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Vitoria, nuevos retos para una ciudad que funciona

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Este reportaje forma parte de un especial de ‘El País Semanal’ sobre los retos de las ciudades. Hemos viajado a cinco capitales de provincia en busca de alternativas para un futuro más habitable:

“De Vitoria, yo creo que no hay nada que no me guste. El clima, igual”, dice Maite Palacios, de 79 años. Vitoriana de toda la vida, de las que pasaban los domingos de su adolescencia recorriendo arriba y abajo la calle de Eduardo Dato —“Te gustaba un chico y dabas una vuelta. Si no lo veías, la dabas al revés…”—, ha visto la espectacular transformación de la capital alavesa desde una posición inmejorable: la perfumería y tienda de ropa que regentó en el centro durante cuatro décadas. “Los edificios son los mismos, pero la ciudad en sí no tiene nada que ver”, dice una tórrida tarde de mayo, en una terraza de la calle de Postas, a la espalda de la plaza de España.

El proceso fue más o menos así: de la Guerra Civil salió casi la misma Vitoria que decían “de curas y militares” desde el siglo XIX, pero la llegada de la industria, con decenas de fábricas a partir de los años cuarenta y cincuenta, cambió completamente el paisaje, atrayendo dinero, inversiones y miles trabajadores de toda España. Y absorbiendo, de paso, casi toda la población de la provincia: en 1960, el 53% de los alaveses vivían en Vitoria; en 1970 ya eran dos tercios, y hoy son el 76%. Los barrios que se levantaron para acoger a aquella enorme masa obrera redibujaron la ciudad, que más tarde acogió a una nueva marea, esta de políticos y funcionarios, al convertirse en sede oficial del Parlamento y el Gobierno vasco en 1980. La apuesta por servicios públicos de proximidad y un diseño urbano amable y ecológico (en 2012 fue capital verde europea y en 2019 reconocida con el Global Green City Award) terminaron de configurar un lugar que ha sido señalado una y otra vez como el espejo municipal en el que mirarse.

Pero por algunas rendijas de esa imagen idílica se van colando algunos grises y marrones. Incluso Palacios, con su evidente amor por la ciudad, constata una crisis del comercio tradicional y de proximidad, similar, eso sí, a la de casi cualquier otra ciudad del mundo. “Yo me jubilé en el mejor momento, hace 12 años. Tuve suerte. Ahora ves calles con un montón de lonjas vacías. Es una pena, porque cuando las luces de los comercios se apagan, la ciudad se queda a oscuras”.

Arturo Val del Olmo, de 76 años, y Javier Busto (46) se explayan en esos espacios marrones. Admiten las bondades de una ciudad pequeña y manejable que se puede recorrer fácilmente andando o en bici, pero se detienen en la pérdida de calidad de vida por la congelación de los salarios, el aumento de la pobreza y el deterioro de los servicios públicos. Hablan de esperas más largas en el médico, privatización de las residencias de mayores o segregación escolar: la escuela pública atiende al 80% de los alumnos de origen migrante…

Val del Olmo (antiguo trabajador del metal, histórico de la lucha sindical) y Busto (empleado de la planta de Mercedes, joya de la corona del tejido fabril de la ciudad) son vecinos de Zabalgana (uno de los ensanches más recientes de la ciudad) y representan dos generaciones de la Vitoria obrera industrial, peleona, reivindicativa y con conciencia de clase. Val del Olmo no cree que en eso sea distinto al paisaje del resto de Euskadi, pero admite que sí hubo un suceso particular que marcó ese carácter para siempre en la ciudad. Fue el 3 de marzo de 1976, cuando cinco trabajadores fueron asesinados por la policía en el desalojo de una asamblea en la iglesia de San Francisco de Asís.

Hoy, aunque la industria sigue representando el 14% del empleo de la ciudad (la segunda cifra más alta de una capital de provincia, solo por detrás de Burgos, 22%, según el INE en 2023), su perfil ha cambiado (antes sobresalían la metalúrgica y manufecturera, y ahora la automoción y la lógísitica) y su presencia está mucho más atenuada. “Creo que la movilización, al menos en Vitoria, está girando de lo laboral a lo social, por la educación y la sanidad pública, las pensiones, Palestina…”, opina Busto. La ciudad tiene más de 260.000 habitantes, 43.000 más que a principios de siglo; la población de origen extranjero ha pasado en ese tiempo de ser el 1,5% del censo al 17,3%, y la desigualdad es mayor. Según el Instituto Vasco de Estadística, la renta media del barrio más pobre, Zaramaga, creció un 35% entre 2006 y 2023 (hasta los 15.992 euros anuales), y en el más rico, Mendizorroza, un 77% (hasta 42.468).

