La imagen tradicional de los últimos cazadores-recolectores europeos está cambiando a gran velocidad. Durante mucho tiempo fueron considerados grupos con una movilidad limitada, dependientes de los recursos terrestres y con escasa capacidad para aventurarse mar adentro. Pero la arqueología de los últimos años está dibujando un escenario muy distinto. A las evidencias de asentamientos humanos en islas aparentemente inaccesibles se suma ahora una investigación que aporta una explicación convincente sobre cómo fue posible esa presencia prolongada.
El caso de Malta era uno de los grandes enigmas de la prehistoria mediterránea. La isla, situada a casi un centenar de kilómetros de Sicilia, parecía demasiado pequeña y demasiado aislada para haber mantenido durante siglos una comunidad estable de cazadores-recolectores. Sin agricultura, sin ganadería y con unos recursos limitados, todo apuntaba a que cualquier grupo humano habría desaparecido en pocas generaciones.
Sin embargo, las excavaciones realizadas en la cueva de Latnija, en el norte de Malta, cambiaron por completo esa visión. Allí aparecieron restos de fauna, herramientas de piedra y evidencias de actividad humana que demostraban una ocupación continuada entre hace unos 8.400 y 7.400 años. Aquello planteaba una pregunta mucho más compleja que el simple hecho de llegar a la isla: ¿cómo lograron permanecer allí durante tanto tiempo?
La nueva investigación publicada en PNAS Nexus propone una respuesta que transforma nuestra comprensión de la navegación prehistórica. Según los autores, aquellos grupos no quedaron aislados tras alcanzar Malta, sino que mantuvieron contactos regulares con otras comunidades mediante repetidos viajes por mar abierto, probablemente con Sicilia como principal punto de conexión.
Un modelo que reconstruye un Mediterráneo desaparecido
Para responder a esta cuestión, los investigadores no se limitaron a estudiar los restos arqueológicos. El equipo combinó modelos paleoclimáticos de alta resolución, reconstrucciones del nivel del mar, información batimétrica del fondo marino y datos obtenidos a partir de poblaciones modernas de cazadores-recolectores.
El objetivo consistía en calcular cuántas personas podía mantener Malta únicamente gracias a sus recursos naturales antes de la llegada de la agricultura.
El análisis comenzó reconstruyendo el aspecto que tenía el Mediterráneo hace miles de años. Durante el final de la última glaciación, el nivel del mar era mucho más bajo que en la actualidad y Sicilia y Malta estaban unidas por una franja de tierra emergida. Aquella conexión desapareció hace aproximadamente 14.200 años, cuando el deshielo elevó progresivamente el nivel del mar y convirtió a Malta en un archipiélago aislado.
A partir de ese momento la superficie disponible disminuyó de forma drástica. Los territorios emergidos fueron reduciéndose mientras aumentaba la distancia necesaria para alcanzar Sicilia. En apenas un milenio, el recorrido marítimo mínimo ya rondaba los 80 kilómetros, una distancia extraordinaria para comunidades que todavía no conocían la navegación a vela.

Los investigadores también calcularon la productividad vegetal de cada etapa climática mediante modelos de productividad primaria neta, un indicador que permite estimar la cantidad de biomasa disponible para sostener poblaciones humanas que dependen exclusivamente de la caza, la pesca y la recolección.

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La capacidad para realizar travesías marítimas de larga distancia marca un punto de inflexión en la historia de la humanidad, porque convirtió barreras naturales que parecían infranqueables en nuevas vías de conexión.
Una isla demasiado pequeña para sobrevivir aislada
Los resultados fueron contundentes. Incluso en los escenarios más optimistas, Malta solo podía mantener entre 144 y 170 habitantes una vez separada definitivamente de Sicilia.
Las estimaciones más ajustadas a los datos etnográficos resultaban incluso inferiores.
A primera vista podría parecer una población suficiente para ocupar una isla pequeña. Sin embargo, el verdadero problema no era alimentar a esas personas, sino garantizar la supervivencia de la comunidad a lo largo del tiempo.
Las poblaciones humanas reducidas afrontan riesgos constantes. Enfermedades, accidentes, desequilibrios entre hombres y mujeres o simples fluctuaciones demográficas pueden provocar un rápido declive. A ello se suma otro factor esencial: la diversidad genética.
Diversos estudios demográficos consideran que para mantener una población viable durante muchos siglos es necesario contar con varios centenares de adultos en edad reproductiva y, preferiblemente, con conexiones periódicas con otras comunidades. Malta estaba muy lejos de alcanzar esas cifras.
La conclusión es difícil de evitar: los habitantes de la isla no pudieron vivir completamente aislados durante el milenio que documenta el registro arqueológico.

