Redacción — La actualidad pone nuevamente atención en este caso.
La reunión de líderes progresistas en Barcelona, en lugar de aportar soluciones a los problemas del mundo, acentúa la brecha ideológica que alienta los extremismos. La pugna entre izquierda y derecha castiga a la ciudadanía.
Es un error pensar que somos mejores. Ver el mundo como una competición entre buenos y malos solo lleva a más confrontaciones políticas, económicas y militares. Por eso creo que es un error reunir a unos cuantos líderes progresistas en Barcelona sin contar con otros dirigentes que pueden contribuir a un mundo mejor.
Si no nos engañamos y admitimos que todos nosotros, en cualquier lugar de este planeta, deseamos vivir en paz, entendemos con mucha facilidad que las soluciones de la izquierda bien pueden ser las de la derecha.
Las ideologías son importantes, pero cuando se trata de pasar del mundo de las ideas al de las acciones todo se complica. Faltan liderazgos, a izquierda y derecha, para hacer lo que cualquier ciudadano sensato cree que debe hacerse para vivir con tranquilidad: garantizar que a nadie le falte lo necesario para una vida digna, es decir, educación, sanidad, vivienda, transporte y seguridad. Y todo de calidad.
Si leemos la historia y seguimos un poco la actualidad, entendemos que no hay buenos ni malos. Trump puede ser un inepto intentado que Irán se modere y América vuelva a ser grande, pero regular la inmigración y favorecer la iniciativa empresarial no son ideas que no compre un gobierno progresista.
Meloni puede ser hija del neofascismo italiano, pero ha criticado a Trump con severidad. Le ha reprochado la guerra en Irán y las descalificaciones que ha lanzado contra el Papa.
El Papa es el nuevo líder de la oposición política a Trump y Meloni lo defiende
Al denunciar lo mismo que denuncia Meloni, sobre todo el uso innecesario de la violencia para reducir la amenaza de la República Islámica, León XIV se ha convertido en el estadounidense más popular del mundo. El líder de 1.400 millones de católicos es, además, el nuevo jefe de la oposición política a Trump, defensor de los derechos humanos, del diálogo y la diplomacia, estandarte contra la politización y la militarización de la fe.
Es un error que ni Macron ni Merz estén en Barcelona. Ni el presidente de Francia ni el canciller de Alemania pasan el corte del progresismo global, pero ambos intentan hacer las cosas bien para reforzar la seguridad y la integración europea. Alemania, soportando el peso enorme de la culpa por el nazismo, está dispuesta a construir un ejército capaz de defender a Europa, y Macron, sin duda exagerando la importancia de Francia en la defensa común, rema en la misma dirección. Claro que París y Berlín discrepan sobre el peso que la industria militar americana debe tener en los arsenales europeos, pero las dos capitales están de acuerdo en que no podemos seguir como hasta ahora, a merced de los caprichos del parvulario con armas nucleares que es hoy la Casa Blanca.
Pocos a izquierda y derecha cuestionarían la evidencia de que Trump es un esperpento. Todos conocen su derrota en Irán y saben que es imposible mantener el poder cuando se pierde el prestigio. El día que suplantó a Jesucristo, lo único que consiguió fue acentuar las sospechas sobre su estado paranoico.
Es momento, por tanto, de recordar a Karl Marx reflexionando sobre Luis Bonaparte: “El payaso serio ya no toma la historia universal por una comedia, sino su comedia por la historia universal”. Trump, Putin y Netanyahu encajan muy bien con esta descripción del emperador Napoleón III.
La izquierda puede regodearse con la comedia grotesca de Trump y el tremendo daño que ha causado a la autoridad moral de Estados Unidos. Y puede reírse también de Putin y Netanyahu, gobernantes que necesitan la guerra y la testosterona para seguir viviendo. Pero, ¿de qué sirve ver el mundo como una confrontación entre absolutos? De nada. ¿Ayudará a salvar el comercio global, ahora comprometido en Ormuz? No.
Rehacer el comercio mundial destrozado en Ormuz no depende de ideologías
Es igual que Irán reabra el estrecho. Los ayatolás han demostrado que con muy poco, solo con la amenaza de lanzar drones y minar las aguas, un país derrotado, devuelto a la edad de piedra, como le gusta decir a Trump, es capaz de estrangular la economía mundial. La Armada estadounidense, por primera vez desde 1945, no ha podido garantizar la libertad de navegación. Otros parias de Occidente, sobre todo los hutíes de Yemen, han tomado nota. También ellos pueden extorsionar a las grandes potencias con su dominio sobre un estrecho crucial para las cadenas de suministros.
El 90% del comercio mundial se mueve por mar. La globalización, tal y como la hemos entendido hasta ahora, ya no es tan efectiva. Las aseguradoras gravarán las primas de riesgo y las rutas serán más largas para evitar los estrechos. ¿De qué sirve ser de izquierdas o derechas para afrontar este reto tremendo? De nada. Hay que ver el mundo desde otra perspectiva, menos maniquea y patriarcal.
Claudia Sheinbaum, la presidenta más inteligente que hay este fin de semana en Barcelona, sabe como salir adelante evitando el choque frontal con Trump. Su política avanza en círculos, y los círculos, como todo el mundo sabe, abarcan mucho más que las líneas rectas.
Este pragmatismo, unido al necesario idealismo, marca el camino para unir a las personas que, sin importar de donde vienen, trabajan por el bien común. Hay una humanidad ansiosa de este liderazgo. Los húngaros que el domingo pasado jubilaron a Orban cantaban We’re the champions en las calles de Budapest. Y la inmensa mayoría de ellos son conservadores.
Fuente:
www.lavanguardia.com




