En febrero de 2023, cuando Arco trajo a Madrid 211 galerías de 36 países y el torrencial volumen de obras y agendas que estos números implican, Barquero, un artista catalán tan joven que aún no tenía galerista, decidió montar su propia exposición. Mismas fechas y misma ciudad que la feria pero a la contra de su tremenda maquinaria. Eran él y sus cuadros (lienzos que pueden alcanzar los dos metros de altura y que tanto recuerdan a los grandes alemanes del siglo XX, Kiefer, Auerbach o Baselitz, como a la tradición catalana de Tàpies, Miró o Clavé) contra el mundo desde un estudio, Nave La Mosca, de reciente cuño en Tetuán. “Salí de la pandemia con un montón de piezas y fui a muerte”, se defiende hoy. “Era arriesgarse. Pero es que era la única forma”.
En marzo de 2026, cuando Arco clausuraba su edición más reciente, una de las comidillas en Ifema era el éxito de Barquero. Representado ahora por la mítica galería Mayoral (como Chillida, Calder, Antonio Saura, Alberto Millares o Marria Pratts), solo en los días que había pasado en el stand 7N02 había vendido una docena de obras, una cantidad insoslayable, a precios entre cuatro y cinco dígitos cada una, y entre una oferta que incluía a gigantes del sector: son datos rotundos para un único artista en Arco, un pico de popularidad que sugiere que a José Luis Barquero (Barcelona, 28 años) se le ve encaminado a algo grande.
—¿Usted qué pinta?
—Campos de fuerza, más que figuras. Es que más que qué pinto es cómo lo pinto: por ejemplo aquí [señala un cuadro], empezamos con un fondo, manchas y rayas. De repente, lo borro; añado una capa y censuro el cuadro anterior. De repente aparece una mano y, rápidamente, de la mano voy directo a un gesto. Entonces ya está, ¿no? Ya solo es recoger el cuadro. Se trata de constelar; este violeta de aquí me va a llevar a una mancha allí y eso me lleva a una mano roja y esa verticalidad me permite este horizonte. Es colocar puntos de tensión y poco a poco ir tejiendo. Las figuras tienen un peso importante, cómo no, pero es más el proceso.
Entre un Arco y otro median algunos hitos: su exposición El Müladar, que Mayoral celebró, tras ficharlo, en septiembre de 2025, fue un éxito considerable; más aún que su muestra en Nave Seis (Barcelona) unos meses antes. Se le ha visto en los muy documentados talleres de Alejandro Palomo, tanto el de Córdoba como en el de Madrid: “Tiene algo que conecta con nuestra parte más instintiva, animal o salvaje”, valora el diseñador. Cuando Los Javis presentaron su nueva casa en la revista AD, también se veían barqueros en varias de las paredes: están ahí y en otras colecciones privadas de primer orden. Luego tenemos la mudanza de Madrid a Barcelona, donde el artista ha creado un estudio-vivienda prácticamente diáfano, en una nave de L’Hospitalet de Llobregat.
—¿Abruma este punto de inflexión?
—Es intenso. Mi proceso es estar meses encerrado, sin enseñar la obra a nadie, sin ninguna mirada ajena. Y, de repente, abrirlo a tanta gente, tan diferente, de backgrounds tan distintos… De un modo catártico. Pumba. Y ves que la gente se emociona, que lo que surge en la oscuridad, en tu interior, con un trazo o un gesto tan humilde como una mancha, llega a un puerto. Es increíble. Estás muy expuesto trabajando temas tan íntimos.

El estudio es blanco, relucientemente blanco bajo las luces fluorescentes del techo; paredes desnudas y blancas, techos blancos, suelos blancos menos las zonas pegadas a las paredes, en las cuales están apoyados los lienzos en proceso. Ahí Barquero trabaja, en silencio monacal, con Radio 5 o 3 en todo caso a volumen de ruido blanco, y ese suelo sí está cubierto de manchas, rojo, ocre, marrón, azul cobalto, mostaza, amarillo, gris carbón. Es caótico y prácticamente bonito. En lo profundo de este estudio, al menos lo más lejos de la entrada posible, hay una pequeña estantería y esa es la vía más rápida para entender todo esto.
—Me siento desnudo cuando alguien mira mis libros.
Rubio, de ojos en varios tonos de azul, exquisitamente formal y tan sobrio como su estudio, el artista solo delata una cierta inquietud cuando se investiga a fondo la librería del estudio. Quizá con razón. Barquero, al final, pinta un proceso y el delicado entramado de decisiones, impulsos y asociaciones que lo conforman empieza cuando el artista, cada mañana, se pierde en alguno de estos libros, elegido sin especial orden ni criterio, antes de ponerse a trabajar.

