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Javier M. González y Gabriela Máximo
Entender y contar qué pasó en Argentina a partir del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, con sus miles de asesinados, desaparecidos, torturados y exiliados, víctimas de una maquinaria de represión ilegal montada desde el propio Estado, requiere saber qué sucedía en el país previamente.
Entre fines de los años 60 y mediados de los 70 del siglo pasado, Argentina vivió años de intensa violencia política protagonizada por grupos guerrilleros -algunos peronistas, otros trotskistas- y organizaciones criminales de ultraderecha. Actuaban a la luz del día y aterrorizaban a los argentinos. Asesinatos, atentados, secuestros, formaban parte de la cotidianeidad.
Pedro Eugenio Aramburu había formado parte del golpe contra Perón en 1955. Fue el responsable de los fusilamientos de 1956, de militares y civiles de la resistencia peronista
Desde 1955, la principal fuerza política, el peronismo, estaba proscripta. El 1966 el general Juan Carlos Onganía, admirador de Franco, dio un nuevo golpe de Estado y quiso instaurar un régimen de tipo corporativo, cerrando cualquier posibilidad de volver a una democracia plena. Sin salida a la vista, la rebelión prendió en la juventud y otros sectores, como los sindicatos clasistas y combativos. Todos, además estaban fuertemente influidos por la Revolución Cubana. Un estallido social conocido como el Cordobazo, en 1969, fue la chispa que dio paso a una violencia que marcaría el rumbo del país durante los próximos años.
La violencia no cesó tras la vuelta a la democracia, con la elección de Juan Domingo Perón en 1973. Al contrario, se agravó después de que el presidente rompiera con el grupo Montoneros en 1974. Y mucho más tras la muerte de Perón, en el gobierno de Isabelita Perón, que asumió tras la muerte del marido -de quien era vicepresidenta-, en julio de aquel mismo año.
Para el período 1973-1976, es decir, el tercer gobierno peronista, Juan Carlos Marín, en Los hechos armados. Un ejercicio posible (1984), contabilizó 8.059 hechos armados, 1.543 asesinatos políticos, 5.148 presos políticos y 900 desapariciones de personas. Un cable reservado de la embajada de EE.UU. con fecha de 9 de marzo de 1976 -días antes del golpe- informaba a su gobierno que durante los tres años anteriores habían muerto más de 2.000 argentinos como resultado de la violencia política, “lejos, el mayor número de esos muertos fue causado por terroristas de izquierda y de derecha”.
El primer gran acto de esta ola de violencia sucedió en mayo de 1970, cuando un grupo de jóvenes disfrazados de militares secuestró en su domicilio del centro de Buenos Aires al ex presidente de facto general Pedro Eugenio Aramburu (1955-1958). El militar había formado parte del golpe contra Perón en 1955. Fue el responsable de los fusilamientos de 1956, de militares y civiles de la resistencia peronista.
La operación fue llevada a cabo por un grupo hasta entonces desconocido, que se presentó como Montoneros. Aramburu fue sometido a un “juicio revolucionario”. Tres días después, el comunicado número 4 de la organización informaba lacónicamente: “La conducción de los Montoneros comunica que hoy a las 07:00 horas, fue ejecutado Pedro Eugenio Aramburu. Que dios nuestro señor se apiade de su alma. Perón o Muerte. Viva la patria”.
Este secuestro conmocionó a los argentinos y marcó un antes y un después en la historia contemporánea del país. El grupo recibió el apoyo de Perón desde Madrid: “Estoy completamente de acuerdo y encomio todo lo actuado”, dijo. Y como en su momento escribió la ensayista Beatriz Sarlo en su libro La pasión y la excepción, este asesinato “fue vivido por miles como un acto de justicia y reparación”, añadiendo: “El caso Aramburu es un hecho pasional, organizado simbólicamente sobre el eje de una pasión clásica. La de la venganza”. Fue un período de exaltación de la violencia.
