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Qué significa realmente el SPF de tu protector solar (y por qué casi todos lo usamos mal)

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Hay una pregunta que casi nadie se hace mientras se embadurna en la toalla: ¿protege de verdad este bote lo que promete el número? La respuesta incomoda. Ese 50 existe y está medido con un método estandarizado, pero se obtuvo en unas circunstancias que usted no reproduce, y la distancia entre el laboratorio y la playa no es un matiz.

Lo que debes saber…

El SPF se mide aplicando dos miligramos de crema por centímetro cuadrado. En la playa se aplica entre 0,39 y 1,0. El número no miente: describe un ensayo que casi nadie reproduce. Qué mide en realidad el factor y qué hacer con eso.

Dos miligramos por centímetro cuadrado en el ensayo, entre 0,39 y 1,0 en la playa. La distancia que lo explica todo.

El SPF mide dosis de radiación, no minutos. El mismo bote rinde distinto según la hora.

Treinta mililitros por aplicación. Seis cucharaditas para un adulto en bañador.

El SPF se mide en personas; la protección UVA, sobre una placa de plástico. Dos métodos, un solo envase.

Un tercio del SPF y 370 nanómetros. La protección UVA que recomienda Bruselas, y que no es obligatoria.

Los Prix d’Excellence Solaire premian formatos, no potencias. Stick, textura acuosa, color, infantil, piel atópica.

Reaplicar dentro de la primera hora. Compensa la falta de cantidad sin medir nada.

La pregunta llega en buen momento. Nuestras compañeras de Marie Claire, cabecera de esta casa, entregaron el pasado junio la primera edición de sus Prix d’Excellence Solaire, unos premios que distinguen diez fotoprotectores del año repartidos en categorías tan distintas como el stick, la textura acuosa, el producto con color, el infantil o el pensado para piel atópica. Esa variedad de formatos no es un capricho de escaparate: apunta, sin decirlo, al problema real de la fotoprotección, que no está en el número del envase, sino en cómo y cuánto se aplica.

Descubre los diez fotoprotectores premiados en los Prix d’Excellence Solaire

La norma que fija cómo se mide, la ISO 24444, establece que el ensayo se hace aplicando dos miligramos de producto por cada centímetro cuadrado de piel. Un trabajo de revisión firmado por Bibi Petersen y Hans Christian Wulf en Photodermatology, Photoimmunology & Photomedicine recogió cuánto se aplica en la vida real: entre 0,39 y 1,0 miligramos por centímetro cuadrado. Entre una quinta parte y la mitad de lo que exige el ensayo.

El SPF no es un reloj

El error más extendido sobre la protección solar es tratar el factor como si midiera tiempo. La idea circula desde hace décadas: si sin crema me quemo en veinte minutos, con un factor 30 aguantaré diez horas. Suena razonable y es falso.

El SPF no mide minutos, mide dosis de radiación. En el ensayo se ilumina la piel de varios voluntarios con una lámpara calibrada y se busca la dosis eritematosa mínima, la cantidad de radiación ultravioleta B más pequeña capaz de dejar un enrojecimiento apenas perceptible. Se hace dos veces, sobre piel desnuda y sobre piel cubierta con el producto, y el factor es la razón entre ambas cifras.

Que sea una razón de dosis y no un cronómetro tiene una consecuencia práctica inmediata: la radiación que llega a la piel no es constante. Cambia con la hora, con el mes, con la altitud, con las nubes y con lo que hay bajo los pies, porque la arena y el agua rebotan parte de la luz hacia arriba. A las tres de la tarde de un doce de agosto en la costa, una dosis que a las nueve de la mañana tardaría dos horas en acumularse llega en bastante menos tiempo. El número del bote no sabe qué hora es.

El número que no está en la caja

El SPF solo habla de una parte del problema, porque se mide sobre quemadura y quien quema es sobre todo la radiación ultravioleta B. La ultravioleta A no enrojece de forma llamativa, penetra más y participa en el envejecimiento cutáneo y en el daño del ADN de las células, el mismo mecanismo que está detrás del cáncer de piel.

Para eso existe otro indicador que casi nadie mira. La Recomendación 2006/647/CE de la Comisión Europea establece que un producto solar debería ofrecer una protección frente a la ultravioleta A de al menos un tercio del SPF declarado, además de una longitud de onda crítica mínima de 370 nanómetros. Los productos que lo cumplen pueden llevar impresas las letras UVA dentro de un círculo.

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Conviene decirlo con precisión, porque en verano se repite mal: eso es una recomendación europea, no un reglamento de obligado cumplimiento. Va acompañada de otro consejo que la industria sí ha interiorizado, el de desterrar términos como «pantalla total» o «bloqueador». Ningún filtro detiene el cien por cien de la radiación.

El método para medir esa protección tampoco es el mismo. Mientras el SPF se determina sobre personas, la ultravioleta A se calcula en laboratorio mediante la ISO 24443, extendiendo el producto sobre una placa rugosa de metacrilato y midiendo cuánta luz la atraviesa antes y después de irradiarla. Ese resultado se ajusta después con el SPF obtenido en personas.

