparato diplomático, económico, securitario y simbólico para alcanzar un resultado medible. Este concepto se inscribe en la confluencia de dos escuelas teóricas de las Relaciones Internacionales:

Por un lado, el realismo (y sus variantes), que recuerda que los Estados jerarquizan sus intereses vitales, buscan alianzas y aseguran sus márgenes de maniobra.

Por otro lado, los enfoques constructivistas, que muestran cómo la identidad, la legitimidad, las representaciones y las normas se convierten en recursos políticos y diplomáticos.

Sobre esta base, la sección siguiente examina cómo Marruecos ha sabido construir una política exterior de potencia media, en ascenso, combinando seguridad, desarrollo, coalition-building e instrumentos de influencia, con un énfasis particular en el Sahara marroquí y el plan de autonomía como pivote doctrinal y diplomático.

Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, y Nasser Bourita, ministro de Asuntos Exteriores de Marruecos - PHOTO/Embajada de Marruecos
Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, y Nasser Bourita, ministro de Asuntos Exteriores de Marruecos – PHOTO/Embajada de Marruecos

Construcción doctrinal y mejora cualitativa de la política exterior marroquí

Factores endógenos de poder: Continuidad estatal milenaria y singularidad histórica de Marruecos

Uno de los rasgos salientes más profundos de la política exterior marroquí, y sin duda el primero, reside en la continuidad estatal del país y su anclaje histórico. El Reino Jerifiano de Marruecos, como Estado-nación, surgido de varias dinastías imperiales sucesivas, constituye una de las configuraciones institucionales más singulares y antiguas del mundo. Su centro de legitimidad política nunca fue interrumpido, incluso durante el período colonial. Bajo el régimen del protectorado instaurado por Francia y España en 1912, además de Tánger bajo administración internacional, las estructuras fundamentales del Estado y la continuidad de la autoridad monárquica fueron mantenidas. Esta continuidad a lo largo de más de diez siglos ha moldeado un aparato decisional estable y una cultura estratégica coherente.

A diferencia de numerosas trayectorias poscoloniales caracterizadas por rupturas institucionales o refundaciones abruptas, Marruecos ha conservado una matriz estatal acumulativa, lo que hoy le confiere una ventaja comparativa en materia de previsibilidad y coherencia estratégica. Esta estabilidad no es solamente una herencia simbólica. Constituye un activo diplomático. En un entorno regional marcado por discontinuidades estatales y crisis institucionales, la resiliencia marroquí reduce la incertidumbre para sus socios y refuerza su credibilidad externa.

Este activo constituye así un factor explicativo mayor de la capacidad de resiliencia del Estado marroquí y de la estabilidad de su aparato decisional, constituyendo una fuente de legitimidad interna y externa, las cuales constituyen los elementos centrales de su credibilidad internacional.

Continuidades estratégicas, adaptación realista e inteligencia de posición

Desde 1999, la política exterior de Marruecos se inscribe en una trayectoria de continuidad estratégica dominada, combinada con una capacidad de adaptación progresiva a las mutaciones del sistema internacional. Esta dialéctica entre constancia y ajuste constituye uno de los marcadores centrales de lo que las teorías realista y neorrealista identifican como una política exterior racional en un entorno anárquico donde prima la preservación de los intereses vitales, conjugada con la optimización de los márgenes de maniobra externos.

El núcleo duro de esta doctrina reposa, entre otros, sobre dos pilares indisociables, a saber: la integridad territorial y la seguridad nacional ampliada. Estos principios encuentran igualmente su fundamento explícito en el orden constitucional marroquí, cuyo preámbulo consagra la unidad nacional y territorial del país como marco intangible de la acción pública interna y externa.

Karim Zidane, ministro de Inversiones, Convergencia y Evaluación de las Políticas Públicas de Marruecos - ATALAYAR/GUILLERMO LÓPEZ
Karim Zidane, ministro de Inversiones, Convergencia y Evaluación de las Políticas Públicas de Marruecos – ATALAYAR/GUILLERMO LÓPEZ

Estas prioridades estructuran el conjunto de las opciones diplomáticas, securitarias y económicas de Marruecos y confieren una coherencia de conjunto a su acción exterior. A diferencia de estrategias más oportunistas observadas en ciertos contextos regionales, Marruecos ha mantenido una jerarquización clara de sus objetivos, conforme a la idea morgenthauiana según la cual la política exterior no puede ser inteligible sino a partir de intereses definidos en términos de poder y de supervivencia estatal.

Sin embargo, esta centralidad del interés nacional no se ha traducido en repliegue o rigidez doctrinal. Por el contrario, Marruecos ha ampliado progresivamente el espectro de sus instrumentos y de sus asociaciones, integrando dimensiones económicas, climáticas, sociales y culturales, entre otras, en un enfoque que puede calificarse de realismo ampliado. Esta evolución coincide con los análisis neorrealistas contemporáneos que subrayan que, en un contexto de multipolaridad competitiva, el poder ya no se reduce a las solas capacidades militares, sino que engloba la credibilidad, la reputación de fiabilidad y la capacidad de producir bienes públicos regionales, entendidos como contribuciones a la seguridad, a la estabilidad y a la gobernanza colectiva en un entorno internacional fragmentado.

