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Una juventud de cuerpos “perfectos”, deporte y sexo: el audiovisual español choca con la realidad

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Cuerpos “perfectos”, tramas centradas en el deporte y las relaciones sexuales con apenas referencias a la precariedad laboral, la vivienda o la salud mental; personajes LGTBIQ+ y racializados todavía encasillados en narrativas estereotipadas. Así retrata el audiovisual español a los jóvenes. Una imagen que poco tiene que ver con su realidad. Un informe elaborado por el Observatorio de Diversidad en los Medios Audiovisuales (ODA), con la colaboración del Instituto de la Juventud (Injuve), concluye que “las ficciones construyen un imaginario que simplifica la diversidad de este sector y deja fuera algunas de sus principales preocupaciones”.

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Uno de cada tres personajes del cine y las series españolas es joven —un grupo que representa en torno al 16,5% de la población—. El informe La representación de las juventudes en el audiovisual español, presentado este lunes en el Ministerio de Juventud e Infancia, subraya que esta presencia elevada en pantalla “desaprovecha la oportunidad de ofrecer un retrato más completo de este sector”. Así, cuestiones como la emancipación o la salud mental aparecen de forma limitada (o secundaria) frente a tramas centradas en el deporte o las relaciones sexoafectivas. Solo el 15% de los jóvenes vive independizado y la edad media de emancipación supera los 30 años, mientras que más de la mitad declaró haber tenido problemas de salud mental en el último año, según los datos recogidos en el estudio.

La clase social es uno de los ejes más determinantes en la vida de la juventud, pero también uno de los menos desarrollados en el audiovisual. El informe señala que, pese a la precariedad laboral, los bajos salarios y las dificultades de emancipación que marcan a este grupo —con menos de la mitad de las personas entre 25 y 30 años viviendo de forma independiente—, estas realidades apenas tienen cabida en las historias. Y cuando aparecen, lo hacen de forma puntual o desde relatos estereotipados, lo que contribuye a desmaterializar las condiciones de vida de los jóvenes. Un ejemplo de ello es el personaje de Sara en la película Al otro barrio, cuya trama gira en torno a la vergüenza de clase y el desclasamiento, con el ocultamiento de su origen obrero y su identidad gitana antes de una reconciliación final con su pasado y su entorno familiar.

Esta investigación —donde se analizaron 590 personajes jóvenes de 102 películas y 79 temporadas de 78 series de ficción de 2024— recoge que, pese a la diversidad real de las juventudes en España, las producciones siguen construyendo un imaginario homogéneo y normativo que simplifica esa pluralidad. La juventud es un grupo social heterogéneo, con un 18,5% de personas de origen extranjero, un 27,3% con al menos un progenitor migrante y un 14,9% que se identifica como LGTBIQ+, pero estas realidades apenas se trasladan con complejidad a las pantallas.

En el caso de la racialización, la presencia de personajes jóvenes alcanza el 16,4%, aunque suele quedar relegada a papeles secundarios o asociada a relatos de extranjería o estereotipos vinculados a la migración. Esto contribuye a situarlos narrativamente fuera del marco de lo “español”. Este patrón se repite tanto en ficciones que abordan directamente la experiencia migrante, como El salto o La ley del mar, y en otras de carácter más comercial o familiar, como La familia Benetón. Esta última película se centra en un hombre que, de la noche a la mañana, se convierte en tutor temporal de cinco niños: cada uno de un país y procedencia diferente. “Los menores representan las versiones más estereotipadas de sus lugares de origen”, según el informe, “convirtiéndose en una caricatura de su identidad”.

Hay excepciones, claro, pero no logran revertir una tendencia general que sigue empujando estas identidades hacia los márgenes narrativos. Existen otros ejemplos relevantes como la serie Dieciocho, que construye un protagonista racializado complejo. La trama aborda en profundidad el racismo estructural, sin que eso signifique dejar de lado todos los planos de la vida del personaje, puesto que cuenta con un romance como eje central.

En cuanto a las identidades LGTBIQ+, el informe apunta a una presencia creciente en el audiovisual. En películas asciende hasta el 13,2% y en series es aún más llamativo, con un 20,7%. Pero todavía condicionada por marcos narrativos muy concretos. Aunque su visibilidad ha aumentado, en muchas ocasiones estas historias siguen asociadas a “tramas de conflicto, salida del armario o tensión familiar, lo que limita su normalización en pantalla”. Además, la representación de identidades no binarias continúa siendo prácticamente residual —con menos de un 1% de personajes—, lo que “restringe la posibilidad de generar imaginarios más amplios y diversos”. En conjunto, el resultado “es una diversidad parcial y fragmentada, que no llega a reflejar la complejidad real de las juventudes actuales”.

El 40% de los personajes LGTBIQ+ está en tan solo dos películas, el resto se reparten entre 14 ficciones. Mientras que en las series, el 38,7% se agrupa en solo seis. Los demás se encuentran en 23 series. Esto demuestra que existe una polarización de los contenidos debido a que gran parte de la representación LGTBIQ+ joven se condensa en pocas producciones. De modo que hay muchas otras series y películas que no cuentan con ningún personaje perteneciente a esta comunidad.

Algo similar ocurre con la corporalidad, que continúa respondiendo a estándares normativos, con predominio de cuerpos delgados y ajustados a los cánones de belleza hegemónicos. El informe de ODA e Injuve señala que “la poca diversidad limita en generar referentes que reflejen la pluralidad real de los cuerpos jóvenes”. Este patrón se intensifica en producciones dirigidas a un público adolescente como Élite, Invisible o Ni una más. En el caso de Élite, uno de sus creadores, en una entrevista de 2022, justificó la ausencia de cuerpos no normativos como una forma de mostrar “cuerpos a los que aspiramos”. Una elección que, según el estudio, “refuerza ideales irreales y aumenta la presión estética sobre las audiencias jóvenes”.

El estudio determina que el cine y la televisión deberían funcionar como un agente activo en la construcción de imaginarios colectivos, y no únicamente como un reflejo de la sociedad. “Aunque en muchas ocasiones ni siquiera alcanza a hacerlo”, señala. Para lograrlo, quizás se debería poner el foco en “las condiciones de producción para conocer quién está detrás de las cámaras y cómo la desigualdad estructural en la industria influye en los relatos que se generan. O tener en cuenta la recepción por parte de los jóvenes, así como los espacios digitales”, apunta el texto para futuras investigaciones.


Fuente:

elpais.com

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