Para el sur de Estados Unidos —desde Texas hasta la cordillera de los Apalaches— la primavera es sinónimo de cangrejos de río. En esta época, este pequeño crustáceo de agua dulce abunda en los cálidos pantanos de Louisiana y constituye uno de los pilares de la cocina sureña, especialmente de la gastronomía cajún, con un consumo de decenas de miles de toneladas al año.
En estados como Mississippi o Alabama, también forma parte del imaginario de los trabajadores rurales, históricamente vinculados a descendientes de inmigrantes escoceses e irlandeses, a menudo etiquetados de forma peyorativa como hillbillies o rednecks. Comunidades desde las que proviene, por ejemplo, la familia del vicepresidente J. D. Vance. En estos territorios —de tradición conservadora y hoy convertidos en bastiones del movimiento MAGA— el cangrejo de río trasciende lo gastronómico: simboliza un modo de vida ligado a lo local y a la autosuficiencia, así como una cultura nacida, en parte, de la necesidad, al haber sido una fuente de alimento abundante y asequible para los sectores más marginados.
Los productores temen no poder abastecer la demanda de un plato solicitado tanto por autóctonos como por turistas
En primavera, este producto estrella de las comidas al aire libre llega a las mesas acompañado de salchicha ahumada, patata cocida, maíz hervido y mantequilla en los tradicionales crawfish boil, eventos comparables a las calçotadas catalanas, donde los comensales se reúnen alrededor de la comida en torno a largas mesas compartidas para disfrutarla con las manos. Tal es el fenómeno de los cangrejos que su demanda, impulsada por las redes sociales, se extiende a todo el país. Como resultado, su producción se ha consolidado como una industria que mueve alrededor de 300 millones de dólares anuales.
Sin embargo, detrás de este negocio se encuentran largas jornadas de trabajo dedicadas a capturar, limpiar y envasar el producto, una actividad cuya intensidad es máxima en esta época del año. Bajo las políticas migratorias de la administración Trump, encontrar mano de obra dispuesta a asumir estas tareas se ha vuelto cada vez más difícil, y los empresarios del sector del cangrejo de río acusan al gobierno republicano de no autorizar suficientes trabajadores extranjeros temporales para cubrir la demanda.
El malestar no se limita al sector de la pesca. La escasez de mano de obra estacional también afecta a ámbitos como la jardinería, la construcción y otros negocios dependientes del trabajo extranjero. En Luisiana, donde la mayoría de representantes públicos han respaldado la política migratoria de Trump, la falta de trabajadores se percibe ya como una crisis para su industria emblema, y los productores denuncian que sus peticiones no están siendo atendidas.
Para sostener la actividad, los grandes productores dependen cada año de cientos de jornaleros procedentes en su mayoría de Centroamérica, contratados mediante visados para trabajos no agrícolas durante periodos inferiores a un año y encargados de preparar el pescado para su consumo. Según Associated Press, el Departamento de Seguridad Nacional está obligado a emitir 66.000 visados anuales, con margen para duplicar esa cifra, pero bajo la administración Trump el proceso no está respondiendo a esa capacidad. “Esta industria no existiría sin ellos, porque los estadounidenses no quieren hacer los trabajos que ofrecemos”, afirma uno de los productores entrevistados por la agencia, que reconoce las duras condiciones a las que se enfrentan quienes sostienen la industria.
“Los locales no quieren hacerlo; estar siete u ocho horas al día, pelando cangrejos hasta que te duelen las manos”, relata otro, desesperado por la falta de trabajadores. Con la inflación nuevamente disparada por el conflicto en Irán y los combustibles y fertilizantes lastrados por los constantes bloqueos en Ormuz, parte del sector rural que en su momento levantó a Trump se suma ahora al descontento que hunde su índice de aprobación. Y mientras tanto, vuelve a resonar en el Partido Republicano el viejo eslogan demócrata que significó el declive de la presidencia de George Bush, un año después de la guerra del Golfo: “It’s the economy, stupid”.
Es la economía lo que preocupa a los votantes, y la falta de cangrejos.
Fuente:
www.lavanguardia.com