Diversificación de las asociaciones y autonomía estratégica relacional

Uno de los rasgos salientes de la política exterior marroquí desde comienzos de los años 2000 reside igualmente en la diversificación sistemática de las alianzas y las asociaciones. Sin romper con sus anclajes históricos euroatlánticos, Rabat ha desarrollado una diplomacia de redes, basada en la multiplicación de formatos bilaterales, regionales y multilaterales. Esta estrategia corresponde a lo que las teorías de las Relaciones Internacionales describen como una búsqueda de autonomía estratégica relacional orientada a reducir la dependencia de un solo polo, evitando al mismo tiempo una postura de alineamiento rígido¹³.

Las relaciones con Estados Unidos ilustran perfectamente esta lógica. Asociación estratégica antigua que data de la creación de los Estados Unidos (siendo Marruecos el primer Estado en reconocer su independencia), reforzada por un acuerdo de libre comercio que entró en vigor en 2006, este capital relacional se ha ampliado progresivamente a lo largo de los años a los ámbitos securitario, militar, económico y tecnológico.

Esta relación, en cuanto modelo-tipo, fundada en la confianza, la constancia y la previsibilidad, ha contribuido considerablemente a reforzar la credibilidad internacional de Marruecos, al tiempo que ofrece a Rabat una profundidad estratégica en un entorno regional e internacional inestable. En una lectura realista, este tipo de asociación mutuamente beneficiosa constituye un multiplicador de poder para un Estado de tamaño intermedio.

Paralelamente, Marruecos ha intensificado sus relaciones con otros actores no occidentales y emergentes, en particular en África, Asia y América Latina. Esta apertura ha ido acompañada de una presencia institucional creciente en las organizaciones de carácter regional, birregional e internacional o universal.

Así, el despliegue diplomático en el espacio panamericano constituye uno de los ejemplos más ilustrativos. Siendo el único país del mundo árabe cuya una franja de la población es hispanohablante, Marruecos está hoy presente, en calidad de miembro observador asociado, en alrededor de 10 organizaciones regionales y subregionales de las Américas, que cubren las vertientes política, parlamentaria, económica, técnica, cultural y securitaria ⁸, lo que le permite neutralizar los intentos de marginación diplomática y proyectar una influencia transregionales duradera. Esta inserción multilateral no responde a una simple lógica simbólica, sino a una estrategia de coalition-building, orientada a diversificar las asociaciones a través de hojas de ruta de cooperación ambiciosas, así como a consolidar apoyos duraderos sobre los expedientes vitales para Marruecos.

El enviado personal del secretario general de las Naciones Unidas para el Sáhara Occidental, Staffan de Mistura, y el principal asesor para África del presidente de EE. UU., Massad Boulos - Photo redes
El enviado personal del secretario general de las Naciones Unidas para el Sáhara Occidental, Staffan de Mistura, y el principal asesor para África del presidente de EE. UU., Massad Boulos – Photo redes

El Sahara marroquí y el plan de autonomía como pivote doctrinal

La cuestión del Sahara marroquí es una cuestión vital y de interés supremo que ocupa un lugar central en la arquitectura doctrinal de la política exterior del país en la medida en que constituye una de las etapas decisivas del afianzamiento de la integridad territorial de Marruecos y de su estabilidad. Lejos de ser un expediente aislado, constituye un pivote estructurante en torno al cual se articulan las opciones diplomáticas, securitarias y de desarrollo. La presentación del Plan de Autonomía por Marruecos (por primera vez en 2007) en calidad de iniciativa y en febrero de 2026 en forma de un Plan ampliamente detallado como única base de negociación para una solución política realista, creíble y duradera, marcó un giro mayor en la gestión internacional de la diferencia regional en torno al Sahara marroquí.

En una perspectiva realista, este plan puede analizarse como un enfoque de transformación de un conflicto de soberanía en un compromiso institucional compatible con los equilibrios de poder y las expectativas de la comunidad internacional. La dinámica diplomática que le ha seguido y acompañado, caracterizada por la ampliación del apoyo internacional al plan de autonomía y por la apertura de representaciones consulares en las provincias del Sur, testimonia una estrategia gradual de legitimación por los hechos y por el compromiso institucional. A título ilustrativo, la credibilidad del Plan de Autonomía marroquí se traduce hoy en el apoyo explícito de más de 120 Estados miembros de la ONU, así como en la apertura de más de 30 consulados generales en El Aaiún y Dajla, reflejando de facto un reconocimiento creciente de la soberanía de Marruecos  sobre sus provincias del Sur.

