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La geopolítica de las guerras trumpistas

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Venezuela, Groenlandia y ahora Irán. Tres países en tres continentes diferentes sin aparente relación entre ellos: ¿Exigencia geopolítica? ¿Versión del imperialismo en el siglo XXI? Puede que las dos cosas, la primera como causa, la segunda como medio. Porque estos territorios sí tienen algo en común: hidrocarburos (petróleo o gas) y/o minerales escasos, incluyendo  las llamadas tierras raras. Dos materias primas indispensables para el gran rival geopolítico de Estados Unidos, China: los hidrocarburos, de los que es enormemente deficitaria, para poder seguir progresando en su acelerado crecimiento industrial y comercial, y los minerales escasos y las tierras raras para poder seguir progresando en su acelerado desarrollo tecnológico.

De la ambición de Estados Unidos por las tierras raras y los minerales estratégicos ya tuvimos conocimiento con ocasión de los “planes de paz” estadounidenses para las guerras entre Rusia y Ucrania (noviembre 2025) y entre la República Democrática del Congo y Ruanda (diciembre de 2025).

En el primero, se establecen directivas para la reconstrucción física, económica y administrativa de Ucrania tras finalizar la guerra, que estarían supervisadas y garantizadas por Estados Unidos a través de un Consejo de Paz, que presidiría el propio presidente estadounidense, que tendría la última palabra sobre cualquier discrepancia que pudiera surgir en la interpretación y cuyo punto 10B se determina que Estados Unidos cooperará con Ucrania para desarrollar, modernizar y operar … (punto 10E) la extracción de minerales y recursos naturales, que se financiará (punto 19F) con un Fondo de Desarrollo elaborado por el Banco Mundial …. Y con (punto 14) los fondos rusos congelados por la Unión Europea, de los que cien mil millones de dólares serían utilizados para iniciativas lideradas por Estados Unidos, que recibiría el 50% de estas ganancias”.

En el segundo” plan de paz” para el conflicto centroafricano entre la República Democrática del Congo y Ruanda se prescribe que para alcanzar la integración económica regional (centroafricana) se establecerán acuerdos bilaterales entre Estados Unidos, con acceso preferencial, y ambos países para la explotación de minerales estratégicos para la alta tecnología, abundantes en ambos países, incluidas las tierras raras y otros minerales esenciales.    

De su ambición por los hidrocarburos, son muestras Venezuela y ahora Irán, e incluso Groenlandia, bajo cuya capa de hielo permanente, todos los estudios y prospecciones alimentan la idea de grandes reservas, no sólo de hidrocarburos, sino de minerales estratégicos,  también.

En Venezuela, la operación militar estadounidense Resolución Absoluta (3 de enero de 2026) viola su  soberanía , secuestra a su presidente e impone un cambio de Gobierno, amenazando con repetir la operación si éste no sigue sus directrices, que el propio presidente estadounidense se encarga de anunciar con su habitual verborrea en Truth Social: “Estados Unidos gobernará Venezuela hasta conseguir una transición segura y apropiada” y exige a la nueva presidenta venezolana Delcy Rodríguez “acceso total” a los hidrocarburos venezolanos y a sus recursos minerales del Arco Minero del Orinoco de la Amazonía venezolana, “para poder reconstruir Venezuela”. Una semana más tarde (10 de enero) informará que “Venezuela entregará a Estados Unidos entre 300 y 500 millones de barriles de petróleo de alta calidad, que se venderá a precio de mercado (500 millones de dólares) y que yo, como presidente de los Estados Unidos controlaré para garantizar que se utilice en beneficio del pueblo venezolano”.

Con Irán, el enfrentamiento es de larga data. Desde el fracaso, en abril de 1980, de la operación estadounidense Garra de Águila para la liberación de los rehenes estadounidenses retenidos en Irán con ocasión de la toma revolucionaria del poder por el régimen de los ayatolás en este país. Algo que nunca Estados Unidos ha podido perdonarle al régimen teocrático iraní. A lo que el tiempo ha añadido la volátil situación de Oriente Medio, donde Irán enfrenta la pretensión de supremacía en la zona de Israel, financiando diversos grupos islamistas salafistas y compite en el negocio de los hidrocarburos con sus vecinos árabes sunitas, aliados de Estados Unidos, que la rodean. Todo lo cual lo convierte en rival sistémico regional alimentado por su capacidad de producción y comercio energéticos, que, además, podría convertirse en potencia nuclear.

Estados Unidos no es deficitario en hidrocarburos, sino exportador, especialmente de gas natural licuado, pero su industria petrolífera y gasística se basa en el sistema de fracking, que debido a los problemas técnicos y medioambientales que implica y a su necesidad de paliarlos, empieza a ser menos rentable en comparación con el sistema de extracción más generalizado. Controlar el mercado de los hidrocarburos, como controlar el de los minerales estratégicos y las tierras raras, no sólo le es económicamente indispensable, sino, asimismo, geopolíticamente necesario en su enfrentamiento con su gran rival comercial y tecnológico, China.

Todo lo cual permite deducir que la exigencia geopolítica de Estados Unidos de mantenerse como primera potencia, económica y militar, mundial impidiendo/obstaculizando el desafío que le representa China, es la que le esta impeliendo  a desarrollar el “imperialismo versión siglo XXI”: por la fuerza de las armas, en Venezuela e Irán, por ejemplo y por ahora; por la presión y el chantaje en Ucrania y Centroáfrica, por ejemplo y por ahora; por la presión arancelaria, en Groenlandia, por ejemplo y por ahora.


Source:

www.nuevatribuna.es

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