La hasta entonces desconocida organización contaba en ese momento con solo 12 miembros y se había conformado entre fines de 1968 y principios de 1969. Pero enseguida adquirió un desarrollo que la convertirá en el grupo armado más importante del continente. En su momento de mayor esplendor llegó a contar con miles de combatientes, y muchos más simpatizantes o militantes en organizaciones de superficie como Juventud Peronista (JP), Juventud Trabajadora Peronista (JTP), Juventud Universitaria Peronista, Movimiento Villero Peronista, Unión de Estudiantes Secundarios, Agrupación Evita, Movimiento de Inquilinos Peronistas, etc. Llegaron a tener una serie de publicaciones con tiradas impresionantes, que se vendían libremente en los kioscos: El diario Noticias, 150.000 ejemplares; la revista El Descamisado, 100.000; Militancia Peronista para la Liberación, 40.000. Incluso llegaron a fabricar sus propios armamentos.
A fines del mes de julio de ese mismo año de 1970, aparecerá el otro gran grupo armado, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), brazo armado del Partido Revolucionario de los Trabajadores, (PRT), que nació con la idea de organizar un foco guerrillero en los montes de la provincia de Tucumán. El foco fue aplastado por el Ejército en el llamado “Operativo Independencia”, donde unas 800 personas fueron asesinadas o hechas desaparecer, siendo los combatientes guerrilleros una mínima parte. Fue el primer gran episodio de guerra sucia del Ejército, práctica que será adoptada en gran escala después de 1976.
No obstante, el fracaso en Tucumán, el ERP siguió efectuando grandes operaciones, que incluyeron ataques a cuarteles militares. Su primera acción importante fue el 18 de enero de 1973, cuando atacó el Batallón de Comunicaciones 141 en Córdoba. Se llevaron dos toneladas de armamentos y proyectiles. Según el ex militante del PRT-ERP, Daniel De Santis, en mayo de 1973 había unos 450 miembros orgánicos del ERP, que llegarían a 6.000 en los tres años posteriores, entre combatientes y militantes de la Juventud Guevarista y unos 30.000 simpatizantes y contactos del PRT.
Aunque Montoneros y el ERP fueron los más importantes, llegó a haber 19 grupos guerrilleros actuando simultáneamente en el país, realizando atentados, asesinatos y secuestros, con grandes botines. Según el más exhaustivo estudio sobre el tema, hecho por Vera Carnovale (Las cárceles del pueblo. Los secuestros de la izquierda armada en Argentina (1970-1977), en ese período hubo al menos 65 personas secuestradas, siendo 48 empresarios, siete miembros de las Fuerzas Armadas y cuerpos de seguridad. Pero el número seguramente fue mucho mayor, porque muchos casos no se denunciaron.
Algunos ganaron notoriedad por el monto del rescate. Los hermanos Juan y Jorge Born (de la multinacional argentina Bunge&Born), fueron liberados después de un largo cautiverio y el pago de 60 millones de dólares, récord mundial; por Aldo Benito Roggio (cabeza de una empresa familiar de la provincia de Córdoba), se pagaron 20 millones de dólares; y por Víctor Samuelson (norteamericano, gerente de una refinería de Esso), se abonaron 14 millones de dólares.
La Triple A, el escuadrón de la muerte que actuó desde el ministerio de Bienestar Social
La respuesta de la extrema derecha no se hizo esperar. Grupos extremistas se organizaron en torno a la Alianza Anticomunista Argentina o Triple A. Sus objetivos eran integrantes de las organizaciones guerrilleras, artistas, intelectuales, políticos, estudiantes, religiosos y cualquier sospechoso de ideas izquierdistas. Generalmente se habla de que surgió en el seno del ministerio de Bienestar Social y que sería su titular, El Brujo José López Rega, la cabeza de esta organización criminal. Aldo Duzdovich, ex militante montonero y autor de varios libros sobre los años 70, sostiene una versión ligeramente diferente, al señalar que nunca fue una organización única y centralizada y que “lo más correcto sería ubicarlas como una federación de bandas de derecha, integradas por miembros de servicios de inteligencia, militares, policías, militantes de grupos de extrema derecha, custodias de algunos sindicatos y delincuentes comunes”. Estas bandas actuaron hasta el 24 de marzo, fecha del golpe; al día siguiente fueron reemplazadas por los Grupos de Tareas formalmente organizados por la dictadura.
