InicioOpiniónOrbayo en el Caribe

Orbayo en el Caribe

Publicado:

columna

i

Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

El Cantábrico ofrece estos días unas temperaturas absolutamente deliciosas pero rematadamente inquietantes

i

El audio de esta noticia utiliza una voz sintética generada por Inteligencia Artificial y podría tener algunas inconsistencias.

Bañistas toman el sol en la playa de San Lorenzo, en verano de 2025. Paco Paredes (EFE)
Raquel Peláez

Esta semana, la escritora Raquel Presumido me dijo que jamás se había imaginado que el fin del mundo iba a ser un día de playa. Sentí un escalofrío febril y pensé en Midsommar, esa película de terror en la que todo lo atroz ocurre en una verbena a plena luz del día mientras los protagonistas lucen festivas coronas de flores. La megafonía de San Lorenzo, ese arenal con casetas de rayas donde cualquiera puede volver a ser niño, acababa de anunciar a los bañistas que la temperatura del agua del Cantábrico era de 22 grados. Tuve la suerte o la mala pata de comprobarlo en mi propia piel el mismo día que la prensa se hacía eco de que en la ría de Vigo también se había batido el récord de 24 celsius a más de seis metros de profundidad. Unas temperaturas absolutamente deliciosas pero rematadamente inquietantes. Del covid no salimos mejores pero sí perpeturamete obsesionados con los termómetros. Por la noche cené, sobre mantel de tela, un rollo de bonito con tomate y patatas fritas en un salón forrado con paneles de madera oscura donde jamás se había activado el aire acondicionado. Sudaban pote asturiano los listones de las paredes del Casa Tino, donde una antigua cabina telefónica alberga cajas rojas y amarillas de refrescos, de los tiempos en los que aún las botellas de vidrio se rellenaban antes de convertirse en piedras de colores. Los dueños siguen siendo los de siempre pero los camareros tienen acento latino. Los indianos no darían crédito si pudiesen ver que la tierra del Orbayo ahora es tropical. Y que sus casas se han convertido en museos que les honran como intrépidos empresarios. Hay algo de realismo mágico en el mundo del cambio climático. Mi amiga Raquel Presumido escribe, de hecho, realismo mágico asturleonés. En su anterior libro de cuentos, Ratones en la despensa, se imagina la civilización que vive en el fondo del pantano de su pueblo. Un día cuando se va a bañar en el embalse algo roza la planta de sus pies desde las profundidades: podría ser una hierba o un pez, pero su mente de cría aterrorizada escoge pensar que se trata de la uña afilada de una bruja. En el último una de sus protagonistas vive obsesionada por una niebla fría que sólo se deslizan por las montañas de su tierra, el lutano. En San Lorenzo escuché a un niño de cinco años patalear desquiciado cuando su madre intentaba meterles en el agua. “¡Medusas!”, aullaba el pobre entre hipidos. No había una sola a la vista, pero le entendí perfectamente. El miedo es libre en tiempos de ecoansiedad.

Sobre la firma

Raquel Peláez
Ver biografía

Licenciada en Periodismo por la USC y Master en marketing por el London College of Communication, está especializada en consumo y cultura de masas. Comenzó en Diario de León y en La Voz de Galicia. Autora de ‘Quiero y no puedo. Una historia de los pijos de España’ (Blackie Books). Siempre lee los comentarios.

Normas ›

Más información

Archivado En

Si está interesado en licenciar este contenido, pinche aquí

Fuente:

elpais.com

Artículos relacionados

Publicidadspot_img

Artículos recientes

spot_img