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Una figurilla hallada en Guatemala podría contener la evidencia datada más antigua de numeración mediante puntos en Mesoamérica

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La historia de la escritura suele contarse a través de grandes inscripciones grabadas en piedra, monumentos reales o textos ceremoniales. Sin embargo, algunos de los indicios más importantes sobre el origen de los sistemas de escritura aparecen en objetos mucho más modestos. Es el caso de una pequeña figurilla de cerámica descubierta en el antiguo asentamiento de La Blanca, en la costa del Pacífico de Guatemala, que podría contener una de las evidencias más antiguas de numeración registradas hasta ahora en Mesoamérica.

El hallazgo ha sido analizado por los investigadores Julia Guernsey, Stephanie M. Strauss y Michael Love en un estudio publicado en la revista Latin American Antiquity. Según indican los autores, la pieza presenta una serie de once puntos impresos deliberadamente sobre una zona que representa la cabeza de la figurilla. Aunque no existe una prueba definitiva de que se trate de un numeral, la combinación de su antigüedad, su disposición ordenada y el contexto arqueológico en el que apareció convierten a esta pieza en una candidata excepcional para comprender los primeros experimentos con la representación gráfica de los números.

La figurilla fue encontrada en La Blanca, uno de los centros urbanos más importantes del Preclásico Medio en la costa pacífica guatemalteca. Este asentamiento alcanzó una notable relevancia entre aproximadamente 1000 y 900 a.C., llegando a controlar un territorio más amplio y jerarquizado que cualquier otro conocido hasta entonces en la región. Durante siglos fue un importante foco político y ceremonial, caracterizado por una arquitectura monumental y una sociedad claramente estratificada.

Dentro de ese contexto apareció una pieza que, a simple vista, podría parecer poco espectacular. Apenas conserva la parte superior del cuerpo y pertenece a un tipo de objetos conocidos por los arqueólogos como representaciones humanas que, en lugar de mostrar una cabeza convencional con rasgos faciales, terminan en una especie de prolongación plana o lengüeta. A pesar de esa apariencia abstracta, muchas de estas figurillas incorporan elementos propios de la cabeza, como bandas, tocados o adornos laterales, lo que demuestra que esa zona seguía siendo concebida como el lugar principal de la identidad del personaje representado.

Once puntos que plantean más preguntas que respuestas

Lo que hace única a esta figurilla es la presencia de once pequeñas impresiones circulares realizadas antes de la cocción del barro. Los puntos aparecen distribuidos en tres columnas verticales: una formada por tres marcas y dos más compuestas por cuatro cada una.

Puede parecer un detalle menor, pero precisamente esa organización es la que ha llamado la atención de los especialistas. Los autores del estudio señalan que las composiciones decorativas mesoamericanas tendían a buscar equilibrio y simetría visual. Por ello, una agrupación de once puntos repartidos en columnas de 3, 4 y 4 no parece responder a una simple ornamentación casual.

La pieza fue recuperada durante excavaciones realizadas en el denominado Grupo Joyas, un sector situado aproximadamente a un kilómetro del núcleo ceremonial de La Blanca. Los análisis del contexto arqueológico indican que la figurilla probablemente fue fabricada entre 750 y 650 a.C., lo que la sitúa varios siglos antes de las evidencias más claras de escritura y numeración conocidas en otras regiones mesoamericanas.

Esa cronología resulta especialmente relevante porque el origen de los sistemas de escritura en Mesoamérica sigue siendo uno de los grandes debates de la arqueología americana. A diferencia de otras civilizaciones antiguas, donde los procesos parecen más lineales, en Mesoamérica las primeras manifestaciones gráficas aparecen dispersas en objetos muy diversos: pinturas rupestres, sellos, monumentos, fragmentos de murales o pequeñas piezas portátiles.

Los investigadores sostienen que los sistemas numéricos pudieron surgir incluso antes que la escritura plenamente desarrollada. En muchas culturas antiguas, la necesidad de registrar cantidades, ciclos temporales o acontecimientos precedió a la aparición de textos capaces de representar lenguajes completos.

Figurilla preclásica de La Blanca conservada únicamente por su cabeza, marcada con 11 puntos grabados
Figurilla preclásica de La Blanca conservada únicamente por su cabeza, marcada con 11 puntos grabados. Foto: J. Guernsey

Según los investigadores, la figurilla de La Blanca constituye el ejemplo datado con mayor seguridad de una posible numeración basada exclusivamente en puntos en toda Mesoamérica.

El vínculo entre los números y la identidad

La propuesta más sugerente del estudio no tiene que ver únicamente con contar objetos. Según explican los autores, en las sociedades mesoamericanas los números estaban profundamente conectados con la concepción de la persona.

Siglos después de la fabricación de esta figurilla, numerosos pueblos de la región utilizaron sistemas calendáricos en los que los números desempeñaban un papel fundamental. El calendario ritual de 260 días combinaba veinte signos con trece coeficientes numéricos, generando una compleja red de fechas cargadas de significado religioso y social.

