No es de extrañar que, teniendo que catar tanto documental, biopic, libro, serie, reedición de disco, exposición y demás ingredientes de ropavieja beatleniana para dar su aprobación, Paul McCartney terminase dándose un atracón de nostalgia casi sin querer. La guinda con la publicación de ‘Now … and then’, la primera canción nueva del grupo cincuenta y tres años después de separarse, debió ser como aquella chocolatina que le sirven de postre al infame gordinflas de la película ‘El sentido de la vida’. Macca no podía quedarse con todo eso ahí dentro, tenía que sacarlo. Y lo que ha vomitado es uno de esos discos que ya no se hacen, un tratado de pop-rock de los de antes.
Se siente con las primeras notas. ‘As you lie there’ abre el repertorio con aura de disco de los sesenta, recitando un poema acerca de un amor platónico de infancia sobre una suave guitarra acústica, cuando de pronto Paul, un tipo juicioso donde los haya que no iba a cometer la torpeza de ser condescendiente, da el primer zarpazo de genialidad metiendo una distorsión que grita que está aquí, en 2026. Es la primera canción en la que trabajó con el productor Andrew Watt (el mismo que ha resucitado el mojo de los Rolling Stones) para este álbum allá por 2021, y la que mejor ejemplifica el despliegue de contrastes que nos vamos a encontrar.
‘The Boys of Dungeon Lane’ se ha grabado a lo largo de cinco años, entre Los Ángeles y Sussex en una serie de sesiones salteadas en medio de una gira mundial, tiempo de sobra como para que el autor acabara dispersándose o alargando el proceso hasta el infinito entre añadidos y correcciones. Y sin embargo, a pesar de ser un disco bastante heterogéneo, tiene una coherencia pasmosa.
El medio tiempo simpaticón y T-Rexiano de ‘Lost Horizon’, una demo de hace veintipico años que un ingeniero de los estudios Abbey Road encontró hace poco por casualidad y que ha sido rescatada para este proyecto, sirve de puente para entrar ya de lleno en el hilo argumental de ‘The Boys of Dungeon Lane’ con la preciosa ‘Days we left behind’, donde encontramos no solo el verso que da título al álbum, sino su fragmento más emocionante: el instante en que conoció a John Lennon: «Nos encontramos en Forthlin Road / y escribimos un código secreto / para no ser jamás revelado / me mantengo fiel a lo que dije / la promesa que hice / nunca será rota».
«A menudo me pregunto si solo estoy escribiendo sobre el pasado, pero luego pienso: ¿cómo se puede escribir sobre otra cosa? Son solo muchos recuerdos de Liverpool», explicó McCartney sobre esta pieza, a la que sigue ‘Ripples in a Pond’, que igual que el tema de apertura despliega otra audaz combinación de elementos contemporáneos y ‘vintage’ solo propia de un sabio con muchas vueltas al sol a sus espaldas.
Sin llegar a ser del todo un álbum conceptual sobre los días de gloria vital y creativa, hay muchos momentos que remiten al McCartney que todos tenemos en la mente, el compositor brillante, sencillo pero detallista y con una ternura interpretativa desarmante
El equilibrio está muy bien medido, alternando el pub rock fresco de ‘Come Inside’, más a lo Wings, con guiños a recursos ornamentales clásicos de la década prodigiosa como los efectos de cinta en ‘reverse’ de ‘Never Know’ o el clavicordio y las voces subacuáticas de ‘Mountain Top’, un escarceo psicodélico que cuenta la historia de un viaje de ácido en el Glastonbury hippy, ese que ya solo existe en la memoria de quienes lo presenciaron, si es que la conservan.
‘Home to us’ en colaboración con Ringo Starr (y con hermosos coros de Chrissie Hynde de Pretenders y Sharleen Spiteri de Texas) es otra cúspide retrospectiva de ‘The Boys of Dungeon Lane’, dibujando un vivaz retrato del Liverpool de finales de los cincuenta que los vio crecer. «No nos preocupaba adónde nos llevaría el camino / No había tiempo para berrinches, porque eso era todo lo que sabíamos / El mundo a nuestro alrededor no era seguro, todo se estaba derrumbando / Pero era mi ciudad natal / Y era nuestro hogar», cantan los supervivientes de los Beatles en su primer dueto.
En esa línea de morriña digna de súper ocho familiar se mueve la acústica ‘Down South’, donde McCartney recuerda los días en que hacía autostop con George Harrison, subiéndose a camiones para irse un día de vacaciones gratis, o aquel viaje con John Lennon a París con cien libras en el bolsillo. Y sin ser del todo un álbum conceptual sobre los gloriosos días de juventud vital y creativa, delicadezas como ‘We two’, ‘Life can be hard’ o ‘First star of the night’ remiten sin remedio a las mejores nanas de los Beatles presentando al Macca que todos tenemos en la mente, el compositor brillante, sencillo pero detallista y con una ternura interpretativa desarmante.
Uno de los momentos más especiales sin duda es ‘Salesman Saint’, balada de homenaje al esfuerzo de sus padres por criarle en la penuria de la posguerra que arranca con una trompeta tex-mex y un tratamiento vocal de aire añejo, para luego sorprender con un desarrollo espectacular que introduce con exquisita suavidad elementos del swing de los años cuarenta.
Y Paul McCartney, que cumple 84 años en unos días, termina el que quién sabe si será su último disco con ‘Momma gets by’, una evocación melancólica a piano con orquestación que parece ajustar cuentas con ciertas cosas del pasado y deja una sensación extraña, de despedida sin decir adiós. Dolería, porque desde que él empezó las tornas han cambiado tanto que ahora el pop sí es país para viejos. Pero si es así como tiene que terminar la discografía del mejor hacedor de canciones pop de todos los tiempos, bienvenido sea.
Fuente:
www.abc.es