La adopción, el 31 de octubre de 2025, por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas de una resolución que consagra el plan marroquí de autonomía como base principal de una solución política constituye un hito diplomático mayor. Adoptada en el marco de una configuración del Consejo de Seguridad extremadamente delicada (once votos favorables, con tres abstenciones y sin recurso al veto), esta resolución sanciona un viraje del marco onusiano. Desde ese momento, la soberanía marroquí deja de ser una hipótesis debatida para convertirse en el único marco normativo de la solución promovido por la Comunidad internacional. Traduce, por consiguiente, la capacidad de Marruecos para inscribir su posición en el lenguaje onusiano de compromiso, al tiempo que consolida una lectura del expediente conforme con su soberanía y su integridad territorial en un juego de equilibrio y recalibración de posición pertinentemente delicado. En una perspectiva neorrealista, este episodio refleja la capacidad de un Estado para transformar coaliciones diplomáticas en normas multilaterales estabilizadas y confirma en muchos aspectos la hipótesis según la cual la credibilidad diplomática y la constancia estratégica pueden producir resultados tangibles en un entorno multilateral restringido.

Omar Hilale, representante Permanente de Marruecos ante las Naciones Unidas - PHOTO/ UN Photo/Cia Pak
Omar Hilale, representante Permanente de Marruecos ante las Naciones Unidas – PHOTO/ UN Photo/Cia Pak

Seguridad, resiliencia y producción de estabilidad regional

Más allá del expediente del Sahara, la política exterior marroquí se ha afirmado mediante una contribución activa a la estabilidad regional e internacional, tanto en el plano regional como en el Sahel y en el Mediterráneo, así como internacional en el marco de la ONU. La participación en las Operaciones de Mantenimiento de la Paz, su compromiso en la lucha contra el terrorismo y los tráficos transnacionales, así como sus iniciativas en materia de formación securitaria y religiosa, se inscriben en esta lógica de producción de bienes públicos de seguridad. Marruecos, reconocido por su enfoque securitario global, colabora estrechamente con la ONU y las instancias internacionales, posicionándose como un socio estable y un líder en la desradicalización.

Marruecos es un actor clave y reconocido internacionalmente en la lucha contra el terrorismo, adoptando un enfoque multidimensional (securitario, religioso, de desarrollo) y proactivo. El país se apoya en el desmantelamiento regular de células terroristas, la reforma del ámbito religioso y una cooperación internacional reforzada, particularmente en África con la ONU.

A ello se añade la gestión de la Primavera Árabe en 2011, que constituye un caso emblemático de resiliencia estatal. Frente a una onda de choque regional mayor, Marruecos privilegió una respuesta, e incluso un enfoque, basado en la anticipación reformista, la adaptación institucional y el mantenimiento del consenso social. Esta capacidad para absorber presiones sistémicas sin ruptura violenta refuerza la credibilidad externa del Estado y alimenta su reputación de socio estable y fiable.

En una lectura neorrealista enriquecida, esta estabilidad interna se convierte en un activo externo. Acrecienta la capacidad de proyección diplomática, tranquiliza a los socios económicos y confiere al país un papel de mediador creíble en varios expedientes regionales, especialmente en África del Norte y en el Sahel. La diplomacia marroquí se inscribe así en una lógica de seguridad cooperativa, donde la protección de los intereses nacionales converge con la estabilización del entorno regional¹⁹.

<p>Fuerzas de seguridad de Marruecos hacen guardia en la sede de la Oficina Central de Investigaciones Judiciales (BCIJ) en Sale, Marruecos, el 24 de febrero de 2025 - REUTERS/AHMED ELJECHTIMI </p>
Fuerzas de seguridad de Marruecos hacen guardia en la sede de la Oficina Central de Investigaciones Judiciales (BCIJ) en Sale, Marruecos, el 24 de febrero de 2025 – REUTERS/AHMED ELJECHTIMI 

Diplomacia económica y mejora cualitativa geoeconómica: Convertir la interdependencia en palanca de poder

Si el realismo clásico privilegió durante mucho tiempo el poder militar como variable cardinal, la literatura contemporánea de las Relaciones Internacionales muestra que, en las configuraciones transicionales, la jerarquía internacional también se recompone por la geoeconomía mediante el control de las cadenas de valor, la securización de los corredores logísticos, la atractividad de las plataformas industriales, el acceso a las tecnologías y la capacidad de producir bienes públicos (energía, alimentación, conectividad). En este registro, la trayectoria marroquí desde 1999 revela una estrategia de conversión metódica orientada a convertir la apertura económica, los acuerdos preferenciales y el posicionamiento geográfico en un instrumento de cooperación, credibilidad e influencia.

En esta línea, Marruecos ha consolidado progresivamente una arquitectura de inserción económica internacional basada en tres lógicas complementarias. En primer lugar, una lógica de anclaje a los espacios euroatlánticos (comercio, inversiones, normas, movilidad), orientada a asegurar flujos estructurantes y estabilizar la relación con socios centrales.

