Cuando hace 66 millones de años cayó el asteroide que extinguió a las tres cuartas partes de las plantas y animales del planeta, el suelo quedó marcado por una capa de arcilla con iridio llamada límite K-Pg (por Cretácico-Paleógeno) visible en afloramientos de varios lugares de la Tierra. Bajo esa línea aún se encuentran fósiles de dinosaurios; encima, no. Los cambios tecnológicos tuvieron un impacto similar entre mis cosas. Algunas siguieron acompañándome: la ropa, los muebles, las herramientas, los chismes de cocina, el cesto con la calderilla de la que no me logro deshacer. Pero otras se transformaron en vestigios de una época lejana. Fueron los libros, los juegos, la música, las películas y los recuerdos guardados en cajas; aquí sucedió la extinción. Pasaron a ser digitales, más abundantes y baratos. Solo conservo unas decenas de fotografías de mis primeros 20 años de vida, pero guardo muchos miles de imágenes de los siguientes. Tengo solo unas pocas cartas de papel, pero almaceno con esmero veintidós años de correos electrónicos y quince de conversaciones. Mis estanterías están descompensadas: desde que empecé a usar un lector electrónico guardan demasiados libros viejos y pocas novedades. Ocurre igual con la música o las películas, porque dejé de almacenar copias en algún momento de los dosmiles.
Como todos, descubrí que permitir a una empresa almacenar mis objetos digitales era más cómodo que preocuparme por discos duros y copias de seguridad. Esto al principio fue casi gratis, después no. Google cada vez restringe más el almacenamiento gratuito en la nube, obligándome en la práctica a una cuota mensual por conservar mis fotos, correos y WhatsApps (es decir, mis memorias). La pago desde hace años y no sé si la dejaré de pagar alguna vez. También es crónica la cuota de los servicios de streaming, que han subido sus tarifas un 20% en tres años. Suscriptocracia, lo llama el periodista Javier Pastor. A veces recuerdo que los objetos casi extintos también tenían sus ventajas. Entonces recupero con nostalgia el reloj de pulsera, el despertador, la agenda de papel. Pero volver a ellos como si el asteroide no hubiera caído no es posible. Hace décadas que me deshice de todas las viejas cintas y no sabría ni dónde reproducirlas. Sony ha dicho que dejará de publicar los juegos de PlayStation en formato físico en enero de 2028.
Mientras lo digital se evaporaba, los objetos físicos de primera mano se encarecían. Durante unos breves años vivimos ciertos lujos. Sin ser ricos, tuvimos el mismo teléfono que un rico; sin ser las Kardashian hicimos tantos pedidos en línea como ellas. Eso cambió también. La inflación se desbocó. La tasa Shein añade un mínimo de tres euros a cada envío de Temu o AliExpress. Mi último móvil y mi último ordenador han costado más de lo esperado, porque los chips de memoria se dedican a la inteligencia artificial y escasean, elevando sus precios y amenazando la existencia de la gama baja. La era de los objetos que describió Perec en 1965 y que durante tantas décadas nos distrajo se va terminando, y lo que hay al otro lado de la línea, que no es del precioso iridio sino de silicio, esa especie de alquiler eterno pagado a las mismas empresas de siempre, no es tan accesible como creímos. “Las cosas no son solo cosas: son promesas de una vida tranquila, una vida mejor”, escribe la novelista Beatriz Serrano. Pero cuando quisimos regresar al cálido refugio de nuestras cosas, o no existían o ya no eran nuestras.
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elpais.com




