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Girona, cuando los ‘expats’ amenazan con tomar el control de la ciudad

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Este reportaje forma parte de un especial de ‘El País Semanal’ sobre los retos de las ciudades. Hemos viajado a cinco capitales de provincia en busca de alternativas para un futuro más habitable:

Mathilde Huot, una ciclista canadiense de 21 años del equipo francés Abadie Magnan, ha llegado a Girona para pasar una temporada. Está recorriendo talleres del centro porque la suya está averiada y necesita un repuesto. Tiene opciones: en el Barri Vell hay, al menos, nueve tiendas especializadas. Incluso ella, que no habla el idioma y apenas conoce la ciudad, está al tanto del malestar que generan los ciclistas en Girona desde hace unos años. “Creo que entiendo por qué los españoles están enfadados”, concede, en inglés. “Es cierto que somos muchos aquí, y que en cierta manera tomamos el control de la ciudad. Y no intentamos aprender el idioma o probar el restaurante local”.

En los últimos años, Girona ha experimentado una transformación brutal, y los ciclistas son solo un subgrupo de quienes han llegado para quedarse. Si la provincia entera, con sus playas, se ha convertido en el mayor polo para compradores extranjeros dentro de Cataluña, en los últimos 20 años la capital ha pasado de ser una ciudad modesta, de perfil bajo, a un foco de atracción para quienes buscan un sitio tranquilo y una vida acomodada. La llegada en 2001 de Lance Armstrong, siete veces ganador del Tour, tuvo su impacto, pero además otras características determinaron este bum: mar a 30 minutos, montaña a 40, clima templado todo el año, servicios sociales que funcionan y una ubicación estratégica para la práctica de ese deporte. En 10 años, la ciudad ha crecido en población un 11% (por delante de Madrid, Palma y Barcelona) y, en un año, más de un 10% en PIB.

“Hace 30 años, la tendencia era irse. Girona no se buscaba como destino en sí mismo donde la gente puede tener su primera o segunda residencia. Ahora es todo lo contrario”, cuentan Tania y Joan Company. Son la segunda y tercera generación de la inmobiliaria Finques Company, que desde 1963 trabaja en toda la zona. Según datos del Colegio de Registradores de la Propiedad, en la ciudad el precio por metro cuadrado subió un 60% en 12 años y el número de compraventas casi se triplicó.

Con la llegada de expats (extranjeros adinerados que no migran por necesidad), además de una subida en el precio de la vivienda se han extendido otras de las complicaciones contemporáneas de las grandes ciudades: propuestas gastronómicas que socavan la identidad local, cafés de especialidad atendidos en inglés, comidas instagrameables a precios desorbitantes y el cierre de comercios de barrio. Mientras, se han delineado en la ciudad dos Gironas que se superponen: la de los locales y la de los de fuera, que cada vez son más.

Aunque con perfiles muy diferentes, los tres expats consultados para este reportaje son europeos, propietarios y cuentan con estabilidad económica. Una de ellos, Aurore Gustin (Néville-sur-Mer, Francia, 41 años), ha vivido en carne propia el problema de la integración. Decidió instalarse en Girona por un amor 18 años atrás, se quedó por otro y ahora por su trabajo, que complementa con el alquiler de dos habitaciones a través de Airbnb. Más allá de sus parejas y los colegas en la empresa, su primera amiga en la ciudad llegó solo después de ocho años de intentar crear lazos. Pero necesitaba más amigos. La verdadera revolución fue descubrir que existían grupos en redes sociales para conocer a otros extranjeros. “Llega un momento en el que tiras la toalla, buscas gente en la misma situación que tú. Hace dos o tres años vi en redes, por casualidad, una página llamada Girona Conecta”, cuenta. Es uno de los muchos sitios de internet que utilizan los extranjeros para socializar. A partir de entonces, su vida cambió totalmente.