La violencia argentina se insertaba en el contexto político de aquel momento en la región. “En esa época [los años 70] creíamos que la revolución estaba a la vuelta de la esquina, el caso cubano nos había convencido de que otro mundo era posible”, le dijo Lucía Topolansky a la cronista argentina Josefina Licitra.
La cita de la ex vicepresidenta de Uruguay y compañera de Pepe Mujica, muestra cómo era el clima de época en gran parte de América Latina, con características especiales en Argentina, donde tenía profundas raíces históricas: las luchas entre unitarios y federales en el siglo XIX por la forma de organización del país llevó a un ciclo de guerras civiles que se desarrollaron entre 1814 y 1880. Ya en el siglo XX, el primer golpe militar (1930) marcó otra forma de violencia política con serias consecuencias en la historia contemporánea. Vendrían luego más golpes (1943, 1955, 1962, 1966, 1976), más otros que resultaron fallidos.
Con el surgimiento del peronismo, a mediados de la década de 1940, se había abierto una grieta en la sociedad entre peronistas y antiperonistas que produjo hechos extremadamente violentos. A medida que aquel primer peronismo se convertía en un gobierno autoritario, los enfrentamientos llegaron a extremos como la quema de iglesias -por parte de los peronistas- y el bombardeo aéreo de la Plaza de Mayo, en un intento de matar a Perón, donde se calcula que murieron 364 personas.
Derrocado el gobierno peronista, en 1955 se llegó a fusilar a militares que apoyaban al antiguo régimen. La respuesta es lo que se conoce como la “Resistencia Peronista”, que consistió en miles de acciones de todo tipo, a través de comandos que actuaban en fábricas, barrios, etc. Los “caños”, bombas artesanales que usaban los anarquistas de principios de siglo, eran el principal método. Y también las consignas pintadas en cualquier pared.
Desde su exilio, Perón alentaba la violencia. En una carta que escribió en julio de 1956 decía: “Un gorila [antiperonista] quedará tan muerto mediante un tiro en la cabeza, como aplastado por casualidad por un camión que se da a la fuga […] los bienes y viviendas de los asesinos deben ser objeto de toda clase de destrucciones mediante el incendio, la bomba […] lo mismo ha de ser objeto de ataque la familia de cada uno de esos canallas, hasta que vayan a vivir en los barcos o decidan irse del país por no poder convivir con el pueblo que encarnecieron […] la violencia más grande es la regla”.
Elementos externos ayudaron en la radicalización política, como la lucha de distintos pueblos africanos contra el colonialismo o la guerra de Vietnam. El libro Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon, un psiquiatra nacido en la isla de Martinica, se convirtió en un clásico para los militantes de izquierda de la época. Escrito en 1961 y traducido al español en 1963, llevaba un prólogo de Jean Paul Sartre en el que afirmaba que Fanon era el primero después de Engels en crear una teoría coherente de la violencia. “El hombre colonizado se libera en y por la violencia”, escribió Fanon. Y Sartre aportaba: “En los primeros momentos de la rebelión, hay que matar: matar a un europeo es matar dos pájaros de un tiro, suprimir a la vez a un opresor y a un oprimido: quedan un hombre muerto y un nombre libre”.
Pero fue el ejemplo de la Revolución Cubana el principal responsable de que muchos jóvenes en América Latina optasen por defender cambios drásticos en sus países, incluso a través de las armas, considerando que había una violencia legítima, ya que la violencia de arriba engendraba la violencia de abajo. El francés Régis Debray, con su ¿Revolución en la Revolución? influiría en la mayoría de las organizaciones armadas del continente. El departamento América del Comité Central del PC cubano, que dirigía Manuel Piñeiro, conocido como “Barba Roja”, coordinaba las relaciones con los movimientos revolucionarios del continente, ofreciendo armas, dinero y entrenamiento en la guerra de guerrillas.
