La historia de la ciencia suele recordar grandes nombres asociados a laboratorios, universidades o descubrimientos espectaculares. Pero a veces el verdadero cambio empieza en una mesa de trabajo, entre manuscritos, lenguas distintas y la necesidad de explicar mejor el cuerpo humano. Eso es, precisamente, lo que ocurrió con Hunayn ibn Ishaq, uno de los grandes sabios del Bagdad abasí del siglo IX, cuya obra sobre el ojo vuelve ahora al centro del debate historiográfico.
Un estudio reciente publicado en Cogent Arts & Humanities ha vuelto a poner el foco sobre este médico, traductor y erudito cristiano siríaco, célebre por su papel en la transmisión del saber griego al árabe y, más tarde, del árabe a Europa. Tal y como indica el nuevo trabajo, Hunayn no solo tradujo a Galeno, Hipócrates o Aristóteles: también produjo obra original, y una de las más llamativas es un tratado dedicado a la anatomía y funcionamiento del ojo.
Lo relevante no es solo que escribiera sobre oftalmología, sino cómo lo hizo. En una época en la que buena parte del conocimiento médico circulaba mediante traducciones difíciles, préstamos terminológicos y adaptaciones parciales, Hunayn trató de ordenar el saber disponible con una metodología clara, didáctica y especializada. El estudio subraya que su texto adopta un formato de preguntas y respuestas, pensado para enseñar, aclarar dudas y fijar conceptos con precisión.
Ese detalle no es menor. La medicina medieval no se construyó únicamente a partir de grandes intuiciones, sino también de manuales eficaces, glosarios precisos y sistemas pedagógicos sólidos. Y ahí es donde Hunayn aparece como una figura central: no solo preservó conocimiento antiguo, sino que ayudó a hacerlo utilizable.
Un ojo dividido en capas, funciones y nombres precisos
El artículo académico se centra especialmente en las primeras cincuenta cuestiones del manuscrito, donde Hunayn aborda la estructura del ojo con un nivel de detalle notable para su tiempo. Tal y como ha revelado la investigación, el autor describe las capas del ojo, explica sus límites y funciones, y se detiene incluso en las discrepancias entre médicos anteriores sobre cuántas eran exactamente.
Según ese análisis, Hunayn defendía que el ojo estaba compuesto por siete capas. Pero, además, introducía una idea clave: no todas participaban de la visión en el mismo grado. Solo una de sus partes sería directamente responsable del acto de ver, mientras que el resto cumpliría funciones de protección, nutrición o soporte.
La importancia de este planteamiento reside en que no se trata de una mera repetición de saberes antiguos. Tal y como sugiere el paper, Hunayn reorganiza, depura y explica una tradición médica previa para hacerla más coherente. También intenta resolver problemas conceptuales que habían generado confusión entre autores anteriores, especialmente cuando diferentes escuelas médicas usaban nombres distintos para estructuras similares.

Ese esfuerzo de precisión se aprecia en su tratamiento de la anatomía ocular. Hunayn describe, por ejemplo, la posición central del cristalino —al que asocia un papel fundamental— y la relación de otras partes del ojo con esa estructura. También dedica atención a los nervios y a los músculos que permiten el movimiento ocular, insistiendo en la conexión entre el ojo y el cerebro.
Visto desde hoy, algunas de sus explicaciones pertenecen naturalmente al horizonte médico de su época. Pero lo que destaca en términos históricos es el método: clasificación, comparación, definición y explicación funcional. Es decir, una medicina que busca ordenar el cuerpo a través del lenguaje.

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Su obra demuestra que la medicina medieval no se construyó en aislamiento, sino a partir del intercambio entre culturas.
El traductor que no quería traducir palabra por palabra
Si Hunayn ibn Ishaq es una figura mayor de la historia intelectual islámica no es solo por lo que escribió, sino por cómo entendió la traducción. El estudio insiste en ello: frente a la traducción literal, muy habitual en ciertos círculos de la época, Hunayn optó por trasladar el sentido general del texto, aunque eso implicara reformular, explicar o incluso crear vocabulario nuevo.
Ese punto resulta esencial para entender su legado. Traducir medicina del griego al árabe en el siglo IX no consistía simplemente en sustituir una palabra por otra. En muchos casos, los términos técnicos no tenían equivalente claro en árabe. Y cuando eso ocurría, Hunayn recurría a varias estrategias: adaptar fonéticamente la palabra, describirla, compararla con objetos conocidos o acuñar un término nuevo que captara su forma o función.

Tal y como recoge el artículo académico, varios nombres anatómicos que hoy resultan familiares en árabe médico se consolidaron gracias a ese trabajo. Es el caso de términos como al-shabakiyya para la retina, asociado a la imagen de una red por la disposición entrelazada de venas y arterias; o al-multahima para la conjuntiva, en alusión a su carácter de tejido “unido” a otra capa.
Este proceso no fue solo lingüístico. Fue también una forma de construir ciencia. Dar nombre con precisión a una parte del cuerpo permitía enseñarla, discutirla, copiarla en otros manuscritos y transmitirla entre generaciones de médicos. En ese sentido, Hunayn no fue únicamente un traductor brillante: fue también un arquitecto del vocabulario científico en árabe.
A diferencia de otros traductores de su tiempo, Hunayn no buscaba trasladar palabras, sino explicar ideas.
De Bagdad a Europa: una influencia que duró siglos
Hunayn trabajó en el contexto de la gran traducción abasí, el movimiento intelectual que convirtió Bagdad en uno de los grandes centros de producción y circulación del conocimiento del mundo medieval. Su figura suele asociarse a la Casa de la Sabiduría, y el paper lo presenta como uno de los principales responsables de profesionalizar la traducción científica en ese entorno.

Su impacto, sin embargo, fue mucho más allá del mundo islámico. Tal y como señala el estudio, varios de sus textos y traducciones acabarían llegando a Europa en latín y serían utilizados durante siglos en la enseñanza médica medieval. Esa cadena de transmisión fue decisiva: muchas universidades europeas aprendieron medicina a partir de textos que habían pasado antes por manos de sabios como Hunayn.
Por eso su figura importa tanto hoy. No solo porque escribió uno de los primeros tratados sistemáticos sobre el ojo, sino porque encarna una realidad histórica que a menudo se simplifica: la ciencia medieval fue, en gran medida, una obra colectiva y transnacional. Griegos, siríacos, árabes y latinos participaron en una misma conversación larga sobre el cuerpo, la enfermedad y el conocimiento.
La recuperación del texto original permite mirar de nuevo esa historia con más matices. Y recuerda algo fundamental: antes de que la medicina moderna se asentara en Europa, hubo siglos de trabajo intelectual en Bagdad, Damasco, El Cairo o Córdoba que ayudaron a hacerla posible.
Referencias
Dalal H. Al-Zubi et al, Translation and ophthalmology during the Abbasid Era: Hunayn bin Isḥāq’s ‘In the Eye, Two Hundred and Seven Issues’ as a model of medical scholarship, Cogent Arts & Humanities (2025). DOI: 10.1080/23311983.2025.2522116
Fuente:
muyinteresante.okdiario.com