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Viajes repetidos por un mar sin velas
La única explicación compatible con todas las evidencias es que aquellos grupos mantuvieran una red estable de desplazamientos marítimos.
No se trataría de un viaje excepcional ni de una llegada accidental seguida por siglos de aislamiento. Todo apunta a desplazamientos repetidos, planificados y mantenidos generación tras generación.
Esta idea supone un cambio profundo en la forma de entender el Mesolítico mediterráneo.
Hasta hace relativamente poco, la mayoría de especialistas consideraba que la navegación compleja solo adquirió verdadera importancia con las primeras comunidades agrícolas del Neolítico. Sin embargo, el caso de Malta demuestra que grupos de cazadores-recolectores ya dominaban travesías de larga distancia mucho antes de que aparecieran las embarcaciones a vela.
Además, estos recorridos no consistían simplemente en alcanzar otra costa visible. En muchos momentos del Holoceno temprano, las rutas implicaban recorrer decenas de kilómetros de mar abierto, donde la tierra desaparecía del horizonte y cualquier error podía resultar fatal.
Eso exige conocimientos sobre orientación, condiciones meteorológicas, construcción de embarcaciones y planificación logística que hasta hace pocos años apenas se atribuían a estas sociedades.

Mucho más que intercambiar personas
Las consecuencias de estos contactos iban mucho más allá de evitar problemas genéticos. Cada viaje suponía también el intercambio de herramientas, conocimientos, materias primas, tradiciones y nuevas formas de afrontar un entorno cambiante.
En las pequeñas comunidades insulares, el aislamiento prolongado puede favorecer la desaparición de tecnologías o prácticas culturales. La historia de Tasmania suele citarse como ejemplo de cómo ciertas innovaciones se perdieron tras miles de años de desconexión respecto al continente australiano.
En cambio, Malta parece haber seguido un camino completamente diferente. La continuidad de las conexiones habría permitido mantener vivas habilidades especialmente complejas, como la propia navegación, además de favorecer la circulación de ideas y reforzar los vínculos sociales entre grupos dispersos por el Mediterráneo central.
El estudio sugiere incluso que Malta pudo formar parte de una red marítima mucho más amplia de lo que se pensaba hasta ahora.
Los últimos cazadores-recolectores europeos no solo exploraban nuevos territorios: también mantenían redes sociales que unían islas y costas mucho antes de la expansión de la agricultura.
Una pieza más de un Mediterráneo mucho más conectado
En los últimos años han aparecido distintas investigaciones que apuntan en una misma dirección. Restos arqueológicos en Sicilia, Malta y el norte de África, junto con estudios genéticos realizados sobre poblaciones prehistóricas de Túnez, indican que los contactos entre ambas orillas del Mediterráneo pudieron comenzar miles de años antes de la expansión de la agricultura.
Aunque todavía no existen pruebas directas de rutas regulares entre Europa y el norte de África durante el Mesolítico, la capacidad demostrada para realizar largas travesías abre un escenario completamente nuevo.

Lejos de ser una barrera infranqueable, el Mediterráneo pudo convertirse ya entonces en un espacio de conexión donde personas, conocimientos y tradiciones circulaban con mucha mayor frecuencia de la imaginada.
Esta nueva visión también obliga a replantear la colonización de otras pequeñas islas mediterráneas que hasta ahora se atribuían exclusivamente a comunidades agrícolas.
Sin duda alguna, mantener contactos durante más de mil años implica recordar rutas marítimas, transmitir conocimientos entre generaciones, construir embarcaciones adecuadas y sostener relaciones sociales estables entre comunidades separadas por el mar.
Todo ello dibuja un Mediterráneo sorprendentemente dinámico mucho antes del surgimiento de las grandes civilizaciones históricas.
La imagen de pequeñas bandas aisladas va dejando paso a otra muy distinta: grupos capaces de organizar viajes de larga distancia, mantener alianzas duraderas y convertir el mar en un espacio habitual de comunicación.

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Cada nuevo descubrimiento acerca un poco más a ese mundo desaparecido. Y, en el caso de Malta, la evidencia apunta a que los primeros navegantes europeos no solo llegaron hasta una isla remota, sino que hicieron del mar el hilo que mantuvo unida a su comunidad durante generaciones.
Fuente:
muyinteresante.okdiario.com




