Fue la Navidad más triste de mi vida, la de 1987, mis padres se habían empezado a separar. Todo era tenso, extraño, como si siempre alguien estuviera a punto de ponerse a llorar.
Mi regalo de Reyes fue un sobre con dos entradas para el … concierto de Paul Simon el 14 de febrero en Harare, la capital de Zimbabue. Yo era un gran fan de Paul Simon pero en 1987 no íbamos a conciertos como ahora ni mucho menos si eran en África.
A mi madre le gustaba más yo explicando al señor Simon que lo que él cantaba, y ya en el avión le conté que la canción que daba título al disco era un viaje que el artista hace con el hijo de su primer matrimonio a Graceland. Primero se refiere a la casa de Elvis en Memphis pero luego Graceland es un espacio abstracto donde simplemente esperan ser bien recibidos junto a los demás peregrinos del mundo.
Yo entonces creía que conocía mejor a mi madre que ella a mí, y estaba convencido de que aquel viaje había sido impulsivo, doloroso, improvisado, con la idea de compensarme por los meses que habíamos vivido; y que además le daba terror África. Por eso pensé que tenía que tomar las riendas de la expedición, y que si la revestía de travesía moral podría sentirse mejor y evadirse del lugar concreto.
Llegamos al hotel Meikles y justo a la entrada vi a Roy Halee, un ídolo para mí, el ingeniero de sonido de Paul Simon y también de la época con Garfunkel. Fue hacia mi madre y se abrazaron con entusiasmo. Y con lo mal que un niño lleva que sus padres sepan más que él de sus ídolos, quedé paralizado cuando el señor Halee me llamó por mi nombre y me dijo que fuera muy rápido a ponerme el bañador y que bajara a la piscina.
En febrero es verano en Harare y no había una nube en el cielo. El sol del atardecer me cegaba camino de la piscina, cuando un hombre mojado, en bañador, me dio sus gafas de sol y en inglés me dijo: «ahora verás mejor», y al ponérmelas vi que era Paul Simon, que me dio la mano pero yo me lancé a abrazarlo. Mi madre, a la que yo tomaba por medio loca y la otra mitad miedosa, había organizado el viaje y el encuentro desde hacía meses, a través de Warner España, que la puso en contacto con Roy Halee. Había pagado el mejor hotel de Harare y yo la veía al otro lado de la piscina, sin poder ni pensar, a través de las gafas de mi ídolo.
Paul Simon fue muy amable. Hablamos de música, le pregunté por el significado de algunas letras y me explicó que Congreso Nacional Africano había prohibido a los músicos negros tocar con los artistas blancos mientras durara el ‘apartheid’. Pero él pensaba que Graceland daría a conocer al mundo la belleza de la música africana y arriesgó su vida para grabarlo.
Pero la gran estrella de aquel viaje fue mi madre. Creía que la conocía mejor y me dejó sin palabras. El Congreso Nacional Africano amenazó con poner una bomba en el estadio pero nosotros igualmente fuimos al concierto, en parte porque nos hacía mucha ilusión y en parte porque los dos habíamos vivido lo suficiente -aunque sea triste decirlo- para saber que morir no era lo peor que nos podía pasar.
Y en un tiempo en que en España no había negros ni en el Barça, cantamos y bailamos entre toda aquella gente igual de perdida, alegre, rota y esperanzada que nosotros. Y aunque los meses siguientes en Barcelona el desastre no se pudo evitar, y todos en mi familia extraviamos el Paraíso para siempre, por unas horas en Harare y con Paul Simon, mi madre y yo fuimos bien recibidos en Graceland.
Fuente:
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