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Todos somos emigrantes

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María del Pilar López Almena |

En La tempestad (1612), de William Shakespeare, aparece un personaje poco definido llamado Calibán que la doctora en Estudios Teatrales Sandra Ortega conceptúa como “uno de los otros”, un extranjero, alguien que no pertenece a su entorno ni cultura. Es más, para enfrentarlo a la alta consideración de la sociedad propia que mantiene el autor (y su público), Calibán es mostrado como un hombre primitivo, un ser inferior, salvaje, incivilizado, inculto. Atributos todos ellos tan atractivos (un inocente al que esclavizar, como supusieron todas las metrópolis sobre los habitantes de sus colonias) como peligrosos, porque Calibán era también un monstruo, alguien a quien había que apartar del hombre de bien, una bestia dañina a la que odiar, eliminar, erradicar, expulsar, despreciar.

El odio y el rechazo a los otros no es nuevo. Ni su utilización como mano de obra barata o esclava, justificada por una supuesta condición innata de inferioridad al servicio de otra superior ya fuese la metrópoli, la clase, la nacionalidad, la raza o la religión. Son los otros, esa extensa parte de los habitantes del mundo que, a lo largo de la historia, han sido señalados, denigrados y maltratados por su procedencia, cultura, situación socioeconómica, el color de su piel, la religión que profesan o su sexo. Las mujeres, la mitad del cielo, seguimos sin poder sustraernos al estigma de inferioridad colgado al cuello como un sambenito, pese a todo lo avanzado, que es mucho. 

Aunque el desprecio a Calibán haya ido variando a lo largo del tiempo, lo que se teme, en realidad, es clasista, el ascenso social de los otros, una población económicamente débil, diferente, ajena, foránea. Siempre se ha encontrado un leitmotiv para justificar ese tipo de discriminación. Hoy se les señala como extranjeros peligrosos y dañinos por la ausencia de papeles, por no acreditar oficial y administrativamente una supuesta pureza de sangre civil. Como un moderno Calibán, el desprecio al otro se proyecta ahora al inmigrante considerado ilegal, indocumentado, un ser privado de estatus propio. No es nadie. No es un nacional ni un foráneo, no es un esclavo ni un hombre libre, no es ni siquiera un criminal, porque incluso los criminales tienen papeles, nacionalidad y derechos. Inmigrantes colocados en un limbo de ilegalidad tan solo por su apariencia, su religión o su idioma. 

La gran falacia de nuestro tiempo es la negación del hecho de que todos somos inmigrantes. Desde el primer hombre, mejor dicho, desde la primera mujer, Lucy, la hembra Australopithecus afarensis que viajó (ella no, claro, sus descendientes) desde Etiopía para poblar el mundo, todos somos inmigrantes. La investigación prehistórica nos ofrece cada día novedades interesantísimas sobre varias poblaciones homínidas (H. ergaster, H. erectus, H. heidelbergensis, H. floresiensis, neandertales, denisovanos, naledi o el último, el Hombre de la cueva de los ciervos de China) en distintos puntos del planeta, pero el origen de la vida humana sigue siendo único, en un solo lugar, África. Y todos los demás, todas las siete hijas de Eva de las que desciende la población mundial, fueron inmigrantes.

Los pueblos primitivos lucharon contra extranjeros (bárbaros, se les llamaba) en la misma medida (o casi) que los incorporaron en su seno. Los mexica se instalan en el valle de México después de migrar durante más de 200 años desde un punto desconocido llamado Aztlán. Viajeros polinesios se mezclaron con poblaciones sudamericanas mucho antes de la llegada de los europeos. Una teoría (aún en discusión) considera la cultura Jōmon japonesa como el ancestro de la cultura Valdivia de Ecuador. Todas las civilizaciones mesopotámicas del Creciente Fértil (sumerios, acadios, asirios, babilonios, medos, arameos, caldeos…) incorporaron a su panteón de divinidades a las de los pueblos conquistados asimilándolos junto a sus habitantes en una sola tierra y una sola cultura. Hombres y mujeres de la antigüedad, desde los fenicios a los griegos, desde los iranios a los túrquicos, desde los eslavos hasta los asiáticos, conquistaron, viajaron, migraron y se instalaron en tierras ajenas mezclándose con sus pobladores, integrándose, diluyéndose, superponiéndose a ellos también. 

