Dentro de la gran historia de la fotografía, todavía existen nombres olvidados por el apresurado canon de estéticas, corrientes, escuelas y filosofías ocurrido en el siglo XX. El de Minor White sería uno de ellos. Éste estadounidense levantó de la nada la revista ‘Aperture’, … la mejor publicación monográfica centrada en la fotografía, y se convirtió en uno de sus grandes académicos y docentes, abriendo los primeros estudios universitarios centrados en la fotografía. Sin embargo, esta capacidad teórica desenfocó el hecho de que su obra estaba a la altura de artistas como Alfred Stiglitz o Ansel Adams. Sus series de paisajes son un prodigio de un fuerte impresionismo emocional, capaz de convertir la cámara en un instrumento preciso para la expresión interior.
El Centro KBr de la Fundación Mapfre acoge ahora la mayor retrospectiva vista nunca en Europa de la obra de White. En total, 257 fotografías que abarcan cuatro décadas de trabajo, desde los años 40 hasta su muerte en 1976, y que muestran el camino que llevó de la fotografía popular y el realismo social a la abstracción y el informalismo. «Minor White fue un personaje singular y único, de una originalidad que todavía no ha sido reconocida como se merece. Ésta exposición nace con la idea de redimensionar su prestigio y darlo a conocer más allá de Estados Unidos», reconoce Carlos Gollonet, comisario de la muestra y conservador jefe de fotografía de la Fundación Mapfre.
La exposición se divide en cuatro grandes series del artista, que solía afirmar que «toda fotografía es un autorretrato». Cada serie se centra en una ciudad clave en su desarrollo y que marcaría su trayectoria vital y profesional. La primera nos presenta sus años de aprendizaje, de 1938 a 1946, cuando vive en Portland y se da cuenta que la imagen no tiene que representar sólo lo que se ve, sino que contiene a su vez las ansias, la emoción y la ambición de quien toma la foto. La segunda nos traslada a San Francisco en los años 50, cuando White vive imbuido por las nuevas corrientes artísticas y literarias asociadas a la generación Beat, como el gusto por el orientalismo y las nuevas espiritualidades. En la tercera viajamos a Rochester, donde permanecerá hasta 1965 y donde fundará la revista ‘Aperture’. La última etapa nos transporta a Massachusetts, donde se convierte en docente de fotografía de la célebre MIT y donde realiza su primera y única serie a color antes de morir llamada ‘Slow Dance’.
La vida y la obra de White siempre estuvo marcada por el dolor y la amargura de no poder vivir su sexualidad. De pequeño, solía escribir un diario en el que dejaba reflejado sus sentimientos más ocultos. Cuando descubrió que su propios padres lo leían y le echaban en cara lo que escribía, quedó absolutamente descolocado, sin saber cómo reaccionar, y lo único que supo hacer fue encerrarse en el arte, en la fotografía, donde sentía que las palabras no le traicionaban y le descubrían a los demás. Dejó la poesía, su primer amor de juventud, y descubrió que con imágenes podía también expresar a la perfección cómo se sentía. «La cámara es un medio para el descubrimiento y el crecimiento de uno mismo. El artista tiene una cosa de la que hablar: él mismo. Por eso no hay un tipo de fotografía mejor que otro. ¡Lo que busco es una imagen que tenga espíritu! Como se hizo me trae sin cuidado», comentaba White.
Tres obras clave de Minor White.
(Trustees Princeton University)
Los retratos y los desnudos masculinos cogen mucha fuerza en la obra de un fotógrafo que se muestra, a pesar de su determinación, como un artista inseguro y a veces hasta acomplejado que no sabe ocultar la rabia y amargura a la hora de disparar, lo que impregna de tristeza y melancolía la gran mayoría de sus imágenes. Cada negativo sirve, entonces, como una exclamación, una expresión interna que surge como un rugido. «White solía decir que trabajaba en series porque era una forma de hacer cine con imágenes fijas. Su obra denota un estilo directo, sin intervenciones, con un cuidado extremo por la composición y un realismo iconográfico que llena de espiritualidad sus paisajes», apunta Gollonet.
