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Un proyecto de arqueología experimental reconstruye los paisajes, las rutas y las técnicas de navegación de la época vikinga

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Durante siglos, la costa occidental de Escandinavia se convirtió en la arteria que unió pueblos, mercancías y creencias a lo largo de 1.200 años de historia europea. La llamada Norðvegr, la «ruta del norte», conectaba la riqueza del Ártico con las redes comerciales del continente. El término, de hecho, terminó dando nombre a la propia Noruega. Sin embargo, reconstruir cómo navegaban realmente los vikingos sigue siendo un enigma, ya que las fuentes arqueológicas e históricas suelen señalar solo el punto de partida y el de llegada, sin desvelar nada del trayecto ni de quienes lo recorrían.

Para intentar hacer frente a esas lagunas, el investigador Greer Jarrett, de la Universidad de Lund, ha propuesto una vía poco convencional: subirse a un barco. Entre 2021 y 2022 participó en una serie de travesías experimentales a bordo de embarcaciones tradicionales noruegas (los llamados Åfjordsbåter) durante las que recorrió el litoral desde el archipiélago de Lofoten hasta Bergen. Con ello, no solo buscaba trazar las rutas en el mapa, sino también revivir la experiencia sensorial y mental del navegante: es lo que el estudioso ha denominado el «paisaje mental marítimo» vikingo.

Este experimento ha desembocado en un estudio pionero que combina arqueología experimental, etnografía y fuentes medievales para reconstruir cómo los vikingos pensaban el mar, qué riesgos asumían y qué lugares elegían como refugio. Según defiende el propio autor, este enfoque ofrece una perspectiva inédita de la psicología colectiva de una sociedad cuyo destino estaba profundamente ligado al mar.

Entre 2021 y 2022, el investigador Greer Jarrett participó en travesías experimentales a bordo de embarcaciones tradicionales noruegas (Åfjordsbåter). Recorrió el litoral desde el archipiélago de Lofoten hasta Bergen.

Marinero medieval
Recreación fantasiosa. Fuente: Midjourney/Erica Couto

Una identidad forjada por el mar

Mucho antes de que el comerciante Ottar visitara la corte del rey Alfredo de Wessex en el siglo IX, las comunidades de la costa noruega ya compartían una identidad común, conocida como Norðmaðr. Esa unidad se sustentaba en patrones de subsistencia comunes, en una notable continuidad genética desde la Edad del Bronce y en una lengua compartida.

Según el estudio, los topónimos, los poemas y los grabados en las proas de los barcos reflejan una cosmología marítima unificada en toda la región. Esta cohesión cultural resulta esencial para el planteamiento de Jarrett, pues le ha permitido comparar las prácticas tradicionales recientes con las de la época vikinga, al asumir que ambas parten de una base de comprensión compartida del espacio marino.

Buscaba reconstruir el «paisaje mental marítimo» vikingo.

Navegante vikingo
Recreación fantasiosa. Fuente: Midjourney/Erica Couto

Navegar como hace mil años

Las embarcaciones empleadas en los ensayos, descendientes directas de la tradición vikinga de construcción a tingladillo, presentan cascos ligeros y de calado muy reducido. Este tipo de barcos se deslizan bien sobre el oleaje abierto, pero resultan vulnerables a las corrientes fuertes y los vientos catabáticos en los fiordos estrechos.

Esta característica técnica condicionó decisivamente el comportamiento de la tripulación. Así, resultaba más seguro alejarse de la costa, justo lo contrario de lo que sugiere la intuición moderna. Las velocidades registradas durante los viajes (unos 2 nudos a remo y entre 4 y 5 a vela) coinciden en gran medida con las estimaciones que se sugieren en fuentes medievales como El espejo del rey. Según Jarrett, este paralelismo reforzaría la idea de que la relación entre el tipo de barco y la percepción del riesgo apenas cambió a lo largo de los siglos.

Al asumir que las prácticas marineras tradicionales comparten una base de comprensión del espacio marino con las del pasado, Jarrett ha reconstruido la experiencia vikinga a partir de la navegación contemporánea.

Barco vikingo
Recreación fantasiosa. Fuente: Midjourney/Erica Couto

El peso de la memoria oral

Sin instrumentos de navegación, los marineros tradicionales (y previsiblemente también los vikingos) dependían de la memorización de secuencias de topónimos que, incorporadas a las canciones y los relatos, funcionaban como auténticos mapas mentales. Esta tradición mnemotécnica permitía recorrer itinerarios completos sin necesidad de representación gráfica alguna. Se documenta tanto en poemas recogidos por etnógrafos del siglo XX como en textos medievales como el Landnámabók. Por otro lado, la capacidad de estimar el mediodía solar con un margen de apenas 15 minutos de error, demostrada en otras travesías experimentales, explica cómo podían seguir líneas de latitud sin instrumentación moderna alguna.

Contactos marítimos en el Imperio romano

Un rompedor estudio sugiere que las raíces del dominio marítimo vikingo podrían encontrarse en las rutas comerciales con el Imperio romano

El juicio del riesgo, motor de cada decisión

Si algo emergió con fuerza durante los ensayos de Jarrett fue que la elección de la ruta dependía, sobre todo, de un juicio colectivo sobre los peligros percibidos, establecido habitualmente en conversación con los tripulantes más experimentados. Los Anales de San Bertín, por ejemplo, narran cómo una flota danesa, al llegar al mar tras una incursión, se dispersó en varias direcciones «según sus diversas elecciones», lo que sugiere que la ruta nunca estuvo completamente determinada por el entorno. La Historia de profectione Danorum, un texto del siglo XII, llega incluso a contraponer el naufragio de unos cruzados daneses impacientes con el éxito obtenido por los navegantes noruegos, cuya «larga experiencia» les permitió juzgar correctamente el mar.

Los marineros usaban listas de topónimos que recitaban como parte de canciones. Esta tradición mnemotécnica permitía recorrer itinerarios completos sin necesidad de representación gráfica alguna.

Vikingo
Recreación fantasiosa. Fuente: Midjourney/Erica Couto

Cambios que el tiempo no perdonó

No todo permaneció igual, claro está. El levantamiento isostático del terreno ha dejado la costa actual entre 3 y 5 metros por debajo del nivel que tenía hacia el año 1000, alterando canales y fondeaderos que antes eran navegables. En aquella época, la región era, además, una zona profundamente militarizada, dominada por la rivalidad entre los reyes locales. Esta situación añadía un riesgo humano inexistente en los ensayos modernos.

Un horizonte abierto para la arqueología del mar

A partir de estos paralelismos, Jarrett ha identificado varios fondeaderos potenciales, como la isla de Tarva, en la entrada de Trondheimsleia, que apenas habían recibido atención en investigaciones previas. El propio autor insiste en que se trata de una prueba preliminar que deberá completarse con análisis cartográficos y con reconstrucciones del nivel del mar histórico. Aun así, el estudio demuestra que navegar de verdad, con las manos en el cabo y el viento en la cara, sigue siendo una herramienta legítima para comprender el pasado.

Referencias

Jarrett, G. 2026. «Maritime Mindscapes: using experimental archaeology to reconstruct Viking Age seafaring routes», en D. Dangvard Pedersen y J. Hansen (eds.), Travelling Viking Age: Proceedings of the 40th Interdisciplinary Viking Symposium, pp. 8-23. Odense, University of Southern Denmark.


Fuente:

muyinteresante.okdiario.com

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