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La fecha de nacimiento podía influir en el nombre de una persona, en su posición dentro de la comunidad e incluso en determinadas características asociadas a su destino. Por ello, los números no eran simples herramientas matemáticas. Formaban parte de una visión del mundo donde tiempo, identidad y cosmología estaban íntimamente relacionados.

Los investigadores recuerdan además que en varias lenguas mayas existe una conexión directa entre el cuerpo humano y los sistemas numéricos. En k’iche’, por ejemplo, la palabra winik significa tanto «persona» como «veinte», una referencia evidente a los diez dedos de las manos y los diez dedos de los pies. El propio sistema vigesimal mesoamericano estaba construido sobre esa asociación corporal.

Esta relación entre cuerpo y numeración podría ayudar a explicar por qué los once puntos aparecen precisamente en la zona de la cabeza. En la iconografía mesoamericana, la cabeza era el espacio privilegiado para expresar identidad, linaje o estatus. Desde las monumentales cabezas olmecas hasta los elaborados tocados de gobernantes y sacerdotes, la información más importante sobre una persona solía representarse en esa parte del cuerpo.

Una ciudad llena de figurillas y rituales

La Blanca ha proporcionado más de 5.000 fragmentos de figurillas a lo largo de décadas de investigación arqueológica. La mayoría fueron hallados en contextos domésticos y aparecen deliberadamente rotos.

Lejos de interpretarse como simples juguetes o adornos, estas piezas parecen haber desempeñado un papel relevante en rituales familiares y comunitarios. Su fragmentación intencionada sugiere que romperlas formaba parte de prácticas simbólicas relacionadas con la identidad, la memoria o las relaciones sociales.

Entre las miles de figurillas recuperadas existen varios tipos recurrentes. Algunas muestran rostros hinchados que podrían representar ancestros; otras presentan tocados muy característicos; y más de trescientas pertenecen al grupo de estas figurillas. Sin embargo, ninguna otra conocida en La Blanca presenta una combinación de puntos semejante.

Esa singularidad es precisamente uno de los aspectos que más prudencia obliga a mantener. Los propios autores reconocen que interpretar los once puntos como un numeral sigue siendo una hipótesis. En otros objetos preclásicos aparecen círculos o puntos que pueden tener significados muy distintos: símbolos de agua, elementos decorativos o recursos iconográficos.

Aun así, la disposición deliberada de las marcas, su localización en la cabeza y la antigüedad del hallazgo convierten a esta pequeña pieza en un caso extraordinario.

Figurilla antropomorfa de cerámica encontrada en La Blanca cuya banda frontal aparece asociada a una disposición de puntos potencialmente numérica
Figurilla antropomorfa de cerámica encontrada en La Blanca cuya banda frontal aparece asociada a una disposición de puntos potencialmente numérica. Fuente: Julia Guernsey et al, Latin American Antiquity (2026)

Tal y como indican los investigadores, los once puntos fueron impresos antes de la cocción de la pieza, lo que demuestra que formaban parte del diseño original y no fueron añadidos posteriormente.

Una pista sobre los orígenes de la escritura

Uno de los aspectos más interesantes del estudio es que no intenta presentar el hallazgo como una prueba definitiva. Al contrario, los investigadores insisten en que el valor de la figurilla reside precisamente en abrir nuevas preguntas sobre los orígenes de la escritura y de la numeración en Mesoamérica.

Las evidencias tempranas siguen siendo escasas y fragmentarias. Algunos ejemplos proceden de cuevas, otros de sellos o monumentos aislados. En muchos casos, los especialistas discrepan sobre si determinados signos deben interpretarse como escritura, como símbolos rituales o simplemente como motivos decorativos.

La figurilla de La Blanca se incorpora ahora a ese reducido conjunto de piezas capaces de arrojar luz sobre un periodo todavía poco comprendido. Si los once puntos fueron realmente concebidos como un número, estaríamos ante una de las evidencias más antiguas de numeración documentadas hasta la fecha en Mesoamérica.

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Más allá de la cuestión matemática, el hallazgo apunta a algo quizá más importante: la posibilidad de que los primeros sistemas de numeración no surgieran únicamente para contar bienes o registrar cantidades, sino también para expresar quién era una persona, cuál era su lugar en el tiempo y cómo se relacionaba con el universo que la rodeaba.

En una pequeña figurilla de barro moldeada hace casi 2.700 años podría conservarse una de las primeras huellas de esa idea.

Referencias

Julia Guernsey et al, Numbers and Bodies: Potential Early Numeration on a Middle Preclassic Figurine from La Blanca, Guatemala, Latin American Antiquity (2026). DOI: 10.1017/laq.2025.10146


Fuente:

muyinteresante.okdiario.com

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