A continuación, una lógica de diversificación hacia actores emergentes – África, Golfo, América latina, Asia- con el fin de reducir dependencias y aumentar las opciones estratégicas. Por último, una lógica de plataformización cuyo objetivo es erigir al país en un cruce de producción, transformación y redistribución hacia varias áreas geográficas (Europa, África, Atlántico). Desde el punto de vista de las teorías de las Relaciones Internacionales, esta configuración corresponde a la racionalidad de las potencias en ascenso que no buscan la hegemonía, sino el aumento de su peso relativo mediante la optimización de las interconexiones, las redes y la reputación de fiabilidad.

Así, esta dinámica puede leerse como una articulación entre neorrealismo y geoeconomía. El sistema impone limitaciones (competencia tecnológica, fragmentación comercial, seguridad energética), pero también ofrece oportunidades a los Estados capaces de leer las tendencias y posicionarse como nodos y no como periferias. Marruecos ha buscado precisamente estabilizar este estatuto de nodo mediante la mejora de las infraestructuras, la atractividad industrial, la diplomacia económica y la proyección de iniciativas.

La dimensión más decisiva no es solamente la acumulación de capacidad, sino la capacidad de producir un reconocimiento externo. El ascenso de los Estados en una fase transitoria depende en gran medida de la percepción de su desempeño, de su previsibilidad y de su capacidad para ofrecer ganancias mutuas a los socios. En este marco teórico, ello coincide con la idea de “inteligencia de posición”, que consiste en comprender a tiempo la evolución de las relaciones de fuerza y organizar el aparato nacional (diplomático, económico, securitario, entre otros) para convertir estas evoluciones en resultados medibles y tangibles.

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África, profundidad estratégica y cooperación Sur-Sur: Poder relacional y legitimidad continental

El retorno de Marruecos al seno de la Organización continental de la Unión Africana en 2017 (y la centralidad otorgada a África en la diplomacia marroquí) se inscribe en una lógica puramente realista, a saber: asegurar el entorno regional, neutralizar las coaliciones adversas sobre los expedientes vitales y construir un capital de confianza mediante una estrategia de cooperación ganar-ganar. Se trata de una orientación que corresponde a una lectura constructivista de las Relaciones Internacionales que considera la legitimidad internacional no como un hecho material sino como algo que se construye a través de narrativas de solidaridad, prácticas de cooperación y coherencia entre discurso y compromisos. La cooperación Sur-Sur marroquí, tal como se ha estructurado desde 1999, coincide perfectamente con esta idea en el sentido de que constituye una matriz de influencia. Permite transformar relaciones bilaterales en redes, y redes en coaliciones, que es precisamente uno de los marcadores definitorios de las potencias medias “activas”. En un entorno policéntrico, el poder también se mide por la capacidad de hacer converger preferencias, estabilizar arreglos y ofrecer soluciones practicables. En esta perspectiva, África desempeña tres papeles estratégicos para Marruecos:

Papel de profundidad geopolítica: Amplía el radio de acción diplomática del país más allá de su vecindad inmediata, y le permite pesar en arenas donde se juegan equilibrios globales (votos, coaliciones, organizaciones).
Papel geoeconómico: Ofrece márgenes de crecimiento, asociaciones productivas y una proyección económica coherente con la plataformización (logística, servicios, finanzas, energía).
Papel de legitimación: Ancla la política exterior marroquí en un registro de cooperación y desarrollo, reforzando su credibilidad y su reputación de fiabilidad en el seno del Sur global.

Esta lógica esclarece también la relación entre África y la Cuestión Nacional del Sahara marroquí. En un contexto multilateral, las coaliciones no se construyen únicamente mediante argumentario jurídico, sino que resultan de un capital relacional acumulado, de una confianza consolidada y de intereses convergentes. Marruecos ha buscado así hacer coincidir el registro de la cooperación y el de la soberanía. Cuanto más aparece el Estado como un socio útil y estable, más refuerza su capacidad de hacer oír su posición sobre los expedientes fundamentales.

Consulado de Estados Unidos en Dajla - PHOTO/ARCHIVO
Consulado de Estados Unidos en Dajla – PHOTO/ARCHIVO

El Atlántico como horizonte estratégico: Iniciativas, corredores y proyección de influencia

El ascenso de Marruecos también se comprende por la centralidad otorgada al Atlántico como espacio de proyección, seguridad, prosperidad a través de la integración y la cooperación, y conectividad. En el paradigma neorrealista, los espacios geoestratégicos y los corredores estructurantes se convierten en multiplicadores de poder cuando un Estado dispone de una capacidad de organización y proyección. Aquí, la “inteligencia estratégica” se traduce en una estructuración de un espacio mediante la transformación de un litoral y de una interfaz euroafricana en una arquitectura de influencia multidimensional de gran envergadura (logística, diplomática, securitaria, económica).

