Necesitamos tu ayuda para seguir informandoColabora con Nuevatribuna
Hay quienes en voz baja y con una mezcla de desesperación y sarcasmo, llegan a insinuar que el mayor gesto de paz que podría hacer Donald Trump sería desaparecer, y no necesariamente de este mundo —aunque ese pensamiento extremo circula en ciertos rincones del debate público—, sino al menos del escenario político internacional.
Trump domina el registro de lanzar frases cortas, amenazas simples y crear enemigos, un cóctel que convierte la política en un vulgar espectáculo
Que Trump se silenciara para siempre como consecuencia de un atentado no es un deseo defendible ni una solución civilizada, pues la violencia nunca ha sido una herramienta legítima para resolver conflictos políticos. Pero el hecho mismo de que haya personas que fantasean con algo así dice mucho del clima de tensión que rodea a una figura cuyo estilo político se asocia peligrosamente a la confrontación.
El pacificador a golpe de misiles
La paradoja del Nobel imaginario
Resumamos este sinsentido
En el fondo, lo que subyace en esa idea extrema no es tanto un anhelo de violencia como la intuición de que reducir la influencia de ciertos liderazgos hiperconfrontativos podría disminuir el riesgo de una escalada global que, en el peor de los casos, condujera a algo tan catastrófico como una tercera guerra mundial.
La figura de Donald Trump siempre ha tenido una relación… digamos peculiar, con el lenguaje de la paz. En su caso, la palabra “paz” suele ir acompañada de mayúsculas, de amenazas en redes sociales, y de una retórica que parece escrita a medio camino entre un discurso diplomático y el guion de una película de acción de serie B.
El pacificador a golpe de misiles
Hay una ironía en el hecho de que Trump haya insinuado en varias ocasiones ser merecedor del Premio Nobel de la Paz al mismo tiempo que lanzaba advertencias del tipo: “si hacen lo que no deben, la respuesta será devastadora”. La escena de esta paradoja recuerda a alguien que entra en una habitación gritando “tranquilidad” mientras golpea la mesa con un martillo.
Donald Trump no ha inventado la política de la amenaza, pero sí la ha llevado a una versión mediática extraordinariamente eficaz para sus intereses
El estilo político de este problemático personaje se ha basado durante años en que la paz no la contempla como un complejo proceso de diálogo internacional, sino más bien un concurso para ver quién amenaza más fuerte sin que el otro apriete el botón. Parte de la base política de Trump encuentra un atractivo casi hipnótico en ese estilo, no tanto por una sofisticación estratégica —que rara vez se explica con detalle— sino por la sensación teatral de fuerza.
Trump domina el registro de lanzar frases cortas, amenazas simples y crear enemigos, un cóctel que convierte la política en un vulgar espectáculo que este singular personaje no ha inventado siendo que a lo largo de la historia siempre hubo seguidores que confundieron el tono agresivo con lo que ellos consideraban estrategia inteligente, una mezcla de psicología política y marketing en la que un político es capaz de presentarse como el único capaz de “poner orden”, consiguiendo que sus partidarios interpreten sus amenazas como pruebas de valentía, consiguiendo así que el resultado sea una especie de culto al personaje, donde la coherencia importa menos que la fidelidad al líder. De este modo, si hoy se dice una cosa y mañana la contraria, no se considerará contradicción sino solo como una “táctica”.
La paradoja del Nobel imaginario
El contraste más llamativo en el individuo objeto de estas reflexiones es su obsesión por el Nobel, pues en su extravagante imaginario recibir el Nobel Peace Prize sería la confirmación definitiva de la grandeza histórica a la que aspira cuando, sin embargo, en la hipotética apariencia de sus críticos la idea tendría un tono casi satírico, pues la ironía es evidente y otorgar un premio dedicado a la paz a alguien cuya herramienta favorita de política exterior ha sido el ultimátum público, no deja de ser una absurda contradicción.
Hay una ironía en el hecho de que Trump haya insinuado en varias ocasiones ser merecedor del Premio Nobel de la Paz
Resumamos este sinsentido
Donald Trump no ha inventado la política de la amenaza, pero sí la ha llevado a una versión mediática extraordinariamente eficaz para sus intereses. Su liderazgo mezcla espectáculo, confrontación y autopromoción, todo al mismo tiempo, y esto para algunos es un símbolo de firmeza, pero para otros una caricatura peligrosa de cómo no debería funcionar la diplomacia.
Y quizá esa sea la verdadera cuestión y ponga en evidencia que en un mundo donde la estabilidad depende de equilibrios extremadamente frágiles, convertir la política internacional en un espectáculo permanente puede resultar mucho más arriesgado de lo que parece desde la primera fila de un mitin… sobre todo cuando quien está en el escenario también maneja el sistema de luces, el volumen de los altavoces y, de paso, parte del tablero geopolítico.
Source:
www.nuevatribuna.es