La capital cubana, además, albergó dos reuniones internacionales que ayudaron a conectar experiencias. En enero de 1966 se celebró la Primera Conferencia Tricontinental, donde participaron movimientos revolucionarios de África, Asia y América Latina. El mensaje del Che Guevara a la dicha reunión fue: “Hay que llevar la guerra hasta donde el enemigo la lleve: a su casa, a sus lugares de diversión, hacerla total. Hay que impedirle tener un minuto de tranquilidad, un minuto de sosiego fuera de sus cuarteles, y aun dentro de los mismos: atacarlo dondequiera que se encuentre; hacerlo sentir una fiera acosada por cada lugar que transite”.
Un año más tarde, en julio de 1967, también en La Habana, tuvo lugar el encuentro de la OLAS (Organización Latinoamericana de Solidaridad), cuya declaración final terminó con una frase de la carta del Che a Fidel Castro desde Bolivia: “El deber de todos los revolucionarios es hacer la revolución”. La reunión, que fue presidida por Salvador Allende, contó con la participación de varios argentinos, como John William Cook, peronista exiliado en la isla, que alentaba (infructuosamente) a que Perón hiciera lo mismo; y Juan García Elorrio, creador del Comando Camilo Torres y fundador de la revista Cristianismo y Revolución, que tuvo una gran influencia política y personal sobre varios de los que luego serían dirigentes de Montoneros.
Antes de que en 1970 surgieran Montoneros y ERP, hubo otros intentos guerrilleros que tuvieron poco desarrollo: en 1963 aparecieron los Uturuncos (peronistas) y el Ejército Guerrillero del Pueblo (integrado por argentinos y cubanos, que pretendían apoyar al Che en su aventura boliviana); en 1968, otro grupo peronista se asienta en Taco Ralo, provincia de Tucumán, pero son neutralizados en pocos días. Y enseguida aparecen las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), FAP (Fuerzas Armadas Peronistas, que más tarde se fusionarían con Montoneros), o las FAL (Fuerzas Argentinas de Liberación, que lo harían con el ERP).
Con las elecciones democráticas de 1973, FAR y Montoneros, las dos guerrillas peronistas, anunciaron su apoyo al gobierno popular, pero añadiendo que su estrategia seguía siendo “la guerra integral contra el imperialismo”, concepto que tomaron del propio Perón. Y añadieron que lo que más urgía era eliminar “la camarilla” que quedaba en la cúpula de las FFAA. Se presentaron como garantía frente a eventuales desviaciones del gobierno.
El ERP, por su parte, que desconfiaba profundamente de Perón, anunció que daba un apoyo condicional, pero continuaría actuando contra los “enemigos del pueblo”: FFAA, multinacionales, burguesía local. De hecho, en los 75 días que transcurrieron desde las elecciones hasta que Héctor Cámpora asume la presidencia el ERP secuestró al empresario Oberdán Sallustro, director general de la FIAT en Argentina, que murió en la operación de rescate de la policía; un comando conjunto del ERP y las FAL asesinó al general Juan Carlos Sánchez, comandante del II Cuerpo de Ejército; y el ERP ultimó al almirante Hermes Quijada.
El desarrollo de Montoneros es la historia de una vertiginosa radicalización. Comenzó como un grupo de jóvenes de clase media procedentes del nacionalismo católico, que defendía inicialmente una “Patria Socialista”, síntesis de socialismo y peronismo, con Perón como conductor. El viejo dirigente había alentado y halagado a estos jóvenes revolucionarios que actuaban en su nombre, hablando de la “juventud maravillosa”. Pero los usó para desgastar al gobierno militar y crear las condiciones de su regreso al país. En sus planes estaba la reconciliación con viejos enemigos políticos, como el histórico dirigente Ricardo Balbín (UCR), y como gran propuesta económica un pacto social. Nada parecido a la revolución con que soñaban sus jóvenes seguidores. Perón pensó que con su regreso al país los Montoneros ya no tenían razón de ser y ya no necesitaba de sus servicios.
Uno de los cantitos de Montoneros por esa época decía: “Tenemos un general, que es una maravilla, combate al capital y apoya a la guerrilla”. Pero en diciembre de 1973, con Perón de nuevo en la Casa Rosada, el máximo líder de la organización, Mario Firmenich, reconoció en una reunión con los cuadros medios de la organización que “la ideología de Perón es contradictoria con nuestra ideología porque nosotros somos socialistas” y que la contradicción con Perón era insalvable.