En un mundo donde las rivalidades se desplazan hacia las cadenas de suministro, las rutas marítimas, los hubs y los puntos de apoyo, el Atlántico ya no es un simple entorno; se convierte en un teatro de competencia geoestratégica indirecta entre los actores globales. Esto coincide con los análisis contemporáneos sobre la transición sistémica que afirman que la competencia entre grandes polos crea zonas de intermediación donde las potencias medias capaces de ofrecer estabilidad y conectividad adquieren un papel desproporcionado con respecto a su tamaño.

Esta inteligencia estratégica articulada en torno a la centralidad atlántica se materializa en el caso marroquí a través de un conjunto coherente de iniciativas atlánticas interdependientes:

Iniciativa Real de cooperación entre los 22 Estados africanos ribereños del Atlántico, en torno a la seguridad marítima, la economía azul y la integración regional, entre otras; Iniciativa Real destinada a facilitar el acceso de los países del Sahel al océano Atlántico, concebida como respuesta estratégica a las limitaciones de enclavamiento y a las vulnerabilidades securitarias sahelianas; Proyecto de Gasoducto Nigeria–Marruecos–Europa, infraestructura energética transcontinental destinada a reforzar la seguridad energética regional y a reposicionar a Marruecos como hub energético euroafricano.

Así, las iniciativas atlánticas impulsadas por el país no obedecen a un discurso circunstancial. Estas iniciativas de integración regional multidimensional traducen una capacidad para estructurar espacios más que para insertarse pasivamente en ellos, característica de las potencias medias con fuerte inteligencia estratégica. Del mismo modo, se inscriben en una lógica de reconfiguración policéntrica donde el África atlántica se convierte cada vez más en un espacio de proyección económica, cooperación Sur-Sur y estabilización securitaria, particularmente frente a los persistentes desafíos socioeconómicos y securitarios del Sahel.

Desde el punto de vista de una lectura realista de las Relaciones Internacionales, el desafío sigue siendo claro: contribuir a contener las externalidades securitarias regionales (terrorismo, criminalidad transnacional, fragilidades estatales) evitando al mismo tiempo la lógica de confrontación frontal con una vecindad relativamente hostil. Marruecos privilegia, por consiguiente, un enfoque de estabilización por la cooperación, compatible con su interés nacional y su reputación de socio fiable que propugna la paz y la estabilidad regional e internacional.

Nasser Bourita, ministrro de Asuntos Exteriores de Marruecos durante la 48.ª Sesión Ordinaria del Consejo Ejecutivo de la Unión Africana - PHOTO/X/@Marocdiplomatie
Nasser Bourita, ministrro de Asuntos Exteriores de Marruecos durante la 48.ª Sesión Ordinaria del Consejo Ejecutivo de la Unión Africana – PHOTO/X/@Marocdiplomatie

Inteligencia de posición y racionalidad decisional: Leer la transición, estructurar la acción, producir resultados

En una fase de transición sistémica del orden mundial, la doctrina de las Relaciones Internacionales pone el acento en un punto determinante: las grandes crisis no son solamente rupturas, sino momentos de prueba de racionalidad. Los Estados que ascienden en poder son aquellos que saben interpretar las inflexiones del sistema internacional, anticipar los costos y organizar una respuesta coherente.

Los análisis sobre las dinámicas de confrontación hegemónica subrayan que el error estratégico más peligroso, tanto para un actor estatal dominante como para un actor en ascenso, reside en la ilusión de estabilidad y en la falta de ajuste a las transformaciones políticas, económicas y tecnológicas.

Es precisamente aquí donde se inserta la noción de “inteligencia de posición”, que designa menos una “inteligencia” en el sentido estrictamente securitario que una capacidad integrada – económica, diplomática, decisional, cognitiva, entre otras- para leer el sistema y producir una ventaja comparativa en la interacción. La transición (Irán, Oriente Próximo, Ucrania, Gaza, rivalidad sinoestadounidense, reconfiguración comercial y tecnológica, tensiones sobre territorios y recursos, entre otros) ya no deja espacio para estrategias puramente declarativas. Los Estados que cuentan son aquellos que transforman una lectura fina del sistema en coaliciones, arreglos y resultados.

En el caso marroquí, esta inteligencia de posición se materializa por la coherencia entre:

Una finalidad constante (integridad territorial, Causa Nacional, seguridad, desarrollo); Una adaptación táctica (diversificación de asociaciones, coaliciones, presencia activa en foros regionales);Una estrategia de reputación (fiabilidad, estabilidad, capacidad de mediación, rigor y coherencia decisional); Una proyección multidimensional y multiespacial (política, económica, social, cultural, religiosa, securitaria, mediterránea, europea, africana, atlántica).