Hasta la religión habla de migraciones: María y José eran inmigrantes en Nazaret (Galilea) y desde allí marchaban a su Belén de Judea natal cuando nació Jesús; las doce tribus de Jacob habían emigrado a Egipto desde su originario Canaán (Mesopotamia) cuando fueron esclavizados antes de iniciar su éxodo; Mahoma, que se había visto obligado a emigrar a Medina en el 622, volvió años más tarde para conquistar La Meca… 

Los imperios marcaron un ritmo diferente. Ya no se trataba solo de conquistar, asimilar e integrar, sino de dominar. Roma impuso su ley y su religión (primero paganismo, luego cristianismo) a millones de seres de multitud de procedencias y razas. Sin embargo, la Constitutio Antoniniana (212 d. C.) extendió la ciudadanía romana a todos los hombres libres. Eurasia entera vivió siglos de migraciones de pueblos y movimientos de enormes tribus (túrquicos, árabes, mongoles, chinos, tártaros, eslavos, fineses, escandinavos…) desde los confines de China hasta el Mediterráneo, desde Suecia hasta la India. El mismo continente europeo es el resultado de una amalgama de culturas, razas y religiones forjada en un crisol de movimientos, migraciones, guerras, asimilaciones, invasiones, conquistas y reconquistas continuas a lo largo de la historia. Fronteras permeables que se derribaban y reconstruían, pero que nunca dejaron de variar al ritmo de incesantes movimientos de pueblos e ideas, por mucho que el chovinismo francés, el orgullo alemán, el pragmatismo inglés o el patriotismo español lo quieran obviar.

A la península Ibérica, cuando aún no existía en ella un país, una nación o un estado, llegaron fenicios, griegos, celtas, celtíberos, lusones, vascones, íberos, godos… romanos, bereberes y mahometanos hasta conformar una mixtura de identidad propia que se dio en llamar España (y Portugal). También, después de pasar por una aportación indiana desde el mismo descubrimiento. Muchos se instalaron en América, muchos tuvieron descendencia allí, muchos se quedaron en esa tierra perpetuando la raza. Otros volvieron con sus esposas, maridos, hijos e hijas, familias enteras nacidas allende los mares, mezcladas con africanos, indios, indianos, ingleses, alemanes, filipinos, orientales… 

Aún existe otra gran falacia de nuestro tiempo: la negación del hecho de que en todas las naciones del mundo se necesitan (necesitamos) inmigrantes.

Tras la sucesión de dos guerras mundiales, Europa se levantó económicamente con la significativa y trascendental aportación del trabajo inmigrante, intra y extra europeo. Millones de hombres y mujeres emigrantes que proporcionaron riqueza tanto a la nación de la que procedían como a la que les recibió como incómoda mano de obra extranjera. 

Y los Estados Unidos de América, ese país MAGA que clama, actualizado, el eslogan decimonónico de la Doctrina Monroe (América para los americanos) sin entender, o sin querer hacerlo, que su nación no es un continente, se formó con inmigrantes. Su población nativa actual es minoritaria, apenas un 2% del total (y son ciudadanos de Estados Unidos solo desde 1924), lo que quiere decir que el 98% de los estadounidenses descienden de inmigrantes. Los primeros fueron hombres primitivos llegados desde las estepas siberianas (rusos, ¡qué cosas!) por el estrecho de Bering. Más tarde, aparecieron los conquistadores españoles y después los ingleses, que establecieron allí cárceles para criminales condenados por la ley. También los holandeses y franceses que llegaron, guerrearon, esquilmaron y se fueron. Luego, emigró, para instalarse en sus tierras fértiles y hasta en las baldías, una multiplicidad de mano de obra empobrecida y emprendedora compuesta de irlandeses, italianos, polacos, holandeses, alemanes, chinos… 

A ellos habría que sumar toda la población africana llevada a las tierras americanas como esclavos (estos no migraron por su voluntad, claro) y que en Estados unidos fueron discriminados durante generaciones aun siendo su propio país de nacimiento. Claro que, en el siglo XVIII solo la gente blanca (y libre, eso era obvio) tenía permitido nacionalizarse en los recién nacidos Estados Unidos de América, y actualmente a los centro y sudamericanos y hasta a los españoles se les coloca en Hollywood (de cara a cumplir cupos de igualdad) entre la gente de color. Faltaría añadir a los numerosos latinos que no han cesado de atravesar la frontera sur estadounidense y que son hoy objeto de discriminaciones, persecuciones, encarcelamientos, expulsiones y crueldades difíciles entender en pleno siglo XXI. 