“Es intuitivo, hoy voy a coger este, hoy voy a coger este otro. Hoy teatro, hoy poesía; uno de religión, uno de mitología, no lo sé. Depende un poco del sueño que haya tenido”, explica, relajando la inquietud. De aquí, los brochazos, los lienzos, las muestras, Arco. “Esa mancha”, señala otro lienzo en otra pared, “te lleva a un libro y un libro te devuelve a la mancha. Es una cosa de presencia, te vas nutriendo: una mancha te dispara a otra mancha, que te dispara a otro cuadro, que te dispara a una palabra. Las imágenes son residuo del proceso”. Residuo de Virgilio, Jung, Pombo, Pol Guasch, Liddell, Ginsberg, Rimbaud, Capote, Knausgård, Nietzsche, Alan Moore, el ocultista Lewis Spence, la Historia de las creencias y de las ideas religiosas, de Mircea Eliade, Calvino, Karl Marx, Mark Fisher y Cocteau, por decir unos pocos. También hay títulos sobre Bowie, Miró, astrología, Pol Taburet.

Y la importancia de estos libros puede que trascienda la anécdota. Hablando de su hábito de leer tomos y no pantallas —“cosas que modifiquen el espacio, que tengan presencia”—, Barquero dice: “Necesitas espacio para las cosas, sin él, dejan de significar”, y esa frase es importante, porque soporta tanto de lo que él hace, como si fuera un credo accidental, porque posiblemente explique buena parte de su éxito. Entre el considerable tamaño de sus lienzos, el acto físico con el que los llena y las páginas donde busca inspiración, Barquero crea un mundo poderosamente analógico. Nada de lo que hace o piensa obedece a una lógica digital.

—Un abrazo pintado, una despedida, un hombre con un fusil, desencadenan más en ti como espectador que una infinidad de imágenes digitales, con las que nos bombardean. ¡Tanto dolor, tanta información! De alguna forma, si te acercas a algo que parte de un espacio interior, diferente, te permite acercarte a la realidad. Y por eso también el tamaño. Trabajo con grandes formatos, formatos complicados, necesitas una logística para meterlos o sacarlos de un sitio. Estoy en contra de condensar. Se pierde el significado de todo cuando lo filtras por la web. Ahí todos estamos deslizando todo el día, todo se desliza, todo se escurre, una sociedad líquida. El formato físico creo que tiene un poder y un magnetismo que no te dan otros.
Cuando se mira de cerca, cada cuadro revela el proceso por el que ha sido creado —pintar, buscar y borrar lo pintado— con una contundencia que se pierde en fotografías. “Trabajo mucho con el óleo deshidratado, quemado totalmente por el aguarrás: pinto algo y con aguarrás oxido la imagen, y casi parece que se vaya a descomponer si la soplas. Es ir en contra del medio, porque el óleo es la pintura más noble, el canal por el que habla el poder”.
—Ya que el móvil tiende a ocupar todo el espacio, es normal rebelarse.
—Si hoy en día esto es una rebelión, pues no sé.

También había libros en su infancia: el mayor de cuatro hermanos, Barquero era el niño que de pequeño leía sobre Alfred Hitchcock o Ray Harryhausen. “Tenía gustos muy extraños”. Siempre dibujó, por lo que se ahorró el trámite de anunciar que quería ser artista. En 2016, con 18 años, estudió en la Saint Martins de Londres, y ahí empezó a enfocarse en lo que hace hoy. “Llegar a la Tate, a la National Gallery, el mundo del diseño, ese Londres punk y radical… Me quedé abrumado con tanto arte. Me siento más próximo a alemanes, pero ¿Freud y Bacon? Está todo ahí”. En 2019 se mudó a Madrid y empezó a pintar. Para 2023, tenía suficiente obra como para contraprogramar Arco: “Fue hackear. Tensas los espacios, hackeas y, de repente, estás dentro”. (En la estantería: Un manifiesto hacker, de McKenzie Wark). Éxodo, aquella muestra en La Mosca, fue un éxito, el suficiente como para que dejara su trabajo en una agencia de comunicación y se fuera a Barcelona a pintar.
Desarrolló un estilo, es decir, un proceso. Trabajar muy solo para hacerlo en libertad. “Si trabajas en libertad, se descubren trazos, miradas, manchas”. Las figuras no son lo más importante aquí, pero también se expresa en ellas: prefiere abrazos, fusiles. Hay cruces, hay rojo y, con frecuencia, hay muchas manos. “Me interesan un montón: con la mano te quito, te doy, te acaricio, te apuñalo. Me rindo y te mato. Te acompaño con las manos rojas: aun teniéndolas manchadas te acompaño”. (En la estantería: Macbeth). No quiere decir que vaya a ser así siempre. “En cuanto haces algo que te está funcionando te tienes que sabotear, es la única forma de seguir expandiendo el lenguaje”, alerta.

Pero por ahora, todo esto significa algo, las manos, las cruces y el aguarrás, y lo que significa algo se tiene que proteger. Eso es lo difícil. Quizá el gran logro de Barquero es proteger su mundo interior, porque lo merece, y perfeccionar la técnica con la que lo expresa, de tal forma que sus cuadros, que no siempre son simpáticos, resultan magnéticos para tanta gente. Como mínimo, son un poco ciertos. “Todo se mezcla aquí y convergen todas mis inquietudes en la pintura”, ha dicho antes, rememorando su infancia. “Todo esto [por la estantería], todo [por el aire a su alrededor], todo acaba en el retablo, un retablo que es como religioso. Como un rezo, una forma de comunión, de conexión con algo. De meditar o de orar. Un rezo”. Las cosas necesitan espacio o dejan de significar.
Fuente:
elpais.com