Abdellatif Hammouchi, director general de Seguridad Nacional y Vigilancia Territorial (DGSN-DGST) durante la 93ª Asamblea General de INTERPOL celebrada en Marrakech, Marruecos del 24 al 27 de noviembre - PHOTO/DGSN_MAROC
Abdellatif Hammouchi, director general de Seguridad Nacional y Vigilancia Territorial (DGSN-DGST) durante la 93ª Asamblea General de INTERPOL celebrada en Marrakech, Marruecos del 24 al 27 de noviembre – PHOTO/DGSN_MAROC

El ascenso de Marruecos no puede comprenderse plenamente sin integrar su contribución directa a los esfuerzos encaminados a la Paz y la Seguridad internacionales y a los mecanismos de gestión y resolución de crisis. De conformidad con la teoría realista y neorrealista de las Relaciones Internacionales, la credibilidad de un Estado no se mide únicamente por sus capacidades internas, sino por su disposición a asumir costos para contribuir a la estabilidad del entorno en el que evoluciona. A este respecto, Rabat se ha afirmado progresivamente como un actor de seguridad responsable, combinando compromiso multilateral, cooperación regional y capacidades nacionales.

La participación marroquí en las Operaciones de Mantenimiento de la Paz de las Naciones Unidas (OMP) constituye un indicador central de esta postura de responsabilidad internacional asumida. Presente de manera continua en varias misiones onusianas, particularmente en África, donde despliega Cascos Azules y hospitales de campaña desde hace más de 60 años, Marruecos figura entre los contribuyentes regulares en tropas, fuerzas de policía y observadores militares.

Con más de 51.000 soldados movilizados en 5 misiones mayores (Congo, Somalia, RDC, Costa de Marfil, República Centroafricana), Marruecos refuerza la estabilidad regional mediante un enfoque humanitario y securitario. Esta implicación se inscribe en el marco de una lógica de realismo cooperativo orientada a estabilizar las zonas de crisis para limitar las externalidades securitarias, al tiempo que refuerza la reputación internacional del Estado como socio fiable.

Paralelamente, la diplomacia marroquí se ha distinguido por una reconocida capacidad de mediación y facilitación. Ya se trate, a título de ejemplo, de expedientes africanos, de dinámicas interlibias o de marcos de diálogo multilaterales, Rabat ha privilegiado un enfoque basado en la neutralidad activa, la hospitalidad diplomática y la búsqueda de soluciones pragmáticas sobre la base de su enfoque y principio de ganar-ganar.

Bajo el ángulo de la teoría constructivista, esta postura contribuye a moldear una identidad internacional específica, la de un Estado percibido como no hegemónico, pero capaz de producir espacios de diálogo creíbles.

Esta credibilidad es indisociable de la estabilidad institucional interna. La gestión de las crisis regionales, conjugada con una trayectoria reformadora gradual desde la Primavera Árabe, ha reforzado la percepción de Marruecos como un polo de estabilidad en un entorno árabe marcado por la volatilidad, especialmente en Oriente Próximo. La literatura de las Relaciones Internacionales sobre la resiliencia estatal subraya que esta capacidad para absorber choques sin colapso institucional constituye un activo estratégico mayor en las fases de transición sistémica.

En la misma línea, la reelección de Marruecos con un fuerte apoyo al Consejo de Paz y Seguridad (CPS) de la Unión Africana, el 11 de febrero de 2026 en Addis Abeba, así como su adhesión oficial durante el Foro Económico Mundial de Davos en enero de 2026, a raíz de la invitación que le fue dirigida para participar, en calidad de miembro fundador, en la creación de un Consejo de la Paz, bajo el liderazgo de los Estados Unidos, destinado a contribuir a los esfuerzos de estabilización en Oriente Medio y en otras zonas de conflicto en la escena internacional, constituyen resueltamente pruebas tangibles de la credibilidad de que goza Marruecos habida cuenta de su acción y su contribución a la paz. La participación marroquí en este marco restringido refleja no solamente el reconocimiento internacional de su posicionamiento a favor de soluciones pragmáticas y de su credibilidad diplomática, sino también de su papel como productor de estabilidad en el mundo.

Foto de familia presidida por Nasser Bourita, ministro de Asuntos Exteriores de Marruecos, durante la 48.ª Sesión Ordinaria del Consejo Ejecutivo de la Unión Africana - PHOTO/X/@Marocdiplomatie
Foto de familia presidida por Nasser Bourita, ministro de Asuntos Exteriores de Marruecos, durante la 48.ª Sesión Ordinaria del Consejo Ejecutivo de la Unión Africana – PHOTO/X/@Marocdiplomatie

Soft power, diplomacia cultural, religiosa y deportiva: La proyección simbólica del poder.

Más allá de los instrumentos materiales, la política exterior marroquí se ha apoyado en una movilización creciente de los recursos inmateriales. La noción de soft power, defendida por Joseph Nye, remite a la capacidad de influir en las preferencias de otros actores mediante la atracción antes que mediante la coerción. En el caso marroquí, esta dimensión no sustituye a las lógicas realistas; las complementa al reforzar la legitimidad, la visibilidad y la resonancia internacional de la acción exterior.

