¿Es usted de los que funcionan mejor “bajo presión”? En realidad, a todos nos pasa: una fecha de entrega ajustada, un contratiempo inesperado, una dificultad añadida nos hace ponernos las pilas y resolver una tarea más eficazmente que cuando tenemos todo el tiempo del mundo y todas las condiciones a nuestro favor. Otras veces, en cambio, el mero hecho de tener que responder a algo inmediata y rápidamente puede hacer que no seamos capaces de recordarlo: nos bloqueamos. ¿Por qué sucede esto?
Como explican Javier Andrés García Castro, José Manuel Fernández García y Luisa Daniela Viniegra, de la Universidad de Villanueva, la relación entre estrés y rendimiento cognitivo no está clara. Sabemos que cuando el estrés es intenso o prolongado, empeoran habilidades como la memoria de trabajo, la atención o la flexibilidad mental, al alterar el funcionamiento del córtex prefrontal. Y sin embargo, puntualmente puede ayudarnos a ser más resolutivos, a estar alerta y a tomar mejores decisiones en el momento.
Estos expertos nos cuentan que el estrés puede ser “bueno o malo”, pero no solo según la intensidad o duración de la situación que lo origina, sino según cada persona la percibe y la maneja. En su investigación han distinguido entre estrés “objetivo” y estrés “subjetivo” y han analizado su impacto en las funciones ejecutivas, esas que necesitamos para planificar, concentrarnos, controlar impulsos y adaptarnos a situaciones nuevas. Las conclusiones apuntan a que es el estrés subjetivo el que determina nuestra respuesta, no el tipo de situación o la cantidad de presión a la que se nos somete. ¿Cómo influye? Seguro que lo están imaginando: aquellas personas que viven el estrés de una manera más positiva y lo gestionan mejor son esas mismas que “funcionan mejor bajo presión”. Mucho mejor, además.
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Ojo, esto no quiere decir que cualquier situación de estrés mejore el rendimiento de estos seres afortunados: ellos también están sujetos a la “ley de Yerkes-Dodson”, según la cual, si la activación es demasiado alta (estrés elevado) se producen bloqueo y ansiedad intensa y el rendimiento empeora; si es demasiado baja, provoca apatía y aburrimiento. Algo que las investigadoras de la universidad de Cádiz Magdalena Holgado Herrero, Dara Hernández Roque y María José Foncubierta Rodríguez han comprobado en el caso de los docentes y del estrés laboral: un poco de conflicto puede ser estimulante para algunos profesores y profesoras. Es la personalidad resistente, o resiliente, que a veces viene de serie, pero que se puede mejorar.
Son hallazgos que nos dan pistas para entender el rendimiento y el aprendizaje durante la adolescencia: la corteza prefrontal (sistema racional) está madurando, y el sistema límbico (sistema emocional) disparado, lo que explica que en esta etapa seamos más propensos a sentirnos desbordados. También nos ayuda a replantearnos si son los estudiantes con mejor rendimiento los más propensos a sentir estrés o si precisamente ese estrés es el que les sirve para tener mejor rendimiento.
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Irene García Moya, Antonia María Jiménez Iglesias y Carmen Paniagua de la Universidad de Sevilla afirman que, como estudiantes, “nos irá mejor si entendemos que el estrés es una vivencia frecuente y no es algo necesariamente negativo”. Así proponen un cambio de planteamiento a aquellos alumnos que tienden a sufrirlo a menudo: pararnos a considerar si estamos interpretando la situación de manera excesivamente negativa (en el caso de un examen, pensando que seguro que suspendemos) y tratar de enfocarla con una luz más positiva (si estudio no tiene por qué irme mal; hacer el examen me ayudará a ver qué sé y qué no; incluso si no me va bien, podré recuperarlo más adelante).
Al final, el estrés es, como tantas otras experiencias, una mezcla entre una situación objetiva y cognitiva y una respuesta emocional y subjetiva. Y en la segunda parte, al menos, puede haber margen para mejorar, pensando no tanto en evitarlo como en aprender a afrontarlo. Aquí tienen esta selección de artículos para entenderlo mejor.
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Fuente:
theconversation.com