Seis cucharaditas de crema solar alineadas junto a un envase sin etiqueta.
Imagen generada con IA. Unos treinta mililitros por aplicación, la cantidad que exige el ensayo de laboratorio para un adulto en bañador.

La trampa de la cantidad

Volvamos a los dos miligramos por centímetro cuadrado. Traducido a gestos: para un adulto medio en bañador hacen falta unos treinta mililitros de producto por aplicación, del orden de seis cucharaditas repartidas por todo el cuerpo. Es bastante más de lo que sale de cualquier bote en un manotazo, y basta mirar alrededor en una playa para comprobar que nadie llega.

Aquí está el hallazgo que sostiene todo lo demás. Cuando Petersen y Wulf revisaron la literatura, encontraron ese rango de 0,39 a 1,0 miligramos por centímetro cuadrado en condiciones naturales de uso. La protección real de quien se aplica la mitad de la cantidad no es la mitad del factor que compró, sino bastante menos, aunque la forma exacta de esa caída sigue discutiéndose entre especialistas.

Los propios autores buscan una salida que no obligue a medir nada:

La reaplicación temprana o el uso de un factor muy alto pueden compensar en parte la diferencia entre la cantidad de producto empleada en los ensayos y la que se aplica en la realidad.

Antes que enseñar a estimar miligramos por centímetro cuadrado, Petersen y Wulf reducen el consejo a dos gestos: aplicar antes de salir y volver a aplicar una vez dentro de la primera hora. Ese es también el criterio del Grupo Español de Fotobiología de la Academia Española de Dermatología y Venereología, que recomienda aplicar unos treinta minutos antes de la exposición, repetir cada dos horas y no bajar de un factor 30.

Hay que subrayar una limitación honesta: el trabajo de Petersen y Wulf es una revisión que sintetiza estudios previos, no un ensayo original. Lo que aporta es una fotografía consistente de un problema medido muchas veces, no un dato nuevo de laboratorio.

Por eso el formato importa más de lo que parece

Si la protección real depende sobre todo de cuánta crema se pone uno y de cuántas veces repite, entonces el factor decisivo no está en la química del filtro, sino en si el gesto resulta cómodo. Una textura que deja la cara blanca y pegajosa se aplica con desgana y se reaplica menos. Un formato que cabe en el bolsillo y se pasa por la nariz sin espejo se reaplica más.

Ahí cobra sentido el palmarés de los Prix d’Excellence Solaire mencionado al principio. Sus diez categorías no premian potencias de filtro, premian maneras de ponerse la crema: el stick para la nariz y las orejas, la textura acuosa para quien odia la sensación grasa, el producto con color para quien no quiere renunciar a salir a la calle con buena cara, la versión infantil, la de piel atópica. Cada una resuelve una excusa distinta para no aplicarse suficiente.

Así lo resumió Magdalena Fraj, directora de Marie Claire, durante la entrega:

Hoy sabemos mucho más sobre prevención y entendemos que protegernos del sol es también un gesto de salud.

Merece la pena precisar qué significa y qué no ese reconocimiento. Marie Claire no ha publicado la composición de su jurado ni los criterios de evaluación, de modo que se trata de productos premiados por una revista, no de productos validados en un ensayo comparativo de eficacia. El listado completo está en su web.

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La conclusión práctica cabe en cuatro decisiones. Aplicar más cantidad de la que parece necesaria, y hacerlo antes de salir. Repetir dentro de la primera hora y después cada dos horas, o antes si hay baño o sudor. Buscar el sello UVA en el envase, no solo el número grande. Y recordar que ninguna crema convierte el mediodía de agosto en una hora inocua, así que la sombra, la ropa y el horario de exposición siguen haciendo el trabajo pesado.

El número del bote no miente. Describe un experimento, uno que ocurre en una cabina de laboratorio, con una capa de crema medida al miligramo, sobre una piel quieta que no suda ni se seca con la toalla. La distancia entre esa cabina y una tarde de playa la pone cada uno, cada media hora, con la mano.

Referencias

Petersen, B. y Wulf, H. C. (2014). Application of sunscreen: theory and reality. Photodermatology, Photoimmunology & Photomedicine, 30(2-3), 96-101. DOI: 10.1111/phpp.12099

Comisión Europea (2006). Recomendación 2006/647/CE relativa a la eficacia de los productos de protección solar y a las declaraciones sobre los mismos. CELEX:32006H0647

ISO 24444:2019. Cosmetics: Sun protection test methods. In vivo determination of the sun protection factor (SPF).

ISO 24443:2021. Cosmetics: Determination of sunscreen UVA photoprotection in vitro.

Grupo Español de Fotobiología, Academia Española de Dermatología y Venereología. Recomendaciones sobre exposición solar y fotoprotección.


Fuente:

muyinteresante.okdiario.com

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