Curiosamente, en Estados Unidos, asciende cada día el número de los que abandonan el país. No los expulsados por la política migratoria, no. Se trata de famosos, estudiantes, también de una fuga de cerebros, pero, sobre todo, la que se larga es gente corriente. Se baraja la cifra de 150.000 personas desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca. El pasado año, según The Wall Street Journal (‘Americans Are Leaving the U.S. in Record Numbers’, por Drew Hinshaw y Joe Parkinson, 25 de febrero de 2026) emigró más gente que la que llegó, algo que no ocurría desde los tiempos de la Gran Depresión. Las solicitudes de pasaportes extranjeros o de renuncia a la ciudadanía aumentaron un 48 % en 2024; una encuesta reciente arroja la cifra de un 17% de ciudadanos que desearían mudarse al extranjero; el Reino Unido recibió en 2025 más de 6.100 solicitudes de ciudadanía británica por parte de estadounidenses, una cifra inédita en el país, lo mismo que en Irlanda, donde las solicitudes aumentaron un 46 % solo en un año; la Unión Europea contempla hoy un número récor de ciudadanos estadounidenses viviendo, trabajando y solicitando una nueva ciudadanía. Y las cifras crecen. Ahora, cuando se cumplen 250 años de su existencia, ciudadanos estadounidenses son inmigrantes en otros lugares que consideran mejores para su familia y su calidad de vida. Muchos lo encuentran en México, ¡qué cosas! 

No ha habido en la historia una sola nación que no haya recurrido y necesitado de otras allende su territorio para constituirse, existir y construir un futuro. Nunca ninguna cultura ha dejado de contar con los llegados desde otras latitudes, desde otras costas. Ni una sola. Pero todas, absolutamente todas y en todas y cada una de las civilizaciones y épocas históricas, han considerado que los extranjeros sobran. A este lado del Atlántico, el renacer de las fronteras de la UE, el freno a los permisos de residencia, las devoluciones en caliente o las deportaciones masivas de ciudadanos extracomunitarios, son un buen ejemplo de ello. 

Es un terrible demérito para nuestro tiempo que la xenofobia siga marcando el camino político de los estados, que los que fueron atroces víctimas se comporten hoy como encarnizados verdugos, que los descendientes de aquellos inmigrantes que expulsaron a los nativos de su tierra para construir una nación de foráneos, ahora se dediquen a censurar, detener, encarcelar y expulsar a otros inmigrantes, quizá unos de los que más han contribuido a ser lo que ese país es hoy. Ver la aceptación y refuerzo positivo de esta situación por parte de los organismos internacionales y estados democráticos en general, es muy duro de asimilar como sociedad. Pero aún lo es más la pasividad, la inacción, la indiferencia. Afortunadamente, cada día hay más concienciación y contestación pública. Terriblemente, cada día esa legítima defensa de los más elementales derechos humanos se lleva vidas por delante.

Ya lo dijo aquel religioso alemán de nombre Martin Niemöller (reiterado por Bertolt Brecht): 

«Primero vinieron a por los socialistas, y no hablé, porque no era socialista. Luego vinieron a por los sindicalistas, y no hablé, porque no era sindicalista. Después vinieron a por los judíos, y no hablé, porque no era judío. Ahora vienen a por mí, pero ya no quedaba nadie para hablar por mí». 

Añadan ustedes a los comunistas, los negros, los homosexuales, los extranjeros, los inmigrantes, los indocumentados… Ahora yo soy el despreciado Calibán, vienen a por mí, y no hay nadie que me defienda. ¿O aún no es demasiado tarde?


Source:

www.nuevatribuna.es

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