La diplomacia religiosa o cultual, fundada en un Islam del justo medio, institucionalizado e históricamente arraigado, constituye un vector central de esta proyección. De conformidad con la escuela de pensamiento y jurisprudencia malikí, los programas de formación de imames, la cooperación religiosa con varios Estados africanos y europeos, así como la valorización del modelo marroquí de gestión del ámbito religioso, participan en la producción de un capital simbólico específico, articulado a la lucha contra el extremismo violento y a la promoción de la estabilidad social. Desde un punto de vista teórico, esta estrategia ilustra perfectamente el concepto de soft power de Joseph Nye, donde la capacidad de atracción reemplaza a la coerción para servir objetivos de política exterior, en particular la defensa de la integridad territorial.

Esta proyección simbólica se arraiga en una concepción constitucional explícita de la identidad nacional. El Preámbulo de la Constitución marroquí de 2011 consagra, en efecto, una identidad marroquí “una e indivisible”, nutrida por la convergencia de sus afluentes arabo-islámico, amazigh y saharo-hassaní, enriquecida por sus afluentes africano, andalusí, hebraico y mediterráneo. Esta base constitucional confiere a la acción exterior del país una profundidad identitaria singular, permitiendo articular continuidad histórica, pluralidad cultural y proyección diplomática. Según una lectura de la escuela constructivista de las teorías de las Relaciones Internacionales, esta identidad institucionalizada funciona como un recurso estratégico en la medida en que estructura el relato internacional de Marruecos, refuerza su credibilidad normativa y apoya su capacidad para ejercer una influencia fundada en la legitimidad antes que en la coerción.

En el plano cultural y artístico, esta diplomacia se ha concretado mediante la apertura de museos de clase mundial, como el Museo Mohammed VI de Arte Moderno y Contemporáneo, y la organización de grandes exposiciones internacionales que ponen en escena la historia milenaria del país. Hasta el horizonte de 2026, esta dinámica se proyecta ahora hacia la cooperación Sur-Sur y el espacio atlántico, utilizando festivales como el Festival de los Nómadas o el Festival Gnaoua ya no solamente como acontecimientos festivos, sino como plataformas de diplomacia pública. Al convertirse en un cruce para las industrias creativas y digitales, el Marruecos de 2026 ya no se limita a preservar su pasado, sino que se afirma como un incubador cultural orientado hacia la innovación y la juventud global.

Apoyándose en el constructivismo, Marruecos ha sabido construir una imagen de marca nacional estable y fiable, en contraste con la inestabilidad regional, lo que le permite posicionarse como un mediador insoslayable. Esta influencia se manifiesta concretamente a través de proyectos de envergadura como la acogida de las primeras Assises árabes de las industrias culturales y creativas en 2026 o la acción de la Agencia Marroquí de Cooperación Internacional (AMCI), que, al formar a miles de estudiantes extranjeros, crea una red de embajadores de la cultura marroquí en todo el mundo.

Además, esta estrategia de irradiación se apoya en herramientas institucionales de proximidad que transforman a la diáspora marroquí (estimada en más de 5 millones de personas en todo el mundo) en un verdadero vector de influencia. La red de centros culturales “Dar Al Maghrib”, implantada en metrópolis estratégicas como París, Bruselas o Montreal, funciona como una vitrina del Marruecos moderno; estos espacios no son simples lugares de memoria, sino plataformas de intercambio donde el arte contemporáneo y la literatura marroquí dialogan con las sociedades de acogida. Un ejemplo particularmente concluyente de esta diplomacia es el Programa de Enseñanza de la Lengua Árabe y de la Cultura Marroquí (LACM) en España, país que acoge a una importante comunidad de cerca de 1 millón de marroquíes.

La candidatura de Marruecos para la inscripción del expediente sobre el caftán marroquí: arte, tradiciones, saber hacer, fue aceptada por el Comité Intergubernamental para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO, el 10 de diciembre de 2025, en Nueva Delhi
La candidatura de Marruecos para la inscripción del expediente sobre el caftán marroquí: arte, tradiciones, saber hacer, fue aceptada por el Comité Intergubernamental para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO, el 10 de diciembre de 2025, en Nueva Delhi

Este programa, que moviliza a más de un centenar de docentes marroquíes para miles de alumnos, reviste una dimensión única: no solamente se dirige a los alumnos procedentes de la diáspora marroquí, sino que también se abre de manera opcional a los alumnos españoles, marcando una voluntad de transparencia y de compartir. Al transformar el aprendizaje lingüístico en una palanca de integración social y de deconstrucción de prejuicios, Marruecos desactiva tensiones identitarias y consolida su imagen de socio civilizacional fiable. Esta presencia estructurada representa uno de los aspectos más salientes de una diplomacia cultural en pleno ascenso, permitiendo al Estado ejercer un soft power difuso pero profundo, metamorfoseando los desafíos migratorios en un verdadero puente de diálogo intercultural permanente.