Una vez en el poder, el viejo caudillo ordenó una feroz depuración ideológica, que implicó también la aniquilación de los jóvenes que resolvieron enfrentarlo. Este desencuentro será trágico para la Argentina. El resultado de esta locura colectiva terminó en el golpe de Estado más sangriento de su historia. La alternativa hubiera sido igualmente pavorosa. El líder del ERP Mario Roberto Santucho le habría dicho a su hermano Asdrúbal: “Creo que para lograr la patria socialista vamos a tener que matar a no menos de un millón de personas”. El montonero Héctor Leis, en su libro Testamento de los años 70, contó que un miembro de la organización le dijo que “existía un cálculo inconfeso de medio millón de víctimas, entre prisión y fusilamiento, que serían necesarias luego de tomar el poder”.
De la masacre de Ezeiza al asesinato de Rucci
Dos sucesos -entre otros muchos- marcaron a sangre y fuego estos años violentos. El enfrentamiento a tiros entre la ultraderecha peronista y Montoneros en el aeropuerto de Ezeiza, y el asesinato del dirigente sindical José Rucci, dos días después de las elecciones que consagraron a Perón nuevamente presidente.
Perón puso fin a su exilio en dos etapas. Hizo un primer viaje al país el 17 de noviembre de 1972, volviendo a Madrid 28 días después con instrucciones de que el Congreso Justicialista votara por Héctor Cámpora como candidato presidencial. El regreso definitivo será el 20 de junio del 73.
Ese día se produjo lo que pasó a conocerse como “la masacre de Ezeiza”, que algunos consideran como primer ensayo del terrorismo de Estado. En un primer momento se habló de que se movilizaron unos tres millones de personas, aunque posteriormente se revisó la cifra a la baja, hasta 1 millón. Los Montoneros lanzaron la consigna “Vamos a Ezeiza, compañero, a recibir a un viejo montonero”. Desde el ministerio de Bienestar Social de José López Rega, salieron ambulancias cargadas de armas. La organización del acto estuvo en manos de la ultraderecha peronista, marginando a la izquierda. Ambos bandos estaban fuertemente armados y dispuestos a imponerse para que Perón supiera dónde estaba la fuerza del peronismo.
Según el relato del diario La Opinión, el principal incidente se produjo cuando una columna con militantes de Montoneros y otras organizaciones de la izquierda peronista, trataban de llegar al palco, donde los esperaban cientos de matones sindicales, policías y militares retirados, integrantes del Comando de Organización (CdO) y hasta mercenarios franceses contratados por Ciro Ahumada, ex capitán del ejército y que había participado en la resistencia peronista. Estaban armados con fusiles Fal, subametralladoras Uzi, Ingram y Halcón. Firmenich admitió por su parte que hubo unos 5.000 militantes de FAR-Montoneros con armas cortas y algunas largas, como metralletas y fusiles FAL.
No hay confirmación de los muertos y las fuentes varían. Horacio Verbitsky, en su libro clásico Ezeiza, sostiene que fueron 13 los fallecidos y que la masacre fue premeditada para desplazar a Cámpora, que estaba gobernando con el apoyo de la izquierda peronista, para desagrado del propio Perón. La versión del filósofo y escritor Juan Pablo Feinmann, en López Rega, la cara oculta de Perón es la siguiente: “La Tendencia [conjunto de organizaciones ligadas a la izquierda peronista] marchó a Ezeiza enmarcada en una lógica del enfrentamiento. Había que crear un hecho político, el copamiento de los 300 metros tenía este sentido. Ante el avance de la derecha […] había que mostrarle a Perón quiénes eran el pueblo, quiénes movilizaban a los peronistas”. El líder de Montoneros Mario Firmenich dijo en un programa de televisión años más tarde que la decisión política de Montoneros era mostrar ante Perón un poderío de masas, de opinión pública, para decirle, “vea, general, el proceso va por acá, no va por sus viejos dirigentes de la burocracia sindical, el proceso político argentino, éste que lo ha traído a usted, viene por esta base de masas, que es esta generación, esta juventud, que opina esto”.