Que no sea fácil la integración no significa que no puedan convivir extranjeros y locales. Muchos gerundenses celebran la nueva vida de la ciudad. Joan Roca (62 años) es uno de ellos. Con El Celler de Can Roca y los más de una decena de emprendimientos familiares, además de haber obtenido estrellas Michelin, Soles Repsol y otras de las mejores distinciones, han colocado a Girona en el mapa gastronómico mundial. La familia podría tener restaurantes en cualquier ciudad del planeta y, sin embargo, elige no abandonar la zona. “Recuerdo una Girona triste en cierto modo, donde pasaban pocas cosas. La transformación ha sido para bien. Los gironins nos sentimos muy orgullosos de esta ciudad. Los ciclistas, para mí, representan un turismo sano, con poder adquisitivo, sensible, que genera riqueza y dinamismo cultural”, opina.

Quizá el Velodrom Odeon sea uno de los espacios más paradigmáticos para ilustrar el cambio urbano y el motivo por el que no convence a todos. Es una bicicletería boutique y café de especialidad situada en el casco antiguo, en mitad de una escalinata, entre calles muy transitadas que fueron escenario de producciones como Juego de tronos y El perfume. Una obra de cuatro años permitió restaurar los frescos del antiguo teatro. Si en el siglo XIX Sala Odeon se refería a un espacio cultural y en el XX a una carpintería y un taller de cromados, hoy, junto con dos socios, Miquel Trafach (Girona, 49 años) lo ha replanteado de este modo: “Vamos a hablar de Odeon como departamento de marketing y de acciones. Vamos a hablar de Velódromo como tienda de retail [venta al público]. Vamos a hablar de Maglia como una cafetería que está incluida dentro de Odeon”, indica. En la tienda, pocos objetos se exhiben como si fuesen piezas de museo.

A continuación, objeta los argumentos de quienes aseguran que la ciudad está viciada. El primero, los precios de los alquileres: “Son caros aquí y en todas partes. El alquiler valía 300 euros en pisos donde no había agua caliente. Si yo renuevo un edificio y tengo un gasto, tengo que rentabilizarlo”. El segundo, el cierre de los comercios de barrio: “La carnicería no funciona porque tú no vas a comprar. Porque los tenis que llevas son comprados en Decathlon, y no en la tienda del barrio. Esta discusión la he tenido con algunos amigos y se tienen que callar”. Y, al final, quienes no respetan las reglas: “Hay situaciones incívicas por ciclistas de fuera, pero no son todos. Seguro que son incívicos también en su ciudad”, concluye.

Pierre Perún Serrano, artista y gestor cultural, esperaba otro destino para el antiguo teatro. No tiene dudas en que la situación actual es preferible a otros escenarios posibles. “Prefiero esto al turismo de borrachera y salvaje que está por la Barceloneta”, explica. Sin embargo, para él los visitantes que está recibiendo Girona uniformizan la ciudad y no aportan valor: “Los ciclistas no van a la librería ni al mercado. Sí que dan dinero a los locales, pero son negocios creados para ellos. Hay unas tiendas increíbles, flipantes, con bicicletas a 15.000 euros. A veces parece hasta pornográfico y, mientras, muchos negocios han tenido que cerrar por la subida de alquileres”, resume. La pregunta que queda abierta es, finalmente, si este tipo de diversidad es un valor que la ciudad quiera promover.

Aun con esta transformación, Girona no está saturada ni descompensa al resto del territorio como es el caso de otras capitales: concentra solo el 15% de los habitantes totales de la provincia y funciona como centro urbano de los pueblos de alrededor. Joan Roura (Sant Feliu de Pallerols, 67 años), ingeniero jubilado, llegó a Girona hace casi cuatro décadas por trabajo. Nació a menos de una hora de la ciudad, y ni así se libró de necesitar una carta para entrar. En su caso, fue mediante los críos y el trabajo. Agrega, medio en broma: “Ahora, para integrarte tienes que tener un perro”. O, mejor, una bicicleta.


Fuente:

elpais.com

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