Un pollo volandero de urraca se ufana por encontrar un hueco entre los setos de durillo (Viburnum tinus), asustado por la presencia de un par de humanos que deambulan entre los senderos de un parque castellano. Con 32°C en las calles aledañas, dentro del jardín se respira cierto alivio fresco, con algunos grados menos y con la mano redentora de la sombra de los árboles. Un enorme laurel (Laurus nobilis) en el borde del camino lucha contra la plaga de la psila, un insecto chupador que bebe su savia y que doblega sus rígidas hojas hasta deformarlas.
Por suerte para este arbusto, unas minúsculas chinches Anthocoris están devorando una buena parte de la plaga, dejando secos a aquellos vampiros vegetales sin que los paseantes se percaten de su presencia. El laurel, agradecido por esta ayuda de las chinches y por la tierra húmeda del reciente riego, emite algunas hojas nuevas, aunque sin tanto vigor como las que brotaron al comienzo de la primavera.
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El verano ya ejerce con señorío su poder ralentizador para muchas de las plantas del jardín. Así ocurre con ciertas hierbas anuales —aquellas que nacen, se reproducen y mueren en un solo periodo vegetativo, en tan solo unos meses—, a las que ya se les agota la energía de sus cuerpecillos, agostadas. Le sucede de este modo a una cerraja menuda (Sonchus tenerrimus), cuyas raíces se vacían de agua y de nutrientes con destino a los últimos frutos y su maduración, antes de que la planta desaparezca por completo.
En lo alto de un vecino murete, una hilera con una docena de cepillitos (Lamarckia aurea) hace poco que se secaron por completo, aunque todavía lucen en ristre sus espigas llenas de semillas; las simientes de estas gramíneas se dispondrán a germinar cuando los meses sofocantes dejen paso a las lluvias de septiembre.
En el paseo arbolado, los plátanos (Platanus × hispanica) renuevan su corteza, dejando caer su parte externa en un proceso que se repite todos los años, como consecuencia del ensanchamiento de su tronco. Las porciones de este tejido seco que yacen sobre la arena son pisoteadas por los visitantes del jardín, con un crujido hipnótico que acompaña sus pasos.
Otra especie leñosa, pero mucho más pequeña, siente próximo su periodo de floración, que estallará en colores en julio y agosto: el árbol de Júpiter (Lagerstroemia indica). Los jardineros que andan por debajo de sus ramas, manguera en ristre, no aprecian ninguna yema floral, pero este ejemplar ya las está componiendo, para tenerlas preparadas para la primera quincena de agosto.

Cuando abran, serán el centro de todas las miradas, gracias a sus pétalos fucsias y rosados. El que sí está ahora en floración es otro arbolito de la misma familia que el de Júpiter —familia Lythraceae—, ni más ni menos que un granado (Punica granatum) hermosote, que comparte con su pariente el gusto por rizar los pétalos, aunque en el caso del granado los faralaes no sean tan pronunciados.

En este paseo casi veraniego por el jardín se encontrarán diferentes herbáceas en flor, como las verbenas de Buenos Aires (Verbena bonariensis), tan de moda en la última década. Y no es de extrañar esta popularidad, porque sus altos tallos enarbolan lindas florecillas desde abril hasta noviembre, alimentando con su néctar a todas las mariposas y esfinges colibrí que pueden. Su delicada fragancia es tan sutil que hay que captar la dulzura de su perfume acercando bien la nariz a la inflorescencia, pero, cuando se huele, uno se vuelve adicto a ella y sus notas a violeta y a té negro.

En cambio, el aroma acre y sulfurado de la tulbagia (Tulbaghia violacea) se deja notar con facilidad en el margen sinuoso de uno de los caminos, plantada para marcar la bordura del trazado. En plena calorina, los compuestos volátiles de esta especie sudafricana son expelidos con alegría, para tristeza de muchas pituitarias que detestan su hedor, que se asemeja al que regalan las mofetas a los incautos excursionistas que se topan con ellas en Norteamérica, si bien con una intensidad menor. Las matas de las tulbagias están llenas de corolas moradas, y coinciden con las flores de sus primos, los agapantos (Agapanthus cv.), ambos géneros pertenecientes a la familia amarilidáceas, a la que asimismo pertenece el ajo (Allium sativum), una tríada en la que cada participante muestra una acusada personalidad botánica.
Los agapantos, con sus talludas varas y cabezotas florales a juego, marcan la vereda del verano, de la que ya no hay marcha atrás. Un limonero (Citrus × limon) arrimado contra un paredón engorda sus primeros frutos, bajo el sol de junio, en este deambular buscando la sombra por los jardines.
Fuente:
elpais.com



