Juan Tapia preguntó al gerente de La Vanguardia, Carlos Fajardo, cuánto cobraba Indro Montanelli por su columna semanal y le respondió que no lo sabía pero que se enteraría.
A la semana siguiente le dijo que no cobraba nada.
Por lo visto, el jefe de … sección de Internacional, Carlos Nadal, había leído en el Corriere una columna del señor Montanelli, y le llamó para pedirle permiso para traducirla y publicarla. El autor dijo que no tenía ningún inconveniente. Por el éxito que tuvo, Nadal pensó en publicar semanalmente una de las columnas que cada día escribía Montanelli en el Corriere. Le volvió a llamar para cerrar con él un acuerdo y Montanelli dijo que a él le pagaba su periódico, que La Vanguardia podía hacer lo que quisiera con sus columnas siempre y cuando la traducción fuera buena, y que no le volvieran a llamar para hablar de ese asunto.
La Vanguardia solía tener una muy buena sección de Internacional. Carlos Godó, el anterior conde, jugaba a golf en el Reino Unido y sus amigos le hicieron anglófilo. Por eso, aunque la casa tuvo en cierto modo que acomodarse a algunos aspectos del franquismo, mantuvo una sección de Internacional partidaria de los aliados durante la Segunda Guerra Mundial.
El redactor jefe era entonces Santiago Nadal, un periodista leridano cuyo hermano mayor, Eugenio, había sido asesinado por los rojos. Como consecuencia, la familia, de tradición monárquica, se había vuelto franquista, pero contra Hitler tuvieron claras sus preferencias.
Franco toleraba aquello porque bastante complicada tenía ya la relación con el Conde de Godó, como para ir a meterse en un asunto en el que además también acabó girando. Carlos Nadal sucedió a su hermano como jefe de la sección y que le gustara Montanelli no se puede atribuir a la casualidad.
Juan Tapia quedó bastante impresionado con que Montanelli no quisiera cobrar y decidió darle el premio de la casa -premio Ramón Godó Lallana- cuadrando al alza la dotación económica. No era gran cosa, pero por lo menos era algo.
Los colegios ya habían terminado, junio de 1991, yo estaba en Semon haciendo nada. Aquel día Juan fue solo y aunque yo todavía no había estado en La Vanguardia, lo conocía por ser amigo de mis padres y comí con él. Al despedirnos me preguntó si quería conocer a Indro Montanelli y me invitó a cenar con él y con Javier Godó en la sede del periódico, entonces en la calle Pelayo, con la excusa ante el editor de que el catering de la cena también lo servía mi abuela.
Yo acababa de cumplir los 16, y en aquella época sin Internet, no muchos de mis amigos conocían a Indro Montanelli, de modo que pude fanfarronear poco ante ellos; pero sus padres y también mi familia leían todos La Vanguardia, y eran grandes partidarios, y durante aquel verano fui un héroe entre los mayores por haber asistido a aquella cena.
El momento más brillante fue cuando Juan le comentó que había leído en sus columnas que a veces votaba a un partido ligeramente liberal y a veces a otro un poco más conservador, pero que los dos acababan pactando con la Democracia Cristiana. Y le preguntó por qué lo hacía.
Montanelli explicó que, en realidad, no le gustaba ningún partido, pero que aquellos dos eran los moderados, y que cuando uno se equivocaba demasiado, votaba al otro. Juan le preguntó entonces si alguna vez se había planteado dejar de votar, directa o indirectamente, a la Democracia Cristiana. Y Montanelli respondió que de ninguna manera: «La Democracia Cristiana roba, pero roba con guantes. La izquierda lo hace con las manos».
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