La diplomacia deportiva también ha ganado importancia desde 1999. Los éxitos deportivos recientes, especialmente en la escena internacional (Marruecos ha ganado la Copa del Mundo de la categoría sub-20, la Copa Árabe de Naciones, así como su clasificación a la final de la Copa de África, entre otros), han contribuido a reforzar la visibilidad del Estado y a consolidar un relato de desempeño, modernidad y confianza colectiva. La irradiación deportiva se ha convertido así en una “success story”, así como en un vector de influencia. A comienzos del año 2026, Marruecos figura entre las diez primeras naciones mundiales en la clasificación FIFA, alcanzando su mejor rango histórico, confirmando la centralidad del deporte como instrumento de proyección simbólica y de reputación internacional.

Esta atractividad se refleja igualmente en el sector turístico, donde Marruecos ha sabido conjugar capital civilizacional milenario y apertura internacional. Desde 2013, Marruecos ha registrado una progresión continua de los flujos turísticos, alcanzando cerca de veinte millones de visitantes en 2025, consolidando su posición como primer destino turístico del continente africano. Este indicador, más allá de su dimensión económica, refuerza la percepción internacional de estabilidad política, apertura y capacidad organizativa del país.

Según una lectura constructivista, todas estas dimensiones (cultual, cultural y deportiva) contribuyen a la construcción de una identidad nacional proyectada al exterior, capaz de generar adhesión e interés, incluso en espacios alejados de los círculos diplomáticos tradicionales.

Todos estos instrumentos de soft power se inscriben en una estrategia coherente que no persigue necesariamente una influencia difusa, sino más bien objetivos precisos de credibilidad, atractividad y diferenciación. Para una potencia regional en ascenso, esta capacidad de articular capital simbólico y estratégico constituye un multiplicador de eficacia, particularmente en un entorno saturado de discursos y de rivalidades narrativas.

Celebración de la Fiesta del Trono con el rey Mohamed VI
Celebración de la Fiesta del Trono con el rey Mohamed VI

Conclusión: Una potencia regional “inteligente” en plena efervescencia en un mundo inestable

A la luz del análisis desarrollado, el caso marroquí confirma varias hipótesis centrales de la teoría contemporánea de las relaciones internacionales. En primer lugar, ilustra la pertinencia del realismo neoclásico, según el cual las presiones sistémicas son mediadas por las percepciones de los decisores y por la capacidad institucional del Estado. Marruecos no simplemente ha reaccionado ante las limitaciones internacionales; las ha interpretado e integrado en una estrategia gradual de ascenso en poder.

En segundo lugar, valida los aportes de la teoría de las Relaciones Internacionales sobre las potencias medias o intermedias, que subraya que la influencia no resulta únicamente del tamaño o de la fuerza bruta, sino de la capacidad para coaligar, estabilizar arreglos y ofrecer soluciones creíbles en contextos fragmentados. Marruecos se inscribe plenamente en esta categoría de potencias intermedias activas, capaces de desempeñar un papel desproporcionado en relación con sus capacidades materiales estrictas.

En tercer lugar, el enfoque constructivista de las Relaciones Internacionales esclarece y pone de relieve la dimensión identitaria y normativa de esta trayectoria. La coherencia del discurso, la constancia de las posiciones y el alineamiento entre prácticas internas y externas han contribuido a producir una reputación internacional favorable, esencial para el ejercicio de una influencia duradera.

La noción de inteligencia de posición, movilizada a lo largo de este artículo, permite precisamente federar estos aportes teóricos. Designa una capacidad estatal racional integrada —estratégica, decisional, simbólica, relacional— para leer las transformaciones del sistema internacional y convertir esta lectura en resultados tangibles, sin sobreexposición ni ruptura de los equilibrios.

A la luz de 2026, Marruecos aparece como una potencia regional en plena efervescencia, comprometida en una trayectoria ascendente fundada en la coherencia estratégica, la diversificación de las asociaciones y una inteligencia fina de las relaciones de fuerza internacionales. En un contexto marcado por la competencia encarnizada entre grandes potencias, la fragilización del multilateralismo y la multiplicación de las crisis, el país ha sabido preservar sus intereses vitales al tiempo que refuerza su credibilidad y su influencia.

En definitiva, esta trayectoria, que confirma plenamente la hipótesis rectora de partida, no responde ni a un excepcionalismo discursivo ni a una ambición hegemónica. Se inscribe en una racionalidad realista y pragmática, donde el poder es concebido como una capacidad para perdurar, estabilizar y pesar sin romper los equilibrios ni desprenderse de los marcos y referentes normativos existentes (Derecho Internacional, Carta de las Naciones Unidas, entre otros). Marruecos ofrece así un caso de estudio particularmente pertinente para comprender el papel de las potencias regionales en la reconfiguración policéntrica del sistema internacional. Actores capaces de transformar la limitación en oportunidad, y la posición en palanca estratégica.

Palabras claves: Marruecos; Mohammed VI; política exterior; potencia media; inteligencia de posición; soft power; cooperación Sur-Sur; plan de autonomía; Sahara marroquí; multipolaridad.

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Source:

www.atalayar.com

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