Reem Al Hashimy sobre Irán: «No somos ingenuos»

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La ministra de Estado de los Emiratos Árabes Unidos para la Cooperación Internacional, Reem Al Hashimy, intervino este domingo en la cadena ABC News, en el programa This Week, donde lanzó un mensaje de inusual firmeza respecto a Irán, a pocos días de una nueva ronda de negociaciones prevista entre Washington y Teherán en Islamabad.

En un contexto de tensiones extremas desde el estallido del conflicto el pasado 28 de febrero, y mientras el estrecho de Ormuz se ha convertido en un instrumento clave de presión económica, la responsable emiratí fijó una línea clara: cualquier acuerdo con Irán debe garantizar una paz duradera y no limitarse a aplazar futuras crisis.

«No tiene sentido posponer el problema si vamos a acabar en el mismo punto, quizá incluso frente a un régimen más envalentonado», afirmó, subrayando explícitamente el riesgo de un acuerdo superficial.

Más allá de la declaración, sin embargo, el mensaje tiene un alcance estratégico mucho más amplio. Lo que hoy expresan los Emiratos Árabes Unidos va más allá de una simple posición diplomática: refleja un cambio profundo.

Desde el inicio del conflicto, Abu Dabi considera haber sido blanco directo de acciones atribuidas a Irán o a sus aliados regionales, incluidos ataques contra infraestructuras no militares. Esta realidad ha alimentado un nivel de desconfianza que ya no es coyuntural, sino estructural.

Cuando Reem Al Hashimy afirma que los Emiratos son «todo lo que Irán no es», no se limita a comparar dos países, sino que contrapone dos modelos. Por un lado, una estrategia basada en la integración económica, la diversificación y la estabilidad. Por otro, un sistema acusado de privilegiar la proyección de poder mediante medios indirectos: misiles, drones y redes de influencia regional.

En este contexto, el estrecho de Ormuz se ha convertido en el punto central de esta confrontación. Más que un simple paso marítimo, es hoy una herramienta de presión global. Cada restricción del tráfico se traduce inmediatamente en un aumento de los precios de la energía y en tensiones sobre la economía mundial.

Frente a ello, la posición estadounidense, impulsada por Donald Trump, se basa en una doble lógica: negociar mientras se mantiene la presión. La exigencia de un acuerdo que incluya la reapertura total del estrecho va acompañada de amenazas explícitas contra las infraestructuras energéticas iraníes.

Sin embargo, esta estrategia conlleva un riesgo evidente: el de desencadenar una escalada que ningún actor podría controlar plenamente.

Lo que temen hoy los países del Golfo, y que la ministra emiratí expresó sin ambigüedades, es la repetición de un escenario ya conocido: un acuerdo parcial, seguido de una desescalada temporal, y luego un regreso a tensiones aún mayores.

En otras palabras, la cuestión ya no es si hay que negociar con Irán, sino si esas negociaciones pueden producir algo más que un ciclo interminable de crisis aplazadas.

En este contexto, las declaraciones de Abu Dabi adquieren un significado particular. Reflejan el fin de cierta paciencia estratégica. Y, quizá más profundamente, el fin de una ilusión: la idea de que la estabilidad regional puede lograrse sin redefinir los equilibrios de poder.

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