El final de la tercera y última temporada de ‘Euphoria’, esa serie tan darwiniana sobre una sociedad cada vez más ciega (valga la redundancia) ante las adicciones y atrapada -sin saber muy bien hasta dónde- en los tentáculos del crimen organizado y el poder, me ha permitido mirar el mundo con algún color añadido en la paleta. Aparte de lo evidente (sin ‘spoilers’), que es la disolución de todos los sentidos en un mundo post orwelliano, se injertan en un momento del relato ciertas reflexiones sobre la Biblia que casi arrancan el motor de la sensatez de algún que otro personaje y retratan a otros cerca de la idiotez. Por exagerado que parezca, creo que refleja bien la brújula rota de una generación. Por cierto que este hilo argumental contrasta con la reciente visita del Papa a España, porque León XIV nos ha recordado ideas valiosas, cargadas de sentido, precisamente, para superar nuestras confusiones capitales, que son bastante graves. Cuando vemos en los juzgados lo que vemos aquí: las joyas de expresidentes libres de impuestos y los ministros garañones, las mordidas y enchufes conectados, con todo ello algún guionista podría levantar a pulso un ‘true crime’ brillante de fontaneras y delirantes euforias políticas. Más que el fentanilo, aquí lo que nos ciega sería una ideología, lo que les da subidón a nuestros protagonistas. Y como no tenemos parajes y familias pintados por Rockwell para nuestro ‘gran finale’, como la serie, sólo nos queda la bulla de la memoria histórica, así que podríamos acabar todo en un naufragio eufórico, un concepto que se ha convertido en el más potente motor de nuestra vida pública.
Fuente:
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