«La cámara es un medio para el descubrimiento personal. El artista sólo tiene una cosa de la que hablar: uno mismo»
El fotógrafo se convirtió al catolicismo durante la II Guerra Mundial, conflicto en el que participó y de donde creía que no iba a volver. Al regresar al San Francisco y la California pre hippie, llena de jóvenes poetas vestidos de negro bautizados como ‘beat’, se contagió por la espiritualidad oriental y su obra no deja de reflejar sus propias preocupaciones existenciales y filosóficas. «Fue una persona muy culta. No es casual que su máxima referencia místico religiosa fuese el poeta William Blake, que supo volcar en letra y pintura su musicalidad interior. Blake y Walt Whitman son sus grandes referentes. Hay un gran humanismo en todas sus imágenes», concluye Gollonet.
La gran crítica que recibió White en vida, incluso por alguno de sus alumnos, fue su inconsistencia teórica, incluso contradictoria, que a veces le hacía hablar bien del realismo social de Walker Evans y otras parecía actuar sólo como reacción contra la fotografía más popular. Sin embargo, White siempre intentó romper cualquier cerrazón teórica y mostrarse abierto a todo lo que pudiese aprender. No dejó nunca de formarse, incluso inscribiéndose a talleres en la Universidad de Columbia ya con el peso de su gran nombre en sus espaldas. «Podemos enseñar fotografía como una manera de ganarse la vida, pero lo mejor sería conseguir que los estudiantes experimentasen la fotografía como forma de vida, compleja, contradictoria, radical. La inocencia de la mirada es una cualidad. Significa ver como lo hace un niño, con esa frescura y esa forma de reconocer lo milagroso», aseguraba White.
Tusquets de Cabrioli, químico industrial y fotógrafo
Paralelamente, la KBr descubre en otra exposición al fotógrafo barcelonés Joaquín Tusquets de Cabrioli. Hasta hace poco totalmente desconocido, este químico de profesión se dedicó en sus ratos libres a la fotografía con una pasión e intensidad inauditos. En 2004, el descubrimiento de una maleta llena de negativos de unas excelentes fotos del puerto de Barcelona durante los años de la posguerra llamaron la atención de expertos que no entendían quién había hecho aquellas fotografías y de dónde habían salido. Al compartirlas en redes, sus hijos descubrieron que aquellas fotos las había hecho su padre y rápidamente se pusieron en contacto con los descubridores de los negativos para reclamar su autoría. Nacía así un nuevo nombre que añadir al cánon de la fotografía española de mediados de siglo XX. «Fotografiaba las calles, el puerto y todo el litoral catalán. Su valor documental es extraordinario, pero más allá de ello, su intimismo, su capacidad de capturar la vida cotidiana y la vida personal de aquellos años, y su enorme gusto estético, siempre atento a las novedades formales de la fotografía europea de aquellos años, convierten a Tusquets en toda una revelación», afirma Marina Balagué, co-comisaria de la muestra.
Tres instantáneas del fotógrafo en los años 50.
(Joaquín Tusquets de Cabrioli)
Las fotografías muestran los años 40 y 50 de una forma casi inédita. El propio Puerto de Barcelona, al ver la calidad de estas fotografías, quiso recuperar el conjunto para el Museo Marítimo de la ciudad. Joaquín Tusquets de Cabrioli llegó a realizar 5.000 negativos y cerca de 1.000 copias positivadas. El trabajo de la KBr ha sido ordenarlas, categorizarlas y seleccionar las más representativas de un trabajo que la más pura casualidad ha permitido recuperar. «Es una foto humanista a la francesa, que poco a poco integra nuevos lenguajes y que acabará más cerca de la abstracción. Su capacidad de capturar los pequeños gestos y convertirlos en categoría humana es extraordinario. Sus fotografías permiten una experiencia muy cercana y nos abre el imaginario que hasta ahora teníamos de la posguerra», concluye Arola Valls, co-comisaria de la exposición.
Fuente:
www.abc.es



