En ningún país como en España ha florecido un género periodístico como es la tertulia, hasta el punto de que raro es el medio que se precie, escrito, radiofónico, televisivo o simplemente lineal, que no albergue al menos una tertulia.
Un formato, en su versión moderna, nacido en la cadena SER de la mano de Fernando Ónega y Javier González Ferrari, cuyo programa La Trastienda se convertiría en el germen de muchos otros, desatando una competencia feroz entre todos ellos, pero sirviendo al mismo tiempo para ahormar, contrastar, polarizar e incluso encolerizar a gran parte de la opinión pública española.
Fruto de un intenso trabajo del periodista cordobés Antonio Villarreal, de reporterismo, investigación, entrevistas y largas horas asistiendo presencialmente a tertulias, acaba de aparecer el libro Tertulianos, que lleva por subtítulo el resumen de este: Un viaje a la industria de la opinión en España (Ed. Península, 245 págs.)
Por el libro de Villarreal desfila todo el Gotha del tertulianismo en nuestro país. A semejanza de Quintus Septimus Florens Tertullianus, el teólogo del siglo II que dio nombre al título o calificativo de tertuliano por el estilo agudo, analítico y el uso robusto de la argumentación, quienes rescataron este noble arte de la retórica comenzaron siendo periodistas con más información de la que podían contar en sus respetivos periódicos. Así, empezaron acudiendo prácticamente a un estudio de radio en horario clandestino.
Tras la innovación en la SER, en donde aquella tertulia inicial duró apenas un par de temporadas, el formato echó los dientes en aquel contenedor formidable de Luis del Olmo llamado Protagonistas, un fenómeno capaz de aguantar cuarenta años en antena saltando de una a otra cadena.
Para el autor del libro, la tertulia era un espacio que “tuvo una adolescencia iracunda y mordaz en las de Antonio Herrero, se volvió solemne en las de Iñaki Gabilondo, perdió la cabeza en las tertulias de locos -literales o embriagados- de Javier Sardá, fue sardónico en la de Julia Otero y sarcástico en la de Carlos Alsina, calculador en las de Carlos Herrera, sofisticado en las de Manuel Llamas y cruel en las de Federico Jiménez Losantos”.
Cada capo se hizo con su propia cuadra de gladiadores de la opinión, a los que progresivamente fueron exigiendo una mayor identificación con el papel asignado en la obra, que representaban a diferentes horas del día: mañana, tarde y noche. Públicos diversos o simplemente el mismo, pero con el distinto talante que se va fraguando a largo de todo un día, disponían -y siguen a su alcance- espacios y tertulianos en y con los que fortalecer sus propias convicciones, y cultivar en su fuero interno una devoción casi mística hacia determinadas voces.
Merced, pues, al altavoz radiofónico y a la vehemencia con que convencían a sus audiencias, firmas con una cotización normal en sus medios escritos, se veían catapultados a un estrellato sideral, hasta el punto de multiplicar su remuneración tras convertirse en objetos de deseo y de disputa entre cadenas de radio y televisión.
Ese proceso lo describe Villarreal como el de “pequeños mamíferos multiplataforma que saltan de tertulia en tertulia, intervienen durante tres minutos y rápidamente saltan a otra sobre los cadáveres de los grandes carnívoros de la opinión”.
Aunque se cita al programa La Clave (originario de la ORTF francesa con el título de Les dossiers de l´écran) como un antecedente inmediato del moderno tertulianismo, el autor prefiere situarlo como un debate, que adquirió su gran fama por el momento político que vivía la nueva España democrática. Por el contrario, el autor prefiere situar el antecedente más genuino en la tertulia del Café de Pombo, y a su propulsor, Ramón Gómez de la Serna, como el más genuino tertuliano.
Si el Gotha es la publicación anual de Europa, que compendia con todo detalle datos de las casas reales, la alta nobleza y la aristocracia, en Tertulianos se encuentran mencionados la práctica totalidad de los que fueron o son forjadores de opinión, o al menos afianzadores de convicciones i-n-a-m-o-v-i-b-l-e-s.
En la percepción general, del florete y la esgrima dialéctica se ha pasado a un notable aumento del griterío y un supuesto intercambio de opiniones, o más propiamente de invectivas, pasado de decibelios. “En el nivel superior de descortesía encontramos los insultos. Si en 1989 un imbécil logró paralizar la emisión de La linterna durante varios días, en 2017 el análisis a esta y otras tertulias de ámbito nacional arrojaba la siguiente selección de insultos, de los cuales el 77 % se registraron en televisión: Idiota. Inepto. Cretino. Cínico. Hipócrita. Malvado. Miserable. Absurda. Ridícula. Ñoña. Animal de poder y sin escrúpulos. Arrogante. Autoritario. Canalla. Energúmeno. Mafioso. Mentirosa. Nefasto. Sinvergüenza. Seguramente, nuestros oídos se han acostumbrado tanto a la tertulia contemporánea que ya muchos de ellos ni siquiera nos resultan insultos, tan solo adjetivaciones hiperbólicas que se hacen en beneficio del espectáculo.”
Una industria, la de la opinión, que vive entre la precariedad y el poder, entre la teatralidad y la política real, y que, para bien o para mal, marca el pulso y el estado de ánimo de la sociedad en la que vivimos.
Source:
www.atalayar.com



