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Pedro Sánchez contra los jueces

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Ocho años después de llegar al poder a través de una moción de censura justificada por la corrupción del PP, buena parte del entorno de Pedro Sánchez —dos secretarios de organización de su partido, entre ellos quien fuera además el ministro más poderoso de su Gobierno, así como su esposa y su hermano— está siendo investigado por corrupción. El expresidente socialista que lo apoya está imputado por presuntos delitos de tráfico de influencias que afectan al Gobierno. Una trama financiada por el partido, según la UCO, buscaba “proteger intereses que afectan directamente al Gobierno o a su presidente”. Cuando se piden explicaciones al líder socialista, uno se pregunta qué explicaciones puede dar: solo maniobras de distracción.

Algunos pseudoargumentos ya los aportan otros: comentaristas que ejercen de portavoces, a veces con aire de boxeador sonado, y ministros que hablan de conspiraciones y denuncian que la policía y los jueces, como la profe, les tienen manía. Ellos, en palabras del inefable Óscar López, no se chupan el dedo. Subrayan que otros partidos tienen poco de lo que presumir: para mostrarlo mencionan el juicio por la repugnante operación Kitchen o la sentencia de la Gürtel. (El sistema que supuestamente está amañado contra ellos sirve como argumento de autoridad. Pero qué más da). Algunos se preocupan: ¿las investigaciones y los procesos no podrían generar inestabilidad y desconfianza? La inestabilidad, por lo visto, la produce que sepamos lo que se hace mal, y no que se hagan mal las cosas.

En los casos que afectan al PSOE y al Gobierno hay ejemplos de gravedad muy distinta; también hay diferencias en la pulcritud de investigaciones y autos. Los jueces se equivocan; el sistema tiene mecanismos de corrección; se pueden criticar las decisiones judiciales, pero los otros poderes del Estado deben ser circunspectos. Cuando el poder ejecutivo culpa a los jueces, a la prensa y a fuerzas tan inquietantes como difusas, sigue el manual del populista: apunta, como ha señalado Víctor J. Vázquez, a un horizonte plebiscitario. Es difícil que la estratagema funcione, pero parte del mal ya está hecho. Como señalaba Alberto Penadés en un artículo reciente, “la ley son solo palabras si el poder no se divide”. También recordaba que Tocqueville lamentaba la mezcla de justicia y política. Según el pensador francés, “cuando la justicia se entromete en la administración de las cosas solo se perjudica a las cosas, mientras que cuando los administradores se entrometen con la justicia se perjudica a la libertad”.


Fuente:

elpais.com

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