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París y Rabat activan su nueva era estratégica con la llegada oficial del embajador Philippe Lalliot

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El factor Sáhara y el vuelco estratégico de la relación

Inversiones, infraestructuras y la mirada puesta en 2030

Los desafíos de una nueva arquitectura bilateral

El aterrizaje de un nuevo embajador rara vez trasciende los despachos oficiales, pero la llegada de Philippe Lalliot a Rabat rompe la norma. Tras su designación administrativa a mediados de mayo, el diplomático francés oficializó ayer su cargo sobre el terreno al entregar las copias estiladas de sus cartas credenciales al ministro marroquí de Asuntos Exteriores, Nasser Bourita.

Este paso protocolario marca el inicio operativo de una ambiciosa hoja de ruta bilateral que busca no solo dejar atrás un prolongado ciclo de desencuentros y desconfianza, sino reconfigurar los equilibrios de poder en el eje mediterráneo y africano.

Philippe Lalliot, nuevo embajador de Francia en Marruecos – PHOTO/X/EMBAJADA DE FRANCIA EN MARRUECOS

A su predecesor, Christophe Lecourtier, le tocó gestionar el periodo más complejo de la relación. La crisis se agudizó especialmente cuando París decidió recortar de forma drástica la concesión de visados a los ciudadanos marroquíes, una medida que, sumada a una postura francesa que Rabat juzgaba tibia y desconectada de sus prioridades nacionales, terminó por congelar la interlocución.

Aquellos años se caracterizaron por un vacío de visitas oficiales y una pérdida de peso específico de Francia en la agenda exterior de Marruecos, sustituyendo la sintonía histórica por una sucesión de gestos distantes.

El factor Sáhara y el vuelco estratégico de la relación

El verdadero punto de inflexión se fraguó a lo largo de 2024, cuando la diplomacia discreta de los meses previos culminó en un giro histórico por parte de Emmanuel Macron. Mediante una carta oficial dirigida al rey Mohamed VI, el presidente francés alineó la postura de París con las tesis de Rabat al respaldar el plan de autonomía marroquí para el Sáhara Occidental, calificándolo como la única base sólida para resolver el conflicto regional.

Esta decisión supuso para Marruecos una victoria geopolítica de primer orden. No representaba solo el aval de un aliado tradicional, sino el posicionamiento estratégico de una potencia con asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU y un peso determinante en la Unión Europea; un movimiento con suficiente entidad como para reconfigurar el equilibrio de fuerzas en la región.

El rey de Marruecos, Mohammed VI, y el presidente francés, Emmanuel Macron, se estrechan la mano en Rabat, Marruecos, el 28 de octubre de 2024 - PHOTO/ Agencia de Noticias Marroquí Distribuido vía REUTERS
El rey de Marruecos, Mohammed VI, y el presidente francés, Emmanuel Macron, se estrechan la mano en Rabat, Marruecos, el 28 de octubre de 2024 – PHOTO/ Agencia de Noticias Marroquí Distribuido vía REUTERS

A raíz de este anuncio, la parálisis diplomática dio paso a una intensa reactivación de la agenda bilateral. Los encuentros ministeriales, las misiones empresariales conjuntas y el desbloqueo de proyectos económicos atrapados en la crisis devolvieron la fluidez a los canales de comunicación.

El punto culminante de este proceso fue la posterior visita de Estado de Macron al país, un viaje que sirvió para escenificar el fin definitivo del distanciamiento. En ese escenario, mientras el mandatario francés insistía en la necesidad de readaptar los lazos comunes a la nueva realidad africana y mediterránea, Nasser Bourita definía el nuevo entendimiento bajo las premisas de la confianza mutua y el beneficio estratégico compartido.

Detrás de este nuevo entendimiento operaba también una lectura estrictamente pragmática. Durante los años de tensiones con París, Marruecos no detuvo su política exterior; al contrario, diversificó sus apoyos consolidando alianzas clave con Estados Unidos, las monarquías del Golfo y múltiples Gobiernos africanos, lo que aumentó de forma notable su capacidad de maniobra internacional.

Ante un mapa regional en constante y rápida mutación, el Elíseo entendió que mantener el pulso con Rabat implicaba un coste político y económico cada vez más difícil de justificar.

El ministro de Asuntos Exteriores de Marruecos, Nasser Bourita, en la sesión extraordinaria del Consejo de la Liga de los Estados Árabes - PHOTO/X/MAROC DIPLOMATIE
El ministro de Asuntos Exteriores de Marruecos, Nasser Bourita, en la sesión extraordinaria del Consejo de la Liga de los Estados Árabes – PHOTO/X/MAROC DIPLOMATIE

Inversiones, infraestructuras y la mirada puesta en 2030

Lalliot asume la embajada bajo un clima favorable, pero con una agenda de trabajo exigente. El plano económico será prioritario: los grupos franceses lideran la inversión extranjera en el tejido empresarial marroquí, manteniendo posiciones de control en sectores clave como la automoción, el desarrollo ferroviario, la banca, la transición energética y las grandes obras públicas.

A esto se suma el papel estratégico de Marruecos como plataforma de entrada para las corporaciones galas que buscan expandir sus operaciones hacia los mercados del África subsahariana.

Por su parte, la salida de Lecourtier no ha significado su desvinculación del país, ya que su posterior nombramiento al frente de la Agencia Francesa de Desarrollo (AFD) en Marruecos subraya la prioridad que París otorga a la vertiente económica de este reajuste.

La AFD juega un papel financiero central en un momento en que Rabat acelera sus planes de inversión pública e infraestructuras con vistas a la organización del Mundial de Fútbol de 2030, un macroproyecto compartido con España y Portugal que resulta altamente atractivo para las corporaciones e ingenierías francesas.

Rémy Rioux, director general de la Agencia Francesa de Desarrollo (AFD), llegando a Rabat - PHOTO/AFD
Rémy Rioux, director general de la Agencia Francesa de Desarrollo (AFD), llegando a Rabat – PHOTO/AFD

Los desafíos de una nueva arquitectura bilateral

Aunque la imagen de normalidad institucional ha regresado a las cancillerías, detrás del protocolo opera una redefinición más profunda de los equilibrios de poder. Francia busca rediseñar su presencia en África tras sufrir serios reveses en sus áreas tradicionales de influencia, mientras que Marruecos consolida una política exterior ambiciosa basada en su proyección atlántica y mediterránea.

La cooperación en materia de seguridad regional, el control migratorio, la estabilidad de la franja del Sahel y los intercambios comerciales seguirán vertebrando la agenda diaria de ambos países. Son ámbitos donde existe una clara convergencia de intereses, pero que no quedan exentos de fricciones potenciales.

La prueba de fuego para la gestión de Philippe Lalliot no consistirá en prolongar la sintonía actual, sino en comprobar la resistencia de la alianza cuando reaparezcan las inevitables discrepancias estratégicas. Las crisis anteriores entre París y Rabat demostraron que el comercio no basta para evitar las rupturas; estas surgen cuando una de las partes siente que la otra ha dejado de comprender o respetar sus prioridades fundamentales.


Fuente:

www.atalayar.com

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