Lo cierto, sin embargo, es que todo eso (más complejidad social, bajos salarios con encarecimiento de la vida, deterioro de los servicios públicos…) está ocurriendo en toda España. Y la comparación aún coloca a los vitorianos bastante mejor que la media: renta por habitante un 21% por encima (INE, 2023); precio medio del alquiler, un 17% por debajo (Idealista, 2026); un 7% menos de infracciones penales por cada 1.000 habitantes (INE, 2023), y tasa de desempleo un 24% menor (INE, 2024). Pero las medias estadísticas no suelen consolar en el día a día a quien tuvo algo y ahora lo ha perdido.

Así lo expresa Busto: “Yo no conozco el resto de España, pero sí mi caso. Fui al colegio que tenía debajo de casa. Tenía el centro cívico, con la ludoteca, la biblioteca, la fonoteca… Cuando cumplí los 15 años, la sala para los jóvenes. Te ponías malo, te llevaba tu madre al centro de salud y te atendían… Y ahora mi hija, cuando llega el invierno, tiene que estar en los soportales, me dan para una semana para atenderla en el centro de salud, y tuve que montar una plataforma para que aumentaran en alumnado en el colegio de al lado de casa y entráramos los que nos habíamos quedado fuera… Como lo hemos tenido, pues ahora lo exigimos”.

Los centros cívicos (hay un total de 14) son uno de los símbolos más claros de aquel bienestar y, por tanto, del actual desencanto. Se trata de un modelo que reúne en un mismo lugar todos los servicios municipales: polideportivo, biblioteca, auditorio, centro cultural, de servicios sociales… Copiado y alabado hasta la saciedad, el primero de ellos fue el de Iparralade, precisamente en el barrio de Zaramaga, inaugurado en 1989. Su coordinadora, Marijo Ruiz Tejado (63 años), defiende a capa y espada este recurso frente a quienes dicen que ahora está peor o a quienes opinan que es demasiado caro para las arcas de la ciudad.

Una de las claves del éxito de estos espacios es la colaboración con el resto de servicios, aunque no sean municipales —centros de salud, de mayores, asocieaciones de vecinos—, y la flexibilidad para adaptarse al contexto de cada barrio: “Uno de nuestros pilares es conocer la realidad en la que actúas. No puedes hacer 200 programas para mayores si son cada vez menos y si la necesidad la estás viendo en otro sitio, por ejemplo, en el trabajo con migrantes… Ellos ocupan hoy las casas baratas que hicieron para los trabajadores; gente de Colombia, de Venezuela, de Pakistán…”, explica. Esa realidad requiere, continúa, mucho trabajo de integración, de orientación, ayuda con los trámites…

“Si miramos el número de actividades, ha ido creciendo y creciendo. No es cierto que el servicio haya empeorado, lo que pasa es que se ha abierto a todo el mundo y que, si antes éramos más iguales, ahora somos más diversos. Y al final, lo más importante no son las actividades, sino para que quién se hacen, cual es la finalidad , que se quiere conseguir…”, añade. Hija de emigrantes andaluces y extremeños, es otra amante de Vitoria. Admira la capacidad de movilización de sus vecinos, pero también habla de un cierto carácter “quejica”. Menciona el caso del tranvía, proyecto que contó con una fortísima oposición y hoy es aceptado como otro símbolo de movilidad de la ciudad. Maite Palacios también menciona este caso al hablar de la afición a la queja del vitoriano.

Aitor González de Langarica, historiador y creador audiovisual de 46 años, hijo y nieto de alaveses, habla además de una mezcla rara: esa afición a señalar cada fallo de la ciudad y, a la vez, algo de autocomplacencia. “Tenemos, quizá, una cierta arrogancia que nos impide estar alerta a los problemas de verdad y eso algún día nos va a dar un susto. Igual tenemos mérito como sociedad, pero individualmente…”, advierte, dejando la frase en el aire. Su documental La ciudad revolucionada repasa, entre otras cosas, el movimiento obrero que construyó Vitoria, y también el carácter de una burguesía empresarial que decidió reinvertir en lo colectivo.

El objetivo de la Agenda Urbana 2030, aprobada hace cuatro años por el Ayuntamiento, es buscar “un nuevo modelo de ciudad que afronte los retos del futuro y construya una Vitoria-Gasteiz más amable, competitiva y resiliente”, combatiendo desigualdades, protegiendo su esencia verde, buscando un nuevo modelo económico e industrial y conectando mejor los barrios con la Vitoria rural, los 61 concejos (aldeas) que pertenecen al municipio.

González de Langarica, echando la vista atrás, es optimista. Él decidió quedarse en la ciudad, montar su productora y criar aquí a sus hijos. “De mi cuadrilla de amigos, solo uno se ha ido a vivir fuera”, cuenta. Bien mirado, quizá esto explica tanto como cualquiera de las estadísticas desgranadas hasta aquí.


Fuente:

elpais.com

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