Una joven pareja sentada en el suelo se abrazaba a la vuelta de la esquina del restaurante japonés Japanish, el hotel Altamira Suites, la tienda de mascotas Maxi Pet y el gimnasio Gym Fitness. “Allí vivía una amiga nuestra y sus padres están allí delante”, dijeron. “¡No quiero irme de aquí!”, insistió una mujer ante uno de los agentes jóvenes de la Guardia Nacional Bolivariana que intentaba consolar a los amigos y familiares. Las excavadoras JVC, brazos hidráulicos subiendo y bajando bajo los focos con estruendos secos de acero contra hormigón, explicaban la nueva realidad de otra manera. Ya no se encontrarán más cadáveres en la torre dos del edificio Petunia, en el distrito opulento de Altamira, municipio de Chacao, uno de los más ricos de América Latina. Treinta y cinco muertos y 28 heridos es el saldo definitivo de uno de los 189 edificios totalmente desplomados en esta catástrofe.
El número de víctimas mortales del terremoto más grave de la historia de Venezuela ya roza los 2.000, según los últimos datos. Pero con casi 41.000 desaparecidos, según la plataforma Desaparecidos Terremoto Venezuela, esto es solo el inicio del dolor. El número “irá subiendo de manera exponencial” conforme el trabajo de desescombro va avanzando, dijo el general estadounidense, Kevin Jarrad, máximo responsable de la operación de apoyo estadounidense, en una conversación durante un encuentro casual en el ascensor del hotel JW Marriott, también en el distrito de Chacao.
Cosa infrecuente en Caracas, el luto se reparte a partes iguales entre ricos, pobres y los de en medio. Dos cuadras más al oeste del Edificio Petunia, junto a la plaza Altamira, donde decenas de familias damnificadas están acampadas, una voluntaria y un capitán —también joven, de 30 años— esperaban delante de un pequeño descampado que hace ocho días era el edificio Obelisco. Aquí murieron 26 vecinos.
Aunque esta calle —en medio del distrito que se convirtió en el cuartel general de la oposición durante las batallas callejeras contra el Gobierno chavista hace una década— fue escena de abucheos durante la visita de Delcy Rodríguez hace unos días, el ambiente ahora no está crispado, sino de tristeza y hasta recogimiento. “Ya son 26 años de problemas con este gobierno, pero no quiero pelearme con el capitán”, dijo Giaconda señalando al joven militar. Ella distribuía alimentos a los damnificados desde un centro de acopio rodeado de edificios; son boquetes enormes en el hormigón. “Tenemos que estar unidos”,
Todo es incierto una semana desde el megasismo. Pero un paseo por Altamira desmiente de un plumazo el mensaje que circula rabiosamente por las politizadas redes sociales de que el problema eran los edificios de viviendas públicos para las familias pobres de los programas Misión Vivienda construidos bajo los gobiernos de Hugo Chávez y continuados bajo Nicolás Maduro. Aquí han caído cuatro inmuebles de alto standing ocupados por las clases medias altas. En La Guaira la verdadera zona cero de este desastre. a 20 kilómetros de Caracas, se desplomaron efectivamente cuatro bloques de viviendas públicas. Pero la mayoría de los 185 bloques que se colapsaron en La Guaira son de apartamentos privados, muchos de ellos segundas viviendas turísticas e incluso el hotel boutique Eduard Suites y Resort.
Increíblemente, dada esta realidad de un terremoto, mucho más ecuánime en su onda destructiva que la mala gestión económica del chavismo o las sanciones estadounidenses, existe “una campaña destinada a culpar al programa Misión Vivienda, responsable de la construcción de cinco millones de viviendas, de los colapsos y de las muertes, pese a que equivalgan a solo el 2,16% de los edificios colapsados”, afirma el economista Luis Salas en su blog.
Bien fueran viviendas públicas, bien privadas, la potencia del doble seísmo —equivalente a 170 bombas de Nagasaki en energía sísmica— derribó edificios por doquier. Es difícil saber exactamente por qué algunos se desplomaron y otros no. Sin duda, la calidad de la construcción en la Misión Vivienda a veces dejaba mucho que desear. Pero el edificio Petunia tenía sus problemas también: deficiencias estructurales heredadas desde otro terremoto de 1967. Tras unas reformas, fue vendido y reabierto con el permiso del ayuntamiento de Chacao —siempre de la oposición—, entre cuyos exalcaldes se incluye Leopoldo López, ahora afincado en Madrid. “El sismo fue el mismo, la ingeniería fue pero lso efectos son muy diferentes”, dijo una de las figuras clave en los planes de reconstrucción del Gobierno, el ingeniero Francisco Garcés.
La paz y el luto en Altamira contrastan con La Guaira, donde aún se espera algún milagro. “Aquí hemos podido hacer el trabajo; en La Guaira no damos abasto”, dijo el joven capitán. “La gente protesta allí porque piensa que estamos dando prioridad a un edificio colapsado y no a otro”. En cuanto a las críticas de la líder opositora María Corina Machado de que se obstaculiza a los ciudadanos que quieran participar en las operaciones de rescate, este joven militar dijo: “Hay gente que quiere entrar a robar porque quedan muchos objetos valiosos en los escombros; es difícil saber quiénes quieren entrar a ayudar y quiénes a robar”.
“Aún hay latidos debajo de los escombros”, añadió el genera Jarard en el Hotel Marriott de Chacao, que, a diferencia del Marriott de la Guaira, no ha sufrido daños. “Pero ya son muy pocos”, añadió. Preguntado hasta dónde se mantendrá la presencia militar estadounidense en la zona de desastre, respondió: “Me quedaré para siempre, si es necesario”.
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