El conflicto entre Irán y EE.UU. ha entrado en una fase de escalada de final incierto.
Cada día que pasa, los intercambios de golpes son más duros, y se aleja la esperanza de volver al alto el fuego acordado hace un mes. Más bien, da la impresión de que los dos países se encaminan hacia la guerra total.
Este sábado se produjo un hecho que puede acelerar el salto hacia ese escenario: la muerte de dos soldados estadounidenses durante un ataque iraní contra una base en Jordania. Otro soldado está desaparecido. EE.UU. no había sufrido un golpe así desde la entrada en vigor de la primera tregua con Irán, a inicios del pasado abril. Con estas últimas bajas, ya son 16 los militares norteamericanos fallecidos en esta guerra.
Escalada peligrosa
Kuwait denuncia el bombardeo de una planta potabilizadora y de electricidad
La pérdida de hoy evidencia la incapacidad del Pentágono de proteger a sus tropas desplegadas en Oriente Medio, y podría desencadenar una dura represalia por parte de Washington, lo que a su vez agravaría unas hostilidades que esta semana han ido subiendo de intensidad día a día.
El patrón se repite desde el pasado domingo: EE.UU. bombardea primero a Irán, y luego Teherán responde agrediendo a aliados de Washington en la región. Los objetivos ya no son solo militares: también se apunta hacia infraestructuras críticas.
En las últimas rondas de fuego cruzado, el que se ha llevado la peor parte ha sido Kuwait. Este sábado, este país sufrió un bombardeo especialmente intenso, que obligó a cerrar el aeropuerto. Según las autoridades locales, los bombardeos afectaron a una instalación petrolera y, por segundo día consecutivo, a una planta desalinizadora y de electricidad.
Los daños en esta última infraestructura llevaron al Gobierno a recomendar a la población que racionara el consumo eléctrico en las horas pico, un consejo difícil de seguir estos días de pleno verano, cuando las temperaturas no bajan de los 35 grados.
El ataque se produjo después de que EE.UU. bombardeara una desalinizadora en la localidad iraní de Bonji, dejando sin suministro de agua potable a unas 10.000 personas, según informó la agencia de noticias Tasnim.
Ojo por ojo, diente por diente, es el lema que parece guiar las acciones de Teherán, que ayer también lanzó sus misiles y drones contra Arabia Saudí y Bahréin.
Teherán ya ha anunciado que seguirá hostigando a los aliados de Washington en los próximos días, y que da por muerto el memorándum firmado en junio.
Lo cierto es que no se atisba la manera de reconducir esta crisis. Ni siquiera el principal mediador en el conflicto, Pakistán, da signos de buscar una salida a la escalada. No en vano, Islamabad tiene poco margen de maniobra.
La actual fase de hostilidades gira en torno al control de Ormuz, y ni Irán ni EE.UU. se muestran dispuestos a hacer concesiones. Teherán considera que se ha ganado el derecho a gestionar el tráfico del estrecho, pero Washington no lo ve así. Es más, Donald Trump llegó a amenazar el pasado lunes con imponer un peaje en esa vía marítima, si bien se desdijo después.
Así pues, todo es susceptible de empeorar. No hay que olvidar que EE.UU. cuenta con 50.000 soldados desplegados en la región, y que Trump todavía tiene sobre la mesa la opción de una invasión terrestre, un plan que llevaría la guerra a territorio desconocido
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