Ante los incidentes, el vuelo fue desviado a la base de Morón, en el conurbano bonaerense. Al día siguiente habló Perón: “Conozco perfectamente lo que está ocurriendo en el país. Los que crean lo contrario se equivocan. Estamos viviendo las consecuencias de una posguerra civil que, aunque desarrollada embozadamente, no por eso ha dejado de existir […] Los que ingenuamente piensen que así pueden copar nuestro Movimiento o tomar el poder que el pueblo ha conquistado, se equivocan […] Por eso deseo advertir a los que tratan de infiltrarse que, por ese camino, van mal. A los enemigos embozados, encubiertos o disimulados les aconsejo que cesen en sus intentos. Porque cuando los pueblos agotan su paciencia, suelen hacer tronar el escarmiento”. Este discurso marcó el fin del apoyo de Perón a la lucha armada.
Dos años después, la revista Evita Montonera dio su versión sobre los hechos y en un recuadro con el título de “Justicia popular”, da cuenta de los 16 ajusticiados en venganza por los hechos de Ezeiza. Entre ellos, José Rucci, secretario general de la CGT, que fue asesinado el 25 de septiembre, tres meses después de los acontecimientos de Ezeiza. El atentado llevó la firma de las FAR, que en poco más de dos semanas se fusionaría con Montoneros. Fue la “Operación Traviata”, en cínica referencia a la publicidad de la popular galletita de Bagley, “la de los 23 agujeritos”. Se hizo realidad el canto que venían entonando los jóvenes revolucionarios peronistas, “Rucci, traidor, a vos te va a pasar lo que le pasó a Vandor” [en referencia al asesinato del que fuera secretario general de la Unión Obrera Metalúrgica, asesinado en 1969 por “burócrata” y “traidor”]. El día del asesinato, canal 11 repitió varias veces una grabación en la que Rucci decía: “Si me matan, los culpables serán los roñosos bolches”. Lo asesinaron cuando salía de su casa rodeado de 13 guardaespaldas. Se dirigía al canal 13, donde iba a grabar un mensaje con motivo de las elecciones que acababan de consagrar a Perón, y en el que tenía previsto decir: “Solo por ignorancia o mala fe se pueden exigir soluciones inmediatas para problemas que fueron profundizados durante tantos años. No se puede apelar a la violencia rayana en lo criminal, en un clima de amplias libertades e igualdad de posibilidades. No se puede seguir abrigando ambiciones y privilegios, creando condiciones injustas, burlando las leyes, impidiendo o saboteando la consolidación de un proceso que ha sido aprobado por la mayoría del país”. Para el escritor Juan Gelman, entonces militante de Montoneros y futuro premio Cervantes, “lo de Rucci se hizo en la concepción de tirarle un cadáver a Perón sobre la mesa para que equilibrase su juego político entre la derecha y la izquierda”. José Pablo Feinmann sostuvo que fue uno de los errores más desdichados de la historia política argentina: “Perón acababa de ganar las elecciones democráticas por un margen superior al 60 %. El país, empeñosamente, buscaba un camino de pacificación. Pero la teoría del apriete pudo más. Había que tirar un cadáver sobre la mesa de negociación. Y los Montoneros apostaron duros, tiraron el de Rucci”.
“Estos balazos fueron para mí, me cortaron las piernas, dirá Perón en el velorio de Rucci. Unos días después, el 2 de octubre, el diario La Opinión publica un documento reservado del Movimiento Nacional Justicialista con instrucciones a sus dirigentes para que excluyeran “todo atisbo de heterodoxia marxista”. El texto fue entregado reservadamente al diario por un gobernador, que dijo: “Esto significa dar piedra libre a los comandos de la muerte”. Al día siguiente de la muerte de Rucci fue asesinado el dirigente de la Juventud Peronista, Enrique Grynberg, en un claro acto de venganza. Y un mes y medio después se produjo el primer atentado de la Triple A.
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