En algún punto entre el humor y la crítica cultural, los memes se han convertido en el lenguaje no oficial de internet. Son imágenes simples, reproducibles hasta el infinito, capaces de condensar sensaciones colectivas en apenas unos segundos. Tú los usas, yo los uso; un … meme puede decir más que mil palabras. ¡Ser o no ser! En nuestra saturada era de la información, los discursos largos compiten con la velocidad de las redes sociales, estas pequeñas unidades de cultura digital han adquirido una capacidad inesperada: narrar (o reaccionar) el presente con una precisión que a menudo escapa a los formatos tradicionales de opinión.
Curiosamente, para entender su auge conviene apartar la vista de la pantalla. El término meme nació lejos del ruido de internet, mucho antes de que Silicon Valley convirtiera la atención en una industria. La palabra apareció por primera vez en 1976, en ‘El gen egoísta’, el ensayo del biólogo británico Richard Dawkins, que buscaba explicar cómo las ideas se transmiten dentro de una cultura. Dawkins utilizó el término –derivado del griego ‘mimema’, aquello que se imita– para describir una unidad de transmisión cultural. Así como los genes se replican a través de la reproducción, los memes se propagan de mente en mente mediante la imitación. La cultura, en esta visión, no es un conjunto estático de obras, sino un ecosistema vivo de ideas compitiendo por sobrevivir. Lo que Dawkins difícilmente habría imaginado es que décadas más tarde esa noción biológica describiría uno de los lenguajes fundamentales de internet.
Cómo dicen ahora los jóvenes… 6-7
Los primeros memes digitales surgieron en los márgenes de la red. Durante los principios de los 2000 circulaban como pequeñas anomalías virales en foros: el Dancing Baby, los interminables bucles de Badger Badger Badger o los gatos con frases mal escritas que poblaron las primeras comunidades de internet. Con el tiempo, aquella lógica de repetición visual dio paso a una de las primeras formas verdaderamente estructuradas del meme: los ‘rage comics’, popularizados a finales de la década en 4chan y Reddit. Estas tiras sencillas construidas con caras exageradas –que acabaron nombrándose como Rage Guy, Forever Alone, Trollface– permitían narrar pequeñas frustraciones cotidianas en apenas unas viñetas.
Por primera vez, el meme dejaba de ser solo una imagen viral para convertirse en un formato narrativo replicable, un lenguaje visual que cualquiera podía reutilizar para contar su propia versión de la misma experiencia. Detrás de su aparente simplicidad se escondía ya el principio que definiría toda la cultura memética posterior: la capacidad de condensar situaciones complejas y emociones colectivas en formas extremadamente simples.
Un ejemplo de ‘rage comic’, una de las formas más primitivas de los memes en internet.
La llegada de las redes sociales y la economía de la atención transformó el fenómeno. Lo que antes era un objeto aislado comenzó a mutar y multiplicarse. Las plantillas se adaptaron, los vídeos cortos sustituyeron al texto sobrepuesto y la ironía digital adquirió nuevas capas de significado. El chiste visual se convirtió en sistema de comunicación. Algunos medios comenzaron a intuir pronto que aquel fenómeno estaba redefiniendo el lenguaje de internet. De hecho, ABC Cultural fue uno de los primeros suplementos en abordarlo con seriedad en el artículo ‘Meme: un fenómeno muy serio’, firmado por Javier Díaz-Guardiola. Allí se señalaba cómo estas piezas digitales estaban transformando la comunicación contemporánea hasta el punto de convertirse, junto al selfie, en una de las aportaciones más características de la cultura visual del siglo XXI.
Según Hugo Fernández, experto en comunicación digital, «el poder del meme radica en su capacidad para transmitir mensajes complejos de manera instantánea». Añade que, a diferencia de otros formatos, «es, además de información, una herramienta de creación. La audiencia interpreta, modifica y participa en el contenido». Fernández subraya que «mientras un artículo requiere lectura lineal y atención sostenida, un meme permite que la comprensión sea inmediata, casi visceral», fomentando así «una cultura en la que la interpretación colectiva y la ironía compartida se vuelven centrales». En sus palabras, «los memes son solo reflejos de la sociedad y catalizadores de conversación y pensamiento crítico. Son capaces de transformar emociones individuales en narrativas culturales compartidas».
A medida que el meme se consolidó como lenguaje, también desarrolló sus propios mecanismos de defensa frente a la comercialización. De ese impulso nació el ‘shitposting’, una forma deliberadamente caótica de humor digital que abraza lo absurdo, lo mal editado y lo aparentemente incomprensible. Este estilo funciona como una reacción cultural: cuanto más se intenta domesticar el meme para hacerlo comprensible o vendible, más tiende la comunidad a deformarlo. En internet existe incluso una regla tácita: cuando una marca utiliza un meme en una campaña publicitaria, ese meme ha muerto. Como ocurre con muchas expresiones culturales nacidas en los márgenes, el meme sobrevive precisamente gracias a su capacidad para escapar de quienes intentan apropiárselo.
Un ejemplo de ‘shitposting’; Mario distorsionado junto a la letra Ñ (Exacto: esta imagen no tiene lógica).
La investigadora Limor Shifman, una de las académicas que más ha estudiado el fenómeno, identifica tres rasgos esenciales de los memes: fecundidad –la capacidad de replicarse–, longevidad –su permanencia en el tiempo– y fidelidad de copia –la habilidad de mantener su esencia pese a las variaciones–. Esta combinación explica por qué algunas imágenes sobreviven años, adaptándose a contextos distintos sin perder su identidad reconocible.
‘lol que mal’
Para entender la trascendencia de este fenómeno, hay que mirar hacia instituciones que, hasta hace poco, habrían ignorado el «ruido» digital. En la Universidad de Granada, Doina Repede trabaja en el corazón de Humnet, un ambicioso corpus digital nacido en diciembre de 2025 para documentar el humor en la red. Repede no ve los memes como bromas aisladas, sino como la evolución de un hilo histórico que comenzó mucho antes de la fibra óptica. «Queríamos ver cómo ha evolucionado el humor desde las primeras muestras orales de 1900, e incluso muestras escritas de 1495, hasta hoy», explica. Para ella, el meme es el último eslabón de una cadena de ingenio humano que busca, por encima de todo, la identificación.
«Antes había muchos más memes racistas o machistas. Ya no toleramos ese tipo de humor porque ya no nos refleja como sociedad»
Doina Repede
Universidad de Granada
El trabajo de Repede en Humnet revela que el meme ha transformado la comunicación en un ejercicio de «participación vernácula». Según la investigadora, el éxito de estas piezas reside en su cercanía: «Es un humor creado por los usuarios para los usuarios. Te identificas porque nos reímos de lo cotidiano». Esta conexión emocional permite que el meme ignore las fronteras geográficas. Repede observa con fascinación cómo una pieza creada en España puede «resucitar» años después en una cuenta de México o Argentina, creando comunidades globales unidas por la temática, ya sea la lingüística o la economía. «Los memes nacen, viven y mueren, pero resucitan», afirma, describiendo un ecosistema digital donde la relevancia es cíclica y la autoría, irrelevante.
Sin embargo, esta democratización del chiste no está exenta de reglas. A diferencia de los bufones de la corte o los caricaturistas del siglo XIX, el meme moderno opera bajo una nueva ética social que Repede define como un «termómetro». Mientras que en los archivos históricos de Humnet de la primera década de los 2000 abundan el humor negro, racista o machista, el meme contemporáneo tiende hacia lo políticamente correcto. «Ya no toleramos ese tipo de humor porque ya no nos refleja como sociedad», señala Repede. El meme, por tanto, no solo nos hace reír; nos vigila.
Meme «políticamente correcto» sacado de Humnet. Visto en Facebook. 27 de abril de 2021 en País no identificado.
Esta faceta humana es, para Repede, lo que mantiene al meme a salvo de la automatización. A pesar del auge de la inteligencia artificial, Humnet ha decidido excluir las creaciones generadas por máquinas. «Vimos los memes que crea la IA y decidimos no incluirlos porque eran repetitivos, no aportan nada. Son artificiales», sentencia. En el meme hecho por una persona reside «la huella del ser humano», una chispa creativa y a veces gramaticalmente caótica –«las nuevas generaciones no cuidan mucho la ortografía», admite entre risas– que la máquina aún no puede emular. El meme es una forma contemporánea de interpretar el mundo. Una manera colectiva, rápida y a veces brutalmente honesta de decir algo que, en otras épocas, habría necesitado muchas más palabras. El meme es un espejo fugaz de nuestra cultura: una imagen que, durante unos segundos, hace que millones de personas entiendan exactamente el mismo chiste y la esencia de lo que somos justo en ese instante.
Fuente